Este concierto en el BarceWOMAD fue una ocasión única e inolvidable. Pocos la conocen, pocos sabían de ella y pocos –también– acertaron a disfrutar de su actuación. Quizás fuera porque Etta James llevaba bastante tiempo sin grabar (en 1989 lo ha hecho de nuevo; el elepé se llama “Seven Year Itch”), porque sus discos acostumbran a ser reediciones de aquella esbelta mujer de color que en la década de los cincuenta y, sobre todo, a partir de los sesenta se convirtiera en una de las mimadas de las Chess Records de Chicago o porque, en definitiva, el R&B no nos haya interesado nunca en estas latitudes.
Pero, insisto, fue una ocasión única. Y no solo porque Etta James quizás no vuelva a nuestro país. También lo fue porque esta mujer dio una gran lección o, mejor dicho, dio muchas lecciones simultáneas de cómo hay que medir una banda y los músicos que la componen, de cómo seguir cultivando una voz sin que parezca notarse el paso del tiempo. Etta nos sorprendió a todos. A pesar de su obesidad, se movió por escena con naturalidad, con una gran confianza en sí misma, porque sabe que es su voz, desde el primer momento, la que va a dirigir la esencia del show.
Su banda de acompañamiento, The Roots Band, demostró una profesionalidad impecable, un sonido que rayaba la perfección y una técnica individual fuera de lo normal. Sobre ella, la voz de la James se convirtió en el lubricante que transformó la máquina en mecanismo de relojería. Y a sus 51 años Etta James dio también una clase magistral de modernidad sobre un repertorio. Su “Come To Mama” fue personal y libre de influencias; su “Hoochie Coochie Man”, interpretado por su hijo, una declaración de fidelidad; “Damn Your Eyes” (de su último disco), un intento de estar en los ochenta, incluso en listas de éxitos.
Una ocasión única e inolvidable. Recordémoslo, hay que seguir contando con ella. ![]()























