Pocas cosas hay más insufribles que un concierto de rock al uso: calor sofocante, apreturas y pisotones, sonorizaciones pésimas, reproducción clónica y mecánica del material previamente grabado, retrasos inexcusables… Por todo ello, hay que agradecerles a Kiss, Alice Cooper o, ¿por qué no?, Pink Floyd que su concepto del recital se extralimite al registro netamente musical –que siempre se disfruta infinitamente mejor cómodamente sentado en el sofá preferido junto al reproductor digital– para adentrarse en el ámbito de la escenificación dramática como sustento del show.
Gwar (algo más de una década ya haciendo el carcamal) saben del poder seductor de la imagen –ya sea la bota de plataforma y la lentejuela o la camisetita Adidas tres tallas menor de lo humanamente soportable– y, conscientes, espero y supongo, de su más que dudoso talento compositivo, potencian el espectáculo visual hasta extremos granguiñolescos, tan divertidos como obscenos y faltos del menor atisbo de gusto. En directo, Gwar convierten, si es que no es ese su estado natural, el rock en una disparatada sucesión de shock-gags circenses ricos en látex y referencias “zetosas” (sci-fi lumpen, gore de a duro, porno cutre) que, al cabo de dos horas, acaban conformando la función más salvaje y rabiosamente simpática (decapitaciones, violaciones, pedofilia, masturbaciones monstruosas, evisceraciones, riego de jugos corporales) que puede verse hoy en día. Un diez. ¿Y la música?, te preguntarás. ¿Perdón? Digamos que la música la pusieron antes WESTON (Fat Wreck) y TEN FOOT POLE (Epitaph), con su eficaz –sin más– hardcore melódico. ![]()























