Todo el mundo debería aspirar a ser algún día lo que son Arcade Fire hoy. En el fondo, la épica es un bien de la comunidad, y todo hombre tiene derecho a deshacerse de la tragicomedia y la farsa que le rodean y cantar un himno ante las masas. Sentirse capaz de dirigir un ejército formado por hermanos –y tu esposa y una panda de pretorianos entusiastas– y alzarse en guerra contra el cinismo. Ese hombre hoy es Win Butler. La banda de Montreal ha logrado ese extraño matrimonio perfecto entre comercialidad, calidad artística e intensidad interpretativa, ese estadio de la excelencia en el que lo que desde fuera puede ser percibido como grandilocuencia vacía, desde dentro se disfruta con certeza como la sublimación del sentir de la posmodernidad, una época que pide desesperadamente un relato épico.
Formando en un octeto imparable, Arcade Fire transportan en su setlist el improbable equilibrio entre un mesianismo buenista –el final de “The Suburbs” con Win en conexión mística con el público– y una excitación infantil de gesto exagerado –algo que se adapta de fábula a recintos mayores como este– que no les impide engarzar dos monolitos de gospel-rock para estadios como “Neighborhood 3 (Power Out)” y “Rebellions (Lies)” a través de un interludio de gloria noise digno de Sonic Youth.
Siempre habrá quien desconfíe de semejante derroche de energía mental positiva, quien juzgue efectista este éxtasis musical fabricado con generosas demostraciones de entusiasmo que eleva a diez mil personas en comunión durante noventa minutos sin apenas descanso. Y puede que ese recelo sea profiláctico, pero hoy Arcade Fire es un coloso sin fisuras, una banda que parece haber alcanzado la dimensión ideal para explotar todo su potencial y a la que ya no le cabe plantearse cuán grande puede llegar a ser, sino cuánto quiere –y si de verdad le conviene– seguir creciendo. ![]()























