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FIB Heineken, El centro de gravedad

La cita y la fiesta del verano.

Foto: Ismael Llopis

 
 

FESTIVAL (2010)

FIB Heineken El centro de gravedad

Crónica del festival de Benicàssim 2010. Entre los destacados: Vampire Weekend, Gorillaz, Hot Chip, PiL, Dizzee Rascal... Ramón Fernández Escobar y César Luquero se encargaron de vivirlo y de explicarlo aquí. Y optaron por buscar en las clases medias del cartel la solución más satisfactoria para paliar el, en general, flojo nivel. Fue el estreno de Vince Power como propietario único del certamen.

Benicàssim
15-18/7/2010

Mientras que las crónicas de 2009 subrayaban la tormenta que echó por tierra una jornada casi íntegra, con molestas consecuencias, este año todo ha sido comodidad en el FIB. Claro que mucho se debe a la falta de agobios espaciales, por la caída en el número de visitantes: del récord histórico de 50.000 diarios a solo 31.700. Y un tercio menos de abonos vendidos respecto a la pasada edición, estreno poco edificante para Vince Power como propietario único.

Con la crisis siempre presente, parece claro que los cabezas de cartel no reunían suficiente tirón: Vampire Weekend y Gorillaz, gran combinación artística, venden bastante menos que el trío Franz Ferdinand-Oasis-The Killers. Y de Kasabian (uno de los peores grupos del universo) y The Prodigy habría que discutir su poder de atracción: reducido al ámbito británico en el primer caso (60/40 vuelve a ser el porcentaje guiri/nacional del público) y al de los nostálgicos de sus dos primeros discos en el segundo. Aun así, apesadumbraba ver arremolinarse gente en torno a la astracanada techno-punk, dando la espalda a PiL. El lenguaraz John Lydon (llamó “that shit” a The Prodigy) y sus muchachos, pese a su sofocante densidad, firmaron quizá la verdadera cumbre de esta decimosexta edición.

Dado el pinchazo en la asistencia, no extraña el ahorro en pantallas de vídeo y alguna torre de sonido. No se echaron en falta salvo una vez, con todos congregados el domingo para ver a Gorillaz: los altavoces extra a mitad de recinto habrían venido bien. Otra novedad es la desaparición de la carpa para el tercer escenario: sin ella, cualquiera que actúe antes de las 19:30 se condena a predicar en el desierto. En cambio, en cuanto cae el sol, se evitan los abarrotamientos que impedían la visión directa del escenario.

Y aunque la flojedad del cartel parezca un axioma, en las clases medias estaba la solución. Cada día era factible un recorrido por actuaciones de interés, incluidas las de una sorprendente representación hispana, por nutrida y bien seleccionada. Al fantasma del ostracismo patrio le suple ya el rumor sobre una futura doble sede. Veremos qué pasa. Ramón Fernández Escobar

 
  • Ray Davies

  • Broken Bells

  • Charlotte Gainsbourg

  • Benga y Skream

 

Jueves

En la jornada inaugural RAY DAVIES ofrecía un concierto distinto al del Azkena 2008. Como entonces, tiró sobre todo del repertorio de The Kinks, pero casi exclusivamente centrado en el perfil más rockero del grupo, sin cancha para los matices. Encadenó de primeras, por ejemplo, “I’m Not Like Everybody Else”, “Till The End Of The Day” y “Where Have All The Good Times Gone”, para luego solo mirar de reojo a los delicados clásicos pop de la segunda mitad de los sesenta. Quizá todo fue un arrebato guitarrero frente a su reciente gira inglesa, en la que le respaldaba una coral. Aunque más bien parecía, edad al margen, con la voz algo tocada (falsete en “Sunny Afternoon”) y dispuesto por eso a poner el turbo ocultador. No hubo homenajes al fallecido Pete Quaife, primer bajista de The Kinks, y el hard rock de “Low Budget” coronó un set muy profesional, animoso, pero falto de buena parte de la magia de la que Davies es capaz.

Más sugerente y completa para los sentidos resultó la tardía actuación de BROKEN BELLS. Apoyada en imágenes nada escandalosas, la banda de James Mercer (The Shins) y Danger Mouse (uno al micro, el otro como multinstrumentista) desplegó con clase el variopinto y elegante pop de su único disco. Salvo “Sailing To Nowhere”, el álbum sonó entero. Y entreveraron dos temas más: “You Really Got A Hold On Me”, de Smokey Robinson, y un estremecedor “Insane Lullaby”. Este es el corte que canta Mercer en “Dark Night Of The Soul”, trabajo finalmente publicado de forma oficial este año y compuesto para varios vocalistas por Danger Mouse junto al llorado suicida Mark Linkous (el líder de Sparklehorse). Ramón Fernández Escobar

CHARLOTTE GAINSBOURG fue la encargada de abrir el escenario principal, ante un público ni demasiado numeroso ni excesivamente devoto que, con todo, supo darle cuartel. Era la primera vez que tocaba por aquí, aunque no parece que este concierto ayude a engrosar su nómina de fans hispanos. De lejos, embutida en sus pitillos negros y con escueto chaleco a juego, parecía Patti Smith, aunque los altavoces del escenario se empeñaran en desmentirlo a cada canción. Siempre sonriente, parca en palabras, justita de voz, supo aprovechar la solidez de su quinteto, que destacaba en el apartado rítmico y brillaba al transitar terrenos lindantes con la new wave, mientras ponía el acento en las canciones de su último álbum, como “Trick Pony”. Terminó acordándose de su padre, en el buen sentido, con una cálida versión de “Couleur café”.

En el escenario fiberfib.com, el músico londinense SKREAM y su colega BENGA se metieron un buen tute aquella noche. Antes de que arrancara la sesión –que empezó de vacile y terminó como el rosario de la aurora–, ya habían despachado una hora de buen dubstep junto a su compadre Artwork, que es quien completa el tripartito Magnetic Man. Que tenían ganas de montarla y pasar un buen rato se vio claro desde el principio de un set que avanzó a trompicones –demasiados frenazos–, repartiendo ritmos convulsos, melodías ahítas de helio, graves farrucos y voces vejadas por el vocoder. Dos horas después de haber empezado, pidieron que subieran algunas señoritas al escenario, pero el público, que ya iba fino, les tomó el número cambiado y aquello terminó como un concierto de Iggy Pop, con toda la tarima ocupada. Justo entonces, empezó a clarear. César Luquero

 
  • Ilegales

  • Hot Chip

  • Peter Hook

  • Julian Casablancas

  • Vampire Weekend

  • DJ Shadow

 

Viernes

Con un “hola, amiguitos” se presentó Jorge Martínez al frente de ILEGALES, impertérrito el asturiano ante la competencia fashion de Julian Casablancas en el escenario grande. Y aquello fue un triunfo, con incorporación progresiva de público. Ya sabemos que Jorge es un gran guitarrista: sus solos no son pajilleros, más bien de hormigón armado, y vertebran canciones irreprochables, sin concesiones, con el apoyo en los últimos catorce años de Alejandro al bajo y Jaime a la batería. Ahora, dispuesto a reciclarse en Jorge Ilegal y Los Magníficos, la despedida se alarga hasta final de año y permite shows como el del FIB: una selección elegida por los fans, con el foco en sus pepinazos de los ochenta, desde “Tiempos nuevos, tiempos salvajes” hasta “Enamorados de Varsovia”, pasando por “Agotados de esperar el fin”. Él se quejó de las restricciones, pero con una hora dejó un sabor inmenso. Y ojo, porque debajo de “Soy un macarra” asoma Lewis Carroll.

De HOT CHIP se puede decir que subieron el listón respecto a su presencia en el Sónar. Primaron la calidez y la falta de abigarramiento de “One Life Stand” (2010), el último álbum de los londinenses, tocado casi al completo. Siempre con el poso melancólico de Alexis Taylor y el contraste de su voz aguda con la de Joe Goddard. Pero justo antes de los bises, “Hold On” provocó un crescendo. Lo continuó “I Feel Better”, una de las nuevas, inspirada (agárrense) por una interpretación de un tema de “Los miserables” a cargo de la televisiva Susan Boyle. Y con “No Fit State” y “Ready For The Floor” ya el baile fue apoteósico. Por cierto, no debe sorprender la dedicatoria postrera a Peter Hook: Hot Chip versionaron “Transmission” hace un par de años.

Y con el yuyu hemos topado: todos esperando a PETER HOOK con las armas en alerta, por la supuesta improcedencia, y el de Mánchester va y brinda un espectáculo más que digno. No desentonó (el índice al cielo y algún saludo militar formaban parte del juego) al cantar las canciones de Joy Division, las anteriores al suicidio de Ian Curtis, del que se cumplen treinta años. Y el tributo pintó bien desde la larga intro instrumental del primer trallazo, “No Love Lost”. “Glass” y “Digital” también sirvieron de aperitivo para la gran promesa: trazar “Unknown Pleasures” (1979) de principio a fin. Hook, bajo en ristre, casi no tocaba: solo a veces reforzaba a su hijo, de guardia en las cuatro cuerdas. Y The Light, la banda de pipiolos detrás del veterano (ya coge carrerilla su nuevo proyecto, Freebass), aprobó el reto. Solo desentonó una desangelada “Love Will Tear Us Apart” en los bises, pese a que la gente seguía canturreándola cuando ya no quedaba nadie en escena. Ramón Fernández Escobar

JULIAN CASABLANCAS compareció vestido por su peor enemigo y cuajó un buen concierto, mostrándose comunicativo –abroncó a los que abuchearon su felicitación a los campeones del mundo– y zalamero: dijo que este era, de lejos, su festival favorito. Arrancó titubeante, con “Left & Right In The Dark”, y no tardó en tirar del cancionero de The Strokes. “Hard To Explain”, primero, y una apoteósica “Reptilia”, después, pusieron los puntos sobre las íes: su trabajo en solitario es más que digno, pero no le aguanta medio asalto a los clásicos del quinteto de Nueva York. Aun así, temas como “Out Of The Blue”, “11th Dimension” y “River Of Brakelights” convencieron al generoso público, que, ya en el bis, se lo pasó pipa con el numerito de “4 Chords Of The Apocalypse”, ensalada de clichés rockeros de pesada digestión.

Mucho nutriente, mayoría de principios activos y cero anabolizantes: esto es lo que ofrecieron VAMPIRE WEEKEND en un concierto especialmente indicado para seducir a sus detractores, que también los hay. Acertada puesta en situación –lo primero que sonó fue “Holiday”–, batería de hits sin réplica –“Cape Cod Kwassa Kwassa”, “I Stand Corrected”, “California English”, “Cousins”– y la impresión general de que funcionan mejor yendo al grano que defendiendo tesis sobre la permeabilidad entre géneros. Tras casi una hora en la cresta de la ola –“A-Punk” y “One (Blake’s Got A New Face)” también se salieron–, regalaron un bis para enmarcar –“Horchata”, “Mansard Roof” y la sensacional “Walcott”–, confirmando que su estelar condición está por encima del dictado de las tendencias. Suyos fueron algunos de los mejores minutos vividos en el Escenario Verde en la presente edición.

Hacía tres años que el gran Josh Davis, alias DJ SHADOW, no actuaba en directo, así que no extrañó que congregara a mucho público pese a estar emparedado entre CALVIN HARRIS y BOYS NOIZE. Su puesta en escena fue sencilla –realizó parte de su actuación dentro de una gran esfera sobre la que se proyectaban visuales muy estimulantes– pero efectiva: piezas de nuevo cuño y números clave de su magno repertorio, como “Walkie Talkie”, “Building Steam With A Grain Of Salt” y “Six Days”. Durante aproximadamente una hora, el californiano recurrió a todo tipo de géneros –desde el hip hop, abstracto o no, hasta el drum’n’bass en bruto, pasando por el electro y las andanadas de ruido digital–, invitó al público al coreo –de forma discreta– e hizo honor a su intachable reputación, aunque sin llegar a deslumbrar. César Luquero

 
  • The Specials

  • The Clientele

  • Klaxons

  • PiL

  • Four Tet

 

Sábado

Viendo a THE SPECIALS, alguno quizá se acordaría en broma de ese estribillo con el que Jorge Ilegal clamaba el viernes “deja de joder la música a los negros”. Y lo digo porque un repaso a los dos primeros y casi únicos discos de la banda de Coventry (la base del concierto) los revela llenos de versiones y hasta de alguna profanación. En esta enésima vuelta sigue sin participar Jerry Dammers, principal compositor y cerebro de los adalides del ska y el rocksteady en tiempos del punk. Sí el resto, con Terry Hall, su carismático vocalista, al frente (basta escucharle cantar en “Blank Expression” para apreciarlo). Sonaron himnos memorables con los que pasar un buen rato, pero la sensación de círculo vicioso se adhirió tanto como a los ojos el logo ajedrezado del grupo.

Más británicos el sábado, pero estos afincados en Londres y de prolífico recorrido: THE CLIENTELE alumbran en septiembre su nuevo disco, “Minotaur”. No sorprende un título de otra cultura: el de su disco previo nace, sin ir más lejos, de “El espíritu de la colmena”. Y mientras, Alasdair Maclean y compañía picotearon en el FIB en su propia despensa de porcelanas dream pop. Hubo poca gente, entre el emotivo adiós a The Sunday Drivers y el cetro de Ian Brown, y el sonido tampoco acompañó en la medida que requiere la exquisita fragilidad de la banda. Pero al menos se escucharon gemas como “Since K Got Over Me” y “Bookshop Casanova”. Y otras de Television Personalities (“A Picture Of Dorian Grey”) y Big Star (“Nighttime”).

Los KLAXONS pusieron fin al marco principal con su música sinuosa y ese empaste de voces que no admite posturas intermedias: el aflautamiento de James Righton, combinado con el timbre más grave de un Jamie Reynolds no obstante amigo del falsete, o se odia o se ama. Y el trío inglés (el batería solo es de directo) presentó parte de las canciones de “Surfing The Void” (2010). Una reválida diferida, con cambios en la producción y dimes y diretes por parte del sello. Y un gran single, “Echoes”, que junto a dardos más añejos como “Golden Skans” y “Atlantis To Interzone”, amortiguó cierta monotonía. No faltó el cover de Grace (la banda de Paul Oakenfold), cimiento clave del mito nu-rave asociado a la banda. Ramón Fernández Escobar

Poco después de que THE SUNDAY DRIVERS se despidieran, agradecidos y emocionados, ante una nutrida audiencia –y con IAN BROWN emborronando un poco más su maltrecha reputación–, PiL aparecía en escena. Escaso público, sonido genuinamente intimidatorio y un John Lydon con la pila bien cargada por el desplante que se le dispensaba: mientras él ofrecía uno de los mejores conciertos del festival, la inmensa mayoría prefería el circo raver de THE PRODIGY. Secundado por un trío más brillante que solvente –los históricos Lu Edmonds y Bruce Smith, más Scott Firth–, con la garganta y la materia gris bien despejadas, el artista antes conocido como Rotten puso las cosas en su sitio, tirando de un repertorio indiscutible, que incluyó himnos como “Rise”, “Albatross”, “Warrior”, “The Flowers Of Romance”, “Memories” y “Public Image”. Puede que sus invectivas de amante despechado –”mola ver a gente a la que le gusta la música, así que contemplemos a los borregos desde la distancia”, dijo, refiriéndose a los que estaban viendo a The Prodigy– estuvieran de más, pero sin ellas Lydon ya no sería Lydon.

La tónica de la escasa afluencia continuó en el concierto de FOUR TET. Kieran Hebden empezó casi a solas, suministrando con elegancia buenas dosis de beats y melodía. Poco a poco se introdujo en terrenos menos contemplativos, con puntuales accesos de ritmo grueso que no lograron poner en pie a los que prefirieron verle sentados. Se escucharon silbidos que el británico no tardó en conjurar, recurriendo al cuatro por cuatro, la bordonera metalizada, los breaks y los riffs de teclado. Algunos bailaban, para qué negarlo, pero la coreografía se antojó baja de hemoglobina y ni siquiera el brillante remate a la sesión –acumulación de bpms que terminaron desvaneciéndose en poético cortocircuito– enjugó el agridulce sabor de boca. César Luquero

 
  • Foals

  • Echo And The Bunnymen

  • Dizzee Rascal

  • Gorillaz

 

Domingo

Una de las bajas que más dolió el año pasado fue la de FOALS. Pero bien que se ha resarcido esta vez el quinteto de Oxford. Si su capo, Yannis Philippakis, es un gran y dúctil cantante (a lo Tom Verlaine, a lo Robert Smith, según le dé), el grupo es de una solidez impropia en breves existencias. Y pese a que en su segunda entrega, “Total Life Forever” (2010), se muestran más atmosféricos, sus constantes (enjambre en las seis cuerdas, síncope tipo Talkin Heads) no rinden la guardia. Y antes del bis (“Two Steps, Twice”), con stage diving interruptus del batería incluido, se salieron gracias a una “Electric Bloom” convertida en aquelarre de percusión.

Y sí, ECHO AND THE BUNNYMEN tocaron “Think I Need It Too”, el pegadizo corte de “The Fountain”, su trabajo de 2009. Un espejismo: el meollo rebobinaba tres décadas, como ocurrió con otros artistas de esta edición. Ian McCulloch, Will Sergeant y los demás empalmaron tres pilares de “Crocodiles” (1980), debut de los de Liverpool, nada más salir. Sonrisa de felicidad, prolongada al comprobarse cómo uno de los intérpretes más aventajados de siempre (McCulloch) mejoraba “Seven Seas” y su estribillo facilón. Luego “Bring On The Dancing Horses”, “The Killing Moon” sin autobombo, “The Cutter” y el colofón de “Lips Like Sugar”, tras avanzar en el tiempo con “Nothing Lasts Forever”. Cuánta razón en ese título. Ramón Fernández Escobar

La ausencia de Lily Allen llevó a la primeriza ELLIE GOULDING al escenario principal. Esta, lejos de achantarse, ofreció un concierto más que correcto –en el que destacaron canciones como “Under The Sheets” y “Starry Eyed”– ante una razonable cantidad de público, que se multiplicó exponencialmente cuando llegó la hora de DIZZEE RASCAL. Ataviado con camiseta de Kobe Bryant y con su fiel DJ Semtex cubriéndole la espalda, Rascal pasó de preliminares y descargó, así, de entrada, una tanda de pepinos de difícil réplica: “Money, Money”, “Road Rage” y “Can’t Tek No More”. El respiro de “Chillin’ Wiv Da Man Dem” sirvió para repostar ante lo que se avecinaba. Convencido en el egotrip –”Jus’ A Rascal”– y juguetón cuando se terciaba –”Pussyole (Old Skool)”–, demostró ser todo un estadista del espectáculo, dejando para el final “Dirtee Disco”, “Holiday” y una catártica “Bonkers”. Apoteosis rapera, quién nos lo iba a decir hace unos años, en la última jornada del festival.

Tras la exhibición del londinense, la mayoría prefirió guardar sitio para el concierto de GORILLAZ. Con buen criterio, porque la superpoblada troupe de Damon Albarn congregó a muchísima gente –esta vez de aquí y de allí– en su primera actuación española. El despliegue escénico del grupo es aparatoso y no escatima en detalles o personal, pero funciona, de eso no hay duda. Más allá de la logística, están las canciones, y Gorillaz tienen muchas de las buenas. Súmenle su acertada combinatoria audiovisual –cuando Bruce Willis miró a la audiencia a través del clip de “Stylo”, aquello se vino abajo– y la presencia de figuras como Bobby Womack y De La Soul –suyo fue el mejor rap de la noche: sensacionales “Superfast Jellyfish” y “Feel God Inc.”– y extraigan conclusiones: la hora y media de actuación se pasó volando, entre inmejorables sensaciones. César Luquero

Etiquetas: 2010, 2010s, Benicàssim
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