Sirsaca. El traje era de un tejido conocido como sirsaca, no era un traje a rayas cualquiera. Vestir con él supone una declaración de principios importante. Es salir a matar con el Sur a cuestas. La sirsaca es lo que visten los caballeros sureños en las calurosas veladas de verano mientras sorben bourbon con menta desde Virginia a Luisiana. Se veía venir desde aquel “A River Ain't Too Much To Love” (2005). Bill Callahan ha sido poseído por el espíritu de Faulkner y O’Connor y todo el resto, arreglos y estructura, está supeditado a la literatura. Ahora mismo, cuesta encontrar a un artista que tenga tan claro qué es la economía de recursos y que la búsqueda de la belleza pasa por subrayar el contenido. Aun así, le da para hacer filigranas como las sinuosas líneas y cambios armónicos de “Baby’s Breath” o jugar con sorna en “America!”.
El directo del de Baltimore en Bikini tuvo ambiente de liturgia silenciosa donde todo el público estaba atrapado en cada una de las sílabas de Callahan. Poblado en su mayoría por las canciones de “Apocalypse” (2011), disco complejo por lo que demanda del oyente, dio la sensación de no tener variaciones de intensidad, salvo en algún tema antiguo como la siempre eficaz “The Well”. Sin embargo, la lectura profunda desvela a un músico que ha aprendido a usar todos y cada uno de los recursos que tiene, especialmente su voz: todo se sostiene en una capacidad vocal y expresiva que cada vez está siendo menos barítono y más bajo, columna y cimiento. La novedad es que, como artesano que ya se sabe maestro, Callahan se está dylanizando. Retuerce su repertorio a placer y, cada vez más, borra las huellas de los arreglos originales. ¿Recordábamos “Bathysphere” tan larga y porosa? Confederado o yanqui, fresco y ordenado o contaminado por la humedad, Callahan deja a su paso a gente arrasada por la belleza. ![]()























