¡No hay derecho! Kurt Cobain, que en 1977 era un imberbe mozalbete de doce años, permitiéndose ahora dar órdenes a veteranos de guerra como los Buzzcocks. Es que ya no hay respeto por nada. Aunque podemos tomar las cosas por el lado bueno: Nirvana podrían haber acabado convertidos en una aséptica formación de AOR teloneada por grupillos de moda como Ugly Kid Joe. Pero no. Pese a los malos augurios, Cobain no ha perdido el norte y ha sobrevivido con dignidad al desproporcionado impacto de “Nevermind”. Y como es una persona respetuosa con los ancestros rockeros, pues nada mejor que demostrar su buen gusto invitando al grupo de Manchester en su nueva gira mundial, aunque sólo sea para que los neófitos tomen nota de que esto del grunge no nació un buen día de la nada.
Los Buzzcocks ya se dejaron caer por nuestro país en diciembre de 1992, y sus actuaciones resultaron iniciáticas para toda una generación que, del punk británico, poco conocía aparte de Sex Pistols y The Clash. Claro, ellos nunca tuvieron un Malcolm McLaren que supiera vender sus logros, ni su imagen era tan “carne de mass media” como la de Vicious y Rotten, pero álbumes como “Love Bites” o “A Different Kind Of Tension” pueden –deben– figurar sin complejos junto a las piezas más venerables de la generación del 77.
Por eso, recuperar en un Palau d’Esports repleto de chiquillada filo-grunge –habría que ver si al día siguiente, en clase, su aspecto era tan zarrapastroso– gemas como “Ever Fallen In Love” es algo más que un ejercicio nostálgico. Las canciones de Pete Shelley y compañía siguen palpitando, y su directo sigue siendo todo un bombardeo inmisericorde para dejar aplatanado al más duro de los presentes.
Desde que “Nevermind” desbancó a Michael Jackson del número uno del ‘Billboard’, todo son sonrisas y felicitaciones para Nirvana, aunque, por suerte, “In Utero” ha puesto las cosas en su sitio, evidenciando que ni son Bon Jovi ni van a dejar que su mensaje se diluya entre el “rock para todos los públicos”. Nirvana han optado por la “fórmula R.E.M.”, es decir, mantener su identidad de grupo con carácter sin renunciar a los favores del gran mercado, y sus conciertos son la viva prueba de ello.

























