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ÁLBUM (2015)

VILLAGERS Darling Arithmetic

Domino-Music As Usual
VILLAGERS, Darling Arithmetic
 

Villagers es Conor O’Brien, por mucho que él siempre insista en que el proyecto es un asunto grupal. Lo es, claro, pero únicamente cuando el dublinés necesita ayuda externa para dar forma a sus ideas y, por supuesto, para materializarlas sobre los escenarios.

Tras la (agradable) sorpresa de “Becoming A Jackal” (2010) –que proporcionó para la posteridad el magnífico himno “The Pact (I’ll Be Your Fever”)–, O’Brien se embarcó en el mucho más ambicioso “{Awayland}” (2013), un disco con grandes medios de producción, un considerable arsenal de instrumentos y detallismo en los arreglos: Villagers podían ser GRANDES –y la nominación de ambos discos al Mercury Prize certificaba, además, que contaban con el beneplácito de las redes de la industria–, así que el tercer movimiento de los irlandeses era una incógnita... despejada ya con un tercer álbum que echa el freno en la carrera hacia el estadio, pero no en los postulados artísticos del joven O’Brien. El ex The Immediate se ha encerrado en su estudio casero y ha cocinado él solito las nueve canciones de “Darling Arithmetic”, un “disco de dormitorio” que es un tratado monotemático sobre el amor, el desamor y todo lo que se desprende de las relaciones humanas. Conor toca todos los instrumentos, se dobla la voz y únicamente ha necesitado la ayuda del colega Cormac Curran para pulir los arreglos de un par de canciones.

 
VILLAGERS, Darling Arithmetic

Conor O’Brien y su tratado monotemático sobre el amor, el desamor y todo lo que se desprende de las relaciones humanas.

 

¿Otro disco sobre el tema más manoseado en la historia de la música popular? Uff, dirán algunos; y muchos otros arquearán cejas y mirarán hacia otro lado. Error, claro: en este álbum están empaquetadas –especialmente en la primera mitad del metraje– algunas de las mejores canciones que escucharán este año, confesiones verdaderas que no se avergüenzan de abrir el corazón para enseñar textos de una transparencia casi impúdica, sin exceso de metáforas enrevesadas ni de poéticas rimbombantes. Un disco que se abre con la declaración “I took a little time to get where I wanted / I took a little time to get free / I took a little time to be honest / I took a little time to be me” te deja fuera de juego emocional. Y no únicamente por el apartado lírico; también por la manera en que O’Brien declama los versos, con su voz implorante y limpia, y el encaje de estos en una melodía radiante que respira como un amanecer sin niebla: es “Courage”, con su leve, levísimo trote country, la que marca el destino de un disco que asemeja una conversación entre amigos o entre amantes, esos que intuyen que no falta mucho para que se les rompa el amor.

Sostenido sobre un entramado de guitarras acústicas, pianos –atención al andamiaje cuerdas/teclas en el estribillo de “Everything I Am Is Yours”–, atmósferas de teclados y, fundamentalmente, la voz, “Darling Arithmetic” únicamente pisa un poco –muy poco– el acelerador en “Little Bigot” y contiene algunas baladas por las que pagaría un potosí Chris Martin (si todavía pudiera recordar que, en algún momento, Coldplay “lo tuvieron”): escuchen “Hot Scary Summer” –una de las más hermosas odas antihomófobas que uno recuerda– y “No One To Blame” para corroborar cómo se pueden hacer canciones (tristes) radio friendly sin sonar a maniquí de diseño.

Con este giro hacia lo esencialista –si es circunstancial o permanente, el tiempo lo dirá–, Conor O’Brien ha dado un puñetazo sobre la mesa (o sobre su corazón), ha firmado el disco más coherente de Villagers y se confirma como uno de los más destacados cantautores de esta década.

“Everything I Am Is Yours”.

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