Creo en Crystal Castles. Mi fe en Ethan Kath y Alice Glass –sobre todo en Alice, ¿pariente canadiense de la superdotada familia Glass de Salinger?– ya era grande; hoy soy un talibán. No es necesario, es cierto, entregarse a los principios de su digi punk para deleitarse en su música y su estética, pero resulta reconfortante a un nivel casi existencial comprobar que por debajo de esos dos elementos no poco importantes existe un contenido que va más allá de las apariencias.
Se trata, en definitiva, no solo de ofrecer un espectáculo impecable en cuanto a actitud y sonido –bombástico en sus tonos duocromos compensados con psicodélicos pasajes de elegancia kraftwerkiana–, sino de convertir el escenario durante unos escasos cincuenta minutos sin bises en el centro del universo con apenas un hábil diseño de iluminación y el trueno perfecto de su sonido. Incluso la pose casi autista de Ethan a los teclados se antoja pertinente en su parca pero intensa liturgia, mientras una Alice apocada, casi se diría que contrita, sumida en las tinieblas estroboscópicas y las torres de leds, no necesita recurrir a la violencia física ni a trucos de diva punk para convertirse en un foco sincero de angustia y arrebato. ![]()


























