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TRIÁNGULO DE AMOR BIZARRO, Resistencia

Isa Cea, Rodrigo Caamaño, Rafael Mallo y Rubén Muñoz: veneno eléctrico. Foto: Juan Sala

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 317)

TRIÁNGULO DE AMOR BIZARRO

Resistencia

No planean mudarse a Madrid. No se van a mover de la aldea. No harían jamás dos discos iguales. No tienen prisa. No piensan abrir la mano. No quieren que un productor decida ni cuándo ni cómo. No pretenden explicarte nada. No sienten nostalgia. No tienen más miedo que tú. No saben decir que sí. Al menos, no siempre, como comprobó Iago Martínez en esta entrevista que fue tema de portada en el Rockdelux 317 (mayo 2013). Triángulo de Amor Bizarro volvieron con “Victoria mística”.

El primero casi se los lleva por delante: mucha atención, más bolos, una gira infinita, cómo se hace esto, el roce, lo dejamos, no lo dejamos, uno se va, dobla la dosis, seguimos. El segundo tenía que salvarlos: todo o nada, caras nuevas, grábalo rápido y que no duela, si no entra que empujen, mejor si no lo piensas, el próximo con calma, ya verás. El tercero se publica este mes en CD y más adelante en vinilo: todavía hay que escribirle una historia. Lo nuevo de Triángulo de Amor Bizarro dura solo media hora, por supuesto, y tiene nueve cortes, cinco en la cara A y otros cuatro en el reverso, todos venenosos. Se titula “Victoria mística” (Mushroom Pillow, 2013). Por algo será.

Esa era más o menos la historia que contaban los gallegos la última vez (ver aquí): el impacto inesperado de “Triángulo de Amor Bizarro” (Mushroom Pillow, 2007), sus efectos secundarios, la crisis y el clavo ardiendo de “Año santo” (Mushroom Pillow, 2010) al final del túnel. Han pasado casi tres años justos y nos vemos de nuevo, excusa parecida, otra vez primavera en el lugar del que no piensan moverse: la casita de Abanqueiro, una pequeña aldea de Boiro (A Coruña), donde ensaya y graba la banda y en la que viven desde hace años Rodrigo Caamaño e Isabel Cea, el principio activo. El lugar empieza a saborear la luz después de un larguísimo invierno. Ojalá fuese una metáfora de la época.

“El segundo disco tardó más en funcionar que el primero, pero estamos muy orgullosos, tanto de las canciones como del trabajo de Paco Loco como productor. Era lo que necesitábamos en aquel momento. La gente esperaba algo más pop, más asequible, pero no estaba en nuestros planes abrirnos a un público mayor, y sigue sin estarlo. Nos gusta convencer, no que nos convenzan” (Isabel Cea)

El tiempo pasa. Isa y Rodrigo confiesan entre dientes –ella protesta, creo que en broma– que ya están en los 35, cada vez más lejos de las letras “posadolescentes” y el “descaro” de su debut. La media de edad se mantiene a golpe de cambios en la alineación. Rafael Mallo, el batería que se enroló durante la gestación de “Año santo”, en pleno sí o no, todavía mira desde la barrera de los 30 y se sonríe, no se sabe si por poco o por mucho. Como Zippo, alias de Rubén Muñoz, el último en llegar y todavía con 26. Sustituyó a Óscar Vilariño en los teclados al poco del segundo álbum.

Cada disco de Triángulo se hace contra el anterior y con una formación distinta, al menos hasta ahora. El primero fue meditado. Había que obrar el milagro de convertir la gamberrada en pop. Se puede ver aún en la moviola: basta comparar las canciones con sus bocetos, recopilados más tarde en “El hombre del siglo V” (Mushroom Pillow, 2007). El segundo ya fue distinto, casi el negativo: rápido y sin mirar atrás, para no caerse. “O así o adiós”, como dice Isa. Quizá por eso, por contraste, el inminente “Victoria mística” recupera el método original. “Con calma, probándolo todo, grabando y descartando, sin obligarnos a nada: si forzamos, discutimos, y si discutimos, lo pasamos mal”. Lo difícil, como dice el poeta Jorge Riechmann, es saber pronunciar la sílaba esencial: no.

No a la urgencia, por ejemplo. Pocos grupos con una pegada tan temprana y contundente como la suya se habrían resistido a echarle un pulso al apetito voraz del mercado. Tres años entre disco y disco solo pueden ser un lujo, una tortura, una temeridad o todo lo contrario: un indicio de resistencia. “La vida es demasiado larga para el rock’n’roll”, dice Rodrigo. “Tienes que ir despacio para no quemarte si lo que quieres es seguir haciendo canciones dentro de diez años”. Es una manera de verlo, no la única. “Somos unos neuróticos: hagamos lo que hagamos, sufrimos”.

No a perder el control, también. Aunque acaben exhaustos, porque el control es el peor caballo. Todavía ahora, mientras hablamos y escuchamos el disco, se cruzan miradas y levantan las cejas y preguntan si suena demasiado el plato o si las palmas se oyen o si no habrá que pulir ese desarrollo en las mezclas. Hay por lo menos cuatro o cinco temas y quién sabe cuántos borradores que se han quedado fuera. ¿Inseguridad o perfeccionismo? “Ni una cosa ni la otra”, aclara rápido el vocalista. “Es como cuando llegabas al examen después de haber estudiado, te parabas en la puerta y decidías no entrar en el último minuto. Te quedabas jodido y aliviado a la vez”.

 
TRIÁNGULO DE AMOR BIZARRO, Resistencia

Rockdelux 317 (Mayo 2013)

Foto: Juan Sala

Diseño: Nacho Antolín

 

No a abrir la mano porque esperen que abras la mano. “El segundo disco tardó más en funcionar que el primero, pero estamos muy orgullosos, tanto de las canciones como del trabajo de Paco Loco como productor. Era lo que necesitábamos en aquel momento. La gente esperaba algo más pop, más asequible, pero no estaba en nuestros planes abrirnos a un público mayor, y sigue sin estarlo. Nos gusta convencer, no que nos convenzan”. Es lo que Isa llama el “instinto”.

Ya puestos, no a moverse del sitio. “¿Irnos a Madrid? Eso no va a pasar”, se contesta Rafa en voz alta. “Somos de aquí, tenemos nuestra vida en Abanqueiro, y desde aquí podemos escoger, no nos arrastra la corriente”, matiza Isa, nacida en Rianxo, a unos trece kilómetros de donde hablamos. “Difícil era todo en la época de Surfin’ Bichos, que no había ni autovías, pero hoy es fácil moverse y tenemos internet”, añade Rodrigo. “En Madrid tocaríamos más, sí, quizá demasiado, y ya hay ‘spam’ de sobra. Nos habríamos quemado muy pronto. Se habría perdido el misterio”.

Llegados hasta aquí, también tiene sentido el relativo no a Peter Kember, el Sonic Boom de Spacemen 3 y otras debilidades de los Triángulo. Se metieron con él en los estudios de Red Bull en Matadero (ver aquí), grabaron un par de temas, aprendieron de lo visto y oído, sobre todo Zippo, que se volvió para casa con un máster en sintetizadores, y punto. “No tenía sentido. Un productor como él necesita margen de maniobra, trabajar sobre el esqueleto de una canción, y nosotros teníamos demasiado claro cómo queríamos que sonase todo”. Además, puntualiza Isa, trabajar con Kember implicaba trabajar a su ritmo. Otra vez el tiempo. Otra vez no.

“Difícil era todo en la época de Surfin’ Bichos, que no había ni autovías, pero hoy es fácil moverse y tenemos internet... En Madrid tocaríamos más, sí, quizá demasiado, y ya hay ‘spam’ de sobra. Nos habríamos quemado muy pronto. Se habría perdido el misterio” (Rodrigo Caamaño)

“Sus hijas entonaban tus cánticos inflamados” se quedó en cara B de un single y “Ellas se burlaron de mi magia”, la otra canción que cocinaron con Sonic Boom en Madrid, han vuelto a grabarla para incluirla en el disco con el mismo sonido que las demás. Al final, a los mandos técnicos de “Victoria mística” está Roberto Mallo, músico, productor y, encima, de casa, amigo y hermano del batería. Y en las mezclas, Manny Nieto, con quien se tropezaron en los créditos del “Get Color” (2009) de Health. Le enviaron una maqueta y funcionó. “Podéis grabar en París o donde sea que hayáis grabado este tema”, cuentan que les dijo el californiano. Escogieron la segunda opción: en casa, a lo suyo y con los suyos, incluido Joaquín Pascual, ex Surfin’ Bichos, Mercromina, Travolta y lo que queda.

Quien espere nueve canciones como “Robo tu tiempo”, la primera que se filtró en la red, sin guitarras, con un saxo histérico soplado por Roberto Mallo y cacharrería industrial muy poco frecuente en los paisajes de Triángulo, que siga esperando (conmigo). Quien lo fíe todo al segundo adelanto, “Estrellas místicas”, también pierde. Sobre todo si se piensa como indicio de un disco amable. Ahí está la cara B para desmentirlo. “Victoria mística” no es ni lo uno ni lo otro, sino probablemente ambas cosas a la vez. Hay kraut, hay fango, hay melodías cegadoras y el veneno de costumbre. Hay mucha épica y ruido blanco y todas las guitarras del mundo. La paleta de siempre con un encofrado quizá más complejo. Ojo a los detalles, eso sí, como el garage polvoriento que resuelve “Un rayo de sol”, esa “canción romántica post mórtem”, como la llama Rodrigo.

El reparto de voces vuelve a ser determinante. “Hasta ahora Isa cantaba, básicamente, lo que le daba la gana”, explica su pareja entre risas. “Esta vez, por fin, decidimos en función de cada tema. Los más abruptos los canto yo y el resto ella, que tiene un timbre que le sale solo”. Isa frunce el ceño. De vez en cuando sale corriendo del cuarto para no escucharse, sobre todo en la que empieza, dice, “a capela”. O sea, con una guitarra, una pandereta y un Farfisa. Más risas.

Por las nueve canciones de “Victoria mística” se despeñan el amor, la reina de España, la educación, la productividad alemana, los principios fundamentales del Estado, la reforma política, los jueces, la épica del trabajo y esas estrellas místicas del pop en español que protagonizan el segundo adelanto. Sin nombres, eso sí. “Hay mucho mesianismo y mucha impostura”, se lanza Rodrigo, midiendo los ejemplos. “No hace falta saludar al pueblo y al alcalde para tocar, salvo que seas Raphael. Creía que esas cosas eran de otra época”. “Los estadios son para los Kiss”, apunta Zippo. Se parten.

 
TRIÁNGULO DE AMOR BIZARRO, Resistencia

En su tiempo y a su tiempo.

Foto: Juan Sala

 

Desde aquel clásico “Portaos bien, hijos de puta / Jesús os mira desde las alturas” hasta el “río de agua viva” que desembocaba en “Año santo”, la casquería bíblica ha sido una constante en el imaginario de los gallegos. Esta vez la obsesión remite, pero nunca es tarde para preguntar por qué. Rodrigo: “Porque estás rodeado”. Isa: “Porque es un tema seductor: es raro y a la vez cotidiano, convives con él aunque te parezca una marcianada”. ¿Hay alguien creyente? Ella: “Yo no creo ni en la Iglesia ni en Ana Botella, pero creer, se puede creer en muchas cosas”. Él: “No soy cristiano, pero algo hay después de la muerte, aunque sea químico”. Y Rafa: “Aquí el único que no ha hecho la confirmación es Zippo”. Y el otro, por alusiones, se encoge de hombros: “Ni lo pienso”.

“Venimos de familias obreras y estamos orgullosos, pero somos una generación engañada. Se acabó el espejismo de la meritocracia. El sueño americano es americano. Aquí hay nobleza, siempre los mismos. En cierto modo, montamos un grupo huyendo del trabajo, y menos mal. Probablemente no habríamos encontrado un empleo más estable que el rock’n’roll. Fíjate si está jodida la cosa” (Rodrigo Caamaño)

Esta es a traición: ¿y las estampitas de la Virgen de Guadalupe en la nevera? “Eso es pop, gracioso pero desde el respeto”, responde Isa escondiéndose en los cordones de las zapatillas. “El culto cristiano también ha tenido un valor cultural; si no fuese por la Iglesia no quedaría un libro en el planeta”, tercia Rodrigo sin saber dónde se mete. Ella sale al paso: “¡Tendrá valor para el hombre, porque en el orden de los géneros a la mujer le tocaba lo que le tocaba!”. Él busca una salida: “En todo caso, el favor que le hizo a la humanidad ya se lo ha cobrado multiplicado por diez”.

Entonces, ¿a qué vienen San Jorge y el dragón en la portada del álbum, distorsionada por Diego Delgado? Isa: “Cuestión cromática, Rubens es insuperable”. Rodrigo: “El hombre contra las amenazas, contra sí mismo: son valores universales anteriores a la Iglesia”. Ya, claro, ¿pero por qué no expresarlos con el lenguaje del psicoanálisis, por ejemplo? Zippo: “‘Dragones y mazmorras’, ‘Ultima’, esas cosas”. Rodrigo: “Pues eso, literatura ‘pulp’”. Rafa: “Charlatanería”. Me rindo.

El mundo del trabajo nunca había estado tan presente, al menos no de modo explícito. Pero ahí están, como poco, “Enemigos del espíritu” y los cortes que abren y cierran el disco: “Robo tu tiempo” y “Clara”, atravesado este por el espectro de una vieja fábrica de cerámicas en el monte de Exipto, muy cerca de donde hablamos, la parroquia natal de Rodrigo. “Venimos de familias obreras y estamos orgullosos, pero somos una generación engañada. Se acabó el espejismo de la meritocracia. El sueño americano es americano. Aquí hay nobleza, siempre los mismos. En cierto modo, montamos un grupo huyendo del trabajo, y menos mal. Probablemente no habríamos encontrado un empleo más estable que el rock’n’roll. Fíjate si está jodida la cosa”.

Podríamos seguir otras cuatro horas, pero se ha hecho tarde, Abanqueiro está lejos y ellos tienen que ensayar y madrugar al día siguiente para tocar a quinientos kilómetros. Mientras recojo, alguien avisa de que se ha colado una serpiente en la finca. Mal asunto para los gatos. Digo serpiente como podría decir culebra o víbora o cualquier otra palabra que describa vagamente un bicho reptante y poco expresivo. Rafa y Rodrigo bajan a por el espontáneo con un palo y una nevera portátil mientras Zippo los anima unos metros más atrás. Isa, lesionada en un tobillo, sigue la operación desde la ventana. Quieren verle la cara al animal. Por si se conocen, supongo. Cuestión de veneno.

 

La descomposición del lenguaje

A Rodrigo Caamaño se le lee poco y se le valora menos como letrista. En parte es culpa suya: detesta hablar del asunto, es esquivo, se revuelve en el sofá en cuanto huele ese meandro en la conversación. “No soy capaz, no consigo distanciarme”, confiesa mirando a cualquier otra parte. Pero también es culpa nuestra. Nuestra y del maldito adjetivo. Decimos “críptico” como si fuese una cualidad del texto y no la evidencia de que no se escucha, de que la crítica es a menudo perezosa, de que el público antes conocido como indie es una trituradora bulímica del sentido. “Críptico” como salvoconducto: ya lo he dicho, ecuación resuelta, a otra cosa.

“La gente cree que decimos cosas que no decimos, pero en el fondo es parte del juego: cada uno que interprete lo que quiera”, concilia el de Boiro. “Yo tampoco entendía las letras de los primeros My Bloody Valentine o The Jesus & Mary Chain, pero sí las canciones. El significado también está en la música. Eso sí, nosotros tenemos muy claro lo que queremos expresar. Si tienes un grupo o cualquier otra cosa que te dé la oportunidad de ser escuchado, tienes que transmitir algo, lo que sea, aunque sea confuso, aunque no sea necesariamente político. No hacerlo es una cosa vil”.

La distorsión es un problema menor. Primero, porque los discos traen chuleta. Y segundo, porque Rodrigo no es Nacho Vegas. Ni tampoco exactamente Antonio Luque. No cuenta historias. Esquiva la sintaxis redonda. Opera cada vez más, o eso parece, con un lenguaje excedente, en ruinas. Versos lisiados y palabras comunes que se vuelven otra cosa en la repetición obsesiva. Collage, escritura automática, azar, quizá détournement. Como un cineasta y su metraje encontrado. Cada disco, en realidad, se condensa en tres o cuatro hallazgos. A veces basta únicamente uno: “El fuego sin monte”.

En “Victoria mística” esa descomposición del lenguaje llega más lejos que nunca. Hay canciones que no consumen más de diez o doce palabras, a veces ajenas, como las que toma prestadas a Esplendor Geométrico en “Robo tu tiempo”. Y además, por primera vez, los textos desbordan las canciones. El disco incluye más de lo que se canta. En bruto, sin desbrozar. “Hay una dimensión más literaria, si se puede decir así”, y casi pide perdón. “Son cosas escritas a lo largo de mucho tiempo que luego fuimos encajando en las canciones. Todo reducido al mínimo, muy visceral, mucho menos pensado que la música”. Da igual. Como si no se acuerda ya de dónde se encontró esto: “¿Quieres un nombre? / Te devolveré el nombre / No / Quiero mi sangre / Quiero mi tiempo”.

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