Los tres son ingleses, los tres nacieron en los años ochenta, los tres hacen electrónica emocional y los tres tienen el mismo nombre de pila, aunque con variantes hipocorísticas. Ya de partida, hay que felicitar al programador: el concepto, el argumento de venta, es fantástico. Y si encima los tres van y lo bordan, ya os podéis imaginar el resultado. Uno de los mejores minifestivales del año para un servidor.
Jamie Woon ganó en la distancia corta. Le bastó con esparcir unos pocos beats secos, rasgar una guitarra átona y cantar a media voz para dejarnos con el corazón en un puño. Mejor dicho: son precisamente esa crudeza y esa desnudez las que nos arrebataron. Es dubstep solo en el tono, en el aire. Soultrónica a lo Raz Ohara, tensión posmilenaria, desasosiego postindustrial.
Algo parecido ocurrió con James Blake: sobre el escenario se desvanecieron las (poquísimas) pegas que podrías encontrarle en disco. Sonó igual de bien —esa voz llena de dolor— pero más auténtico, más extremo, mejor. En un instante pasa de un pulso comatoso sumergido en una atmósfera fantasmal a un martilleo arrastrado y retumbante que se te mete bajo la piel y te hace temblar el cuerpo (el alma llevaba rato en un vendaval). Fleet Foxes meets Leyland Kirby. Denso, radiante, ensordecedor.
Al dejar los teclados, el músico se puso a los platos. Tras un concierto así, nada de lo que hiciera podía ya sorprendernos. No lo hizo, pero hilvanó una buena sesión de dubstep entrecortado, seco, áspero —bombos, cajas y latigazos—, que fue derivando hacia el funk y el gospel en su tramo final.
Le relevó Jamie xx. Siempre espero que el londinense pinche sedoso pop electrónico como el que hace su banda, The xx. Pero no, sus sets son una historia completamente distinta, un vaivén de estilos agrupados bajo el signo del funk: soul, house de divas, hi-NRG… Por momentos parece inconexo y vulgar, pero al finalizar, cuando te haces la composición de conjunto, ves que todas las piezas encajan en un bello tapete sonoro. ![]()


























