Escribir la reseña del concierto badalonés de George Clinton es tarea sumamente grata y a la vez incómoda. Uno quiere hacer auténtica justicia con lo que vio, oyó y disfrutó, estar a la altura de las circunstancias, medir cada palabra, expresar la grandeza que el veterano Clinton demostró en uno de los conciertos más trepidantes, alocados, compulsivos, feroces y vitales que se puedan presenciar. Sintetizar en las treinta líneas acostumbradas todas las sensaciones allí vividas mientras siguen doliendo los pies (que sí, que los críticos bailan) se convierte a ratos en pura angustia. ¡Joder, qué suerte, me toca hablar del concierto de Clinton! Joder, qué faena, ¿cómo explico yo la auténtica realidad de esas tres horas sin freno que cerraron la tercera entrega del festival Blues & Ritmes?
Pues no se me ocurre otra mejor que alabar la condensación musical, una auténtica enciclopedia rítmica, que Clinton y sus nueve acólitos (dos cantantes y percusionistas, una corista, un batería, un teclista, un bajo, dos guitarras y un entrañable personaje ataviado con un gran pañal de bebé que pulsaba las seis cuerdas, cantaba y arengaba a las reducidas pero enfervorecidas masas) demostraron en el escenario. Allí estaba todo, Hendrix, Prince, Living Colour, Sly & Robbie, Sly Stone, Defunkt, Bambaataa, Public Enemy, Tackhead, el Hancock más eléctrico y juguetón, los primeros y urbanos Material, todo todo…
Clinton, padre putativo de varios de ellos, los mezclaba a placer, detenía el ritmo, se volvía irremediablemente poppy (“One Nation Under A Groove”), dejaba que el teclista se explayara en irónicos solos jazzrockeros, desaparecía para regresar con las baterías aún más cargadas, disfrutaba con los interminables punteos del joven guitarra solista curtido a imagen y semejanza de Hendrix (su trabajo en la psicodélica “Maggot Brain”, el único remanso de paz entre la vorágine de furia y ritmo, alcanzó cotas realmente álgidas), se abrazaba al pañales y se fue a las tres horas de concierto porque Badalona debía dormir. Si no, aún estaría allí.
No estuvieron Bootsy, Maceo Parker, Bernie Worrell y Gary Shider, pero como si hubiesen venido. Cerca de Igualada, unos días antes, Bootsy había tocado con los Deee-Lite. En una semana pródiga, Catalonia fue algo así como Funkadelia. Parliament, Funkadelic, some of my best jokes are friends, P-Funk All Stars, las teorías de Cenicienta. Todo en una noche, a mil por hora y saboreándolo en el recuerdo. ![]()
























