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Primavera Sound, De hipster a normcore

Arcade Fire demostraron que se puede ser épico y bailable sin entrar en contradicción.

Foto: Ismael Llopis

 
 

FESTIVAL (2014)

Primavera Sound De hipster a normcore

Por Rockdelux

Recordamos la edición del Primavera Sound 2014. Fue la de los conciertos de Stromae, Kendrick Lamar, Arcade Fire, The Ex, Caetano Veloso, Slowdive, Antibalas, Kronos Quartet, Blixa Bargeld & Teho Teardo, FKA twigs, Rodrigo Amarante, St. Vincent, Neutral Milk Hotel, Colin Stetson, Majical Cloudz... Por enésima vez, el Primavera ofreció una programación por encima de cualquier media razonable. Aquí lo explicamos.

Barcelona, Parc del Fòrum
28-31/5/2014

El Primavera Sound volvió a batir su récord con 190.000 asistentes. Un poder de convocatoria que proporcionó buenas vibraciones ya desde su prólogo, con el belga Stromae. La lluvia hizo acto de presencia, pero no logró aguar la fiesta; es más, propició la salida de un doble arcoíris que fue como una metáfora saludando la diversidad de asistentes. La presencia de público foráneo va en aumento, consolidando el festival como una de las citas más importantes de Europa. Otra constatación es que cada vez se parece menos a esa concentración de hipsters de antaño. La apariencia actual del público se puede asociar a esa palabreja inventada por los creadores de tendencias, el normcore. Gente normal disfrutando de su ruta de conciertos, algo que facilitó la app creada para la ocasión.

Lo que no ayudó a la movilidad fue el mal estado de las baldosas del corredor más transitado. No es de recibo la decadencia de un pavimento que da imagen tercermundista a una ciudad que se considera meca del turismo. Tampoco lo es la incertidumbre que rodea un espacio emblemático como el Auditori, que este año acogió a Sílvia Pérez Cruz y Raül Fernandez Miró, cuyo concierto fue considerado por la organización como uno de los más emocionantes de la historia del festival.

Igual de satisfactorio fue el diseño de los escenarios, que ha encontrado la ubicación idónea para evitar la superposición de sonidos de 2013. Ahora, el espacio donde se celebran los grandes conciertos, con los escenarios Heineken y Sony frente a frente, permite pasar de uno a otro sin interferencias y en igualdad de condiciones. También se agradeció el cambio del ATP, ubicado en el lugar donde antaño se vivieron grandes conciertos de The Cure, Sonic Youth o Pulp. Así, no es extraño que grupos como The Ex, acostumbrados a tocar en sitios menos vistosos, estuvieran radiantes y motivados. O que Neutral Milk Hotel pudieran dejar claro que su reunión no es un mero retorno pecuniario, sino una demostración de fuerza que los reafirma como prebostes del indie.

Los grupos vienen a darlo todo y más teniendo en cuenta que sus actuaciones son más cortas. Por eso, fue significativa la preocupación de Adam Granduciel cuando veía pasar los minutos y peligrar el show de The War On Drugs por problemas técnicos. Al final pudo hacer de Dylan alternativo para una parroquia que ya pensaba en The National, en cuyo concierto se vivió uno de esos momentos mágicos con Justin Vernon. Fue en el mismo escenario donde Arcade Fire habían demostrado, con un espectacular show y en gran formato, que se puede ser épico y bailable sin entrar en contradicción.

La grandeza del festival estuvo también en lo pequeño, con la actuación sorpresa de Los Planetas en el escenario Club PS. No estaba anunciada, pero su presencia se convirtió en otro momento especial porque, aunque apenas se pudieran ver y menos escuchar, sus canciones fueron celebradas con los coros y la veneración que provocan los amores incondicionales. Ramon Súrio

 
  • Neutral Milk Hotel. Foto: Juan Sala

  • Slint. Foto: Óscar García

  • Slowdive. Foto: Òscar Giralt

 

El tiempo al revés

Sumándose a la vigencia con que sonaron bandas antiguas, NEUTRAL MILK HOTEL tocaron como lo solían hacer en su día, sin concesiones a su estatus de culto (hasta el repertorio, con caras B). Su anarquía zíngara pareció mejorada por el mayor dominio vocal de Jeff Mangum y la destreza de sus miembros. Más sorprendente resulta lo de SLINT. La perfección que han alcanzado sin perder ni un latido de emotividad es escalofriante. Su sonido fue impecable, con guitarras cristalinas, silencio y distorsión perfectamente balanceados, y su repertorio –centrado en “Spiderland” (1991), pero no únicamente–, inmortal.

Artistas más jóvenes como JONATHAN WILSON sonaron más obsoletos. Aburrió con una psicodelia aletargada (la de su segundo álbum) a la que le costaba despegar entre tanto desarrollo instrumental recostado. Más Cream sin Ginger Baker que Dennis Wilson. Todo lo contrario que TY SEGALL, explosivo y tan lo-fi en directo como en disco. Con sus riffs destellantes propulsados por Mikal Cronin al bajo y los bucles rítmicos de Emily Rose (más inspiración que metronomía), fue un festín de ganchos rítmicos y melódicos. Guillermo Z. del Águila


Puente entre décadas

Tener a JULIAN COPE, poco dado a actuar overseas, fue un puntazo. El outsider de look guerrillero, espíritu combativo y corazón aún inevitablemente pop, con la acústica como única arma, y un talante amable e irónico, recorrió desde sus recientes revolutions a desnudas y aún poderosas versiones de distintos momentos de su carrera, “Sunspots” incluida, con tres perlas de The Teardrop Explodes. “Llibertat per Catalunya” y “os veo un poco nostálgicos” fueron dos de sus gloriosas frases. Con orgullo, sin añoranzas. Igual que SLOWDIVE. Aunque se dejaran fuera las dos canciones más esperadas, los primeros compañeros de Neil Halstead sonaron frescos y densos en el océano de ecos guitarreros que los catapultó hace veinte años. Fueron adorados, sobre todo Rachel, y lo merecieron.

Del pasado (Prince, Talking Heads), aparecían fantasmas en la muy actual propuesta de ST. VINCENT, moderna muñeca rubia de aspecto, fiera dama de hierro con la guitarra y voz. Sus melodías esquivas no evitan la comunicación rápida. Y, aunque no todo son joyas como “Prince Johnny”, su rotundidad convence. Su entrega estuvo a la altura de la de THE MARK EITZEL ORDEAL. Apasionado como pocos, aunque tanto borbotón melódico uniformice un poco las canciones, Eitzel brota en cuerpo y alma en cada frase para transitar un mundo de dolor, romance e ironía. A su lado, la frialdad de las máquinas ochenteras de SHELBY GREY podía helar, pero hubo swing y fervor en el puente entre décadas que fue su DJ set. Ricardo Aldarondo

 
  • Caetano Veloso. Foto: Óscar García

  • The War On Drugs. Foto: Ismael Llopis

  • Warpaint. Foto: Juan Sala

 

Vocaciones e imposturas

Veneración en torno al fenómeno armónico de voces que desprenden juntos Midlake. Es una experiencia cuasi mística, si no fuera porque en directo se acentúa el pasado heavy de las guitarras (de los de solo exhibicionista). Si rascáramos saldría que a toda la banda le encantaría hacer black metal gutural. Levitamos, sí, pero sospechamos que hay mucho de plan y poco de sinceridad en sus actos. Los que no engañan son The Growlers. Ser hipster de querencia californiana es, aparte de vestir restos del Ejército de Salvación dos tallas más pequeñas, cantar al borde de la desafinación y con la indolente nasalidad arrastrada de un Dylan fumado. Insistencia en el revival Costa Oeste de piloto automático. No así el voluntarioso pop sucio de Univers, cuyas cristalinas melodías se intuían bajo una mezcla quizá demasiado tosca. Hicieron acto de presencia a primera hora de la tarde del sábado. Preciosistas y primitivos, evolucionan hacia una propuesta cada vez más interesante en cada entrega.

Uno de los highlights del festival fue, sin ninguna duda, el pase de un Caetano Veloso que no se cansa de rejuvenecer su discurso, vía Banda Cê, combinando canción latina, bossa, pop y vanguardia con planteamientos que van desde el puro hedonismo hasta zarpazos eléctricos obra de Pedro Sá. Resulta un tópico, pero lo diremos aun así: leyenda de juventud fuerte. De otra representación brasileña, la de Boogarins, diremos que el tipo de música que hacen es casi la que deberían estar haciendo los tales Growlers, pero mejor y desde la vocación. Pura diversión entre amigos a medio camino de Love y el tropicalismo.

Con Chromeo llegó el momento del funk verbenero y festivo de altas horas. ¿Unos Daft Punk (los de “Get Lucky”) a los que se les ve la cara? Trucos escénicos y una fórmula musical de probada solvencia. No sé si cabe mucha reflexión ante lo que simplemente es una fiesta. Quizá haya que juzgarlo desde otra disciplina escénica. ¿Performance? ¿Crónica social? Ramón Ayala


Creando ambiente

Expansivos, descomunales, cenitales; así se plantaron STANDSTILL para confirmar que sus canciones lucen en cualquier escenario. Su contundencia rítmica, la grandeza de su libertad creativa y la impagable voz de Enric Montefusco no hacen más que colocarlos en el epígrafe de grupos que conciben la música como algo que va más allá del Arte. También escenario grande y público in crescendo en la madrugadora actuación de LEÓN BENAVENTE. La banda sudó la camiseta, repartió rock a espuertas y repasó casi al completo un único disco que se saben al dedillo. Pero la puntualidad se quebró con THE WAR ON DRUGS. Adam Granduciel y los suyos salieron a escena después de que los técnicos pasaran treinta minutos de apuros y carreras; tiempo de espera que mereció la pena para poder paladear la calidad que supuran unas guitarras que son ya marca de la casa y una buena porción de ese candidato a disco del año que es “Lost In The Dream” (2014).

Dee Dee Penny maneja con tanta frialdad los movimientos de DUM DUM GIRLS que fue ese hieratismo el que alejó al público del disfrute. WARPAINT supieron crear esas atmósferas evocadoras que destilan sus discos, presumiendo de compenetración y poderío. Pero se gustaron tanto que se centraron demasiado en contoneos y poses, dejando escapar el punch inicial mientras el público se desvanecía en busca de otros ambientes en los que continuar flotando. El contrapunto happy lo puso Katy Goodman. Al frente de LA SERA se mostró feliz por tocar a las cinco, radiante con sus nuevos temas, conforme con un sonido mediocre... hasta la lluvia le hizo gracia. ¿Cómo hubiesen sonado sus canciones punk-pop si las condiciones le hubiesen sonreído de verdad? María Baigorri

 
  • Body/Head. Foto: Juan Sala

  • Kronos Quartet. Foto: Óscar García

  • Cut Copy. Foto: Ismael Llopis

 

El arte de la reinvención

Menos Thurston Moore, este año tocaron en el Primavera Sound todos los miembros de Sonic Youth. Con BODY/HEAD, su dúo con Bill Nace, Kim Gordon demostró ser la más radicalizada tras la disolución de la banda: apenas media hora de lamentos eléctricos, más que canciones, como un largo y tortuoso plano-secuencia sin cortes ni concesiones. LEE RANALDO AND THE DUST, con un imperial Steve Shelley a la batería, resultaron menos airados pero igual de afilados con su pop noise y psicodelia, sobre todo en los duelos de guitarra entre Ranaldo y Alan Licht.

También se han reinventado KRONOS QUARTET. Pese a un exceso de música pregrabada, el cuarteto ofreció una actuación intensa con temas de Omar Souleyman, Café Tacvba, Terry Riley, Laurie Anderson y Clint Mansell, mezclando cuerdas con darbukas y acometiendo un final de verdadero impacto a lo My Bloody Valentine. Menos sorprendente fue MICK HARVEY pasando revista a los dos discos de versiones de Serge Gainsbourg que registró en los noventa. Eso sí, la puesta en escena resultó impecable (bajo, batería, dos teclistas, vocalista y sección de cuerda) más allá de deslices en la entrada de algún tema. Quim Casas


Las formas de la euforia

Al asistir a un festival, uno tiene la esperanza de que su itinerario lo lleve hasta el concierto sublime, aquel que pasará a los anales del evento. Pero no debemos menospreciar el morbo de toparse con su opuesto, el disparate del certamen. Un papel que en este Primavera Sound desempeñó SKY FERREIRA, quien actúo el miércoles en la apertura del festival. Si bien es cierto que la it girl fue castigada por el sonido y por la lluvia, su falta de voz, canciones y carisma no acepta justificación. La relevaron HOLY GHOST!, demasiado tímidos en su intento de mover al público, que prefirió reservar fuerzas para el largo fin de semana.

Ya en el tridente de jornadas fuertes, el Fòrum volvió a convertirse en un receptáculo de energía incontrolable, manifestada a través de abrazos y sacudidas sobrenaturales. Pero también de pogos y crowdsurfing, como los que bendijeron las afiladas apuestas de TOUCHÉ AMORÉ y KVELERTAK. Los jóvenes paladines del post-hardcore se subieron a lomos del estruendo gritón, llevándolo al punto de cocción exacto para no borrar la silueta de las canciones. Por su parte, los noruegos fueron la antítesis de metal apesadumbrado y/o estilizado que suele visitar el festival, levantando al público a base de riffs gigantes y liberadores. Sellaron su aplastante victoria ondeando una gran bandera con el logo del grupo.

La euforia, lógicamente, también surgió en los pases de cariz más bailable, pese a pinchazos como el de SBTRKT. Los posibles de Aaron Jerome dieron para inflar un monigote descomunal, pero no para sobreponerse a unos parones que hundieron la fluidez de su show. Por fortuna, FACTORY FLOOR remediaron el desaguisado a base de una perforación electrónica de regusto kraut, y con la presencia de Chris Carter arrojando una sombra industrial a la danza.

Los problemas con el visado de los sudafricanos JOHN WIZARDS obligaron a la recolocación de su concierto en horario de tarde y en el Auditori. Llegaron con el tiempo justo para probar sonido y ponerse manos a la obra, y su zumo de polisemia rítmica acabó saliendo insípido, quizá porque la hora y el contexto no jugaban a su favor. Todo lo contrario sucedió con CUT COPY, emplazados en una casilla (escenario ATP a las tres y media de la mañana) que daba brillo y convicción a su artesanado de pop electrónico. Fueron la antesala perfecta al fin de fiesta de DJ COCO, anfitrión que reunió a los parroquianos al calor de una selección que coreó nuevamente a Kelly Clarkson, Journey y demás cabezas de cartel improbables (¿o no tanto?) para el Primavera Sound. Gerard Casau

 
  • Metronomy. Foto: Óscar García

  • Dr. John. Foto: Óscar García

  • Rodrigo Amarante. Foto: Óscar García

 

Repetidores y novatos

Son los decanos del festival –desde 2004 no se han perdido uno–, y hasta ahora no los habían puesto donde merecen: un escenario grande y bien situado (el ATP), en el que SHELLAC volvieron a dejar claro quién manda aquí y por qué, y adelantaron parte de su inminente quinto disco, el primero en siete años. METRONOMY tocaron muy tarde, pero lograron hacer bailar fácilmente al numeroso público que les esperaba con su pop elegante y kitsch, con el bajo funk de Olugbenga Adelekan y el pulso firme de Anna Prior a la batería como principales ganchos.

REFREE se rodeó de un auténtico dream team (Oriol Roca, Miquel Sospedra, Xavi Lloses y Nico Roig) para defender la reconversión eléctrica y psicodélica de “Nova Creu Alta” (2013) con garra y empuje, aunque las divagaciones instrumentales –sobre todo del teclista– puedan no convencer a los amantes de su lado más dulce. Por su parte, OSO LEONE lidiaron con problemas técnicos que casi les hacen tirar la toalla, pero, cuando les dejaron sonar, brillaron como el que más con sus atmósferas y ritmos únicos, con ecos lejanos de David Sylvian o The Blue Nile. Más que una revelación. Esteve Farrés


Túnicas egipcias, zapatos de cocodrilo

Al fallecido Sun Ra, cuyo centenario se cumplió el pasado 22 de mayo, nunca le creció la nariz cuando aseguraba provenir de Saturno. Pero, mira por dónde, la SUN RA ARKESTRA que prolonga su legado cósmico sí optó por “When You Wish Upon A Star”, canción emblema de “Pinocho” y, por extensión, Walt Disney, en su set en el Auditori. Devenida en estándar de jazz que ya Sun Ra tocaba en vida, su interpretación solo representó uno de los muchos momentos gozosos de un show tan colorista y lleno de túnicas. El líder de la Arkestra, Marshall Allen, soplaba su saxo alto como si no tuviera 90 años recién cumplidos, replicando al piano en dicho tema.

Más memorable incluso fue la descarga de DR. JOHN, justo cuando la tromba de agua había tenido a bien detenerse, que no parecía plan que los ostentosos zapatos de cocodrilo del doctor sufrieran salpicaduras. El de Nueva Orleans ofreció un concierto de solo diez temas, pero sin ningún desperdicio. A veces al piano acústico, otras al eléctrico (y también a la guitarra), demostró una plenitud de garganta insospechada, con la solvencia detrás de un quinteto donde también se lucía, en su doble papel de trombonista y maestra de ceremonias, Sarah Morrow. Ramón Fernández Escobar


De ensoñaciones, evocaciones y experimentación tropicalista

La intensa música de baile con vocación rock de MODERAT caló entre lo mejor del jueves. Sintetizadores de graves profundos, líneas melódicas y voz dieron pie al trance y a la inmersión ensoñadora. Pantallas, proyecciones y lásers hacían de holografía mientras la cascada de ritmos se colaba en el cuerpo, removiendo sin tregua. POND alzó una mullida cama de evocaciones. Con psicodelia a veces rabiosa, a veces ensoñadora y cierto frescor lo-fi playero, las melodías se tejían envolventes, evocando temas que con un cambio de ritmo o armonía invocaban y escondían el collage de resonancias: The Beatles, “Pet Sounds”, The Who.

A diferencia de su anterior Primavera (en 2011), THE NATIONAL convencieron, potentes y sutiles. Repertorio, presencia y visuales con contundencia de stadium band, pero articulados con las texturas de la peculiar voz y actitud crooner de Matt Berninger. Sugestivos y delicados en “I Need My Girl”, remataron acompañados por Bon Iver y parte de The Walkmen (Paul Maroon y Hamilton Leithauser).

Con guitarras atronadoras y atmósferas de trip narcótico, en incesante contraste, MOGWAI concentró lo mejor de su carrera en doce temas. Con la estelada detrás, Stuart Braithwaite deslizó algo de catalán, robando protagonismo a los visuales de la gira de “Rave Tapes” (2014). RODRIGO AMARANTE fue degustación brasileña: la frescura de la MPB, el susurro juguetón y esa sensualidad luminosa de la bossa, pero también la experimentación tras la psicodelia tropicalista, la vanguardia neoyorquina y Arto Lindsay o disonancias y texturas electrónicas. Susana Funes

 
  • Belako. Foto: Ismael Llopis

  • FKA twigs. Foto: Ismael Llopis

  • Blood Orange. Foto: Ismael Llopis

 

Guitarras y electrónica

Aderezamos la sobremesa del sábado con un cóctel templado de rock instrumental y electrónica experimental ofrecido por JUPITER LION. El trío degustó distorsión lunar, krautrock sucio y conclusiones laberínticas. Y lo sirvió con una puesta en escena intrépida, aunque miniaturizada por un escenario descomunal como el Ray-Ban y secundada por un público diezmado a causa de la lluvia que cayó en el Fòrum. Un panorama diferente al que a esa hora se vivía cerca de allí, donde el agua no impidió que un nutrido grupo de espectadores asistiera a la presentación del último trabajo de MISHIMA: “L’ànsia que cura” (2014). Ventajas de jugar en casa. Carabén y compañía se marcaron un concierto correcto aunque algo frío, más sobrio al principio, con intensidad y diversión crecientes, sin perder ese regusto de rockeros antiguos con querencia por el folk.

“Somos Belako y venimos de Euskal Herria”. Así se presentó BELAKO, el jovencísimo cuarteto vizcaíno en su bolo más importante hasta la fecha, con el que se postularon como candidatos creíbles al nuevo trono del indie estatal. Desgranaron su debut, “Eurie” (2013), virando desde la oscuridad del post-rock y el noise hasta sonidos más luminosos y guitarreros, más salvajes y electrónicos.

SUPERCHUNK demostraron ante un público muy fiel que se conservan en forma, especialmente Mac McCaughan, dueño aún de una voz juvenil y vigorosa. Alternaron temas de su reciente “I Hate Music” (2013) y hits clásicos, convirtiendo su concierto en una fiesta, sobre todo en el tramo final. Y aún más memorable fue lo de FOALS, que presentaron “Holy Fire” (2013) con un sonido fantástico y un juego de luces espectacular. La banda de Oxford ofreció una actuación densa, atmosférica y con momentos épicos, demostrando que tiene madera para llenar estadios sin perder la frescura. El show de una hora supo a muy poco.

En la carpa dedicada a la electrónica, JOHN TALABOT se hizo con una sesión muy aplaudida y luminosa a partir de diversas variaciones del house. El problema fue que el festival lo programó demasiado pronto y no previó que un espacio tan reducido generaría un serio problema de aforo. A continuación, espantada para recibir a un DANI R. BAUGHMAN que pinchó ritmos mucho más oscuros, con los graves muy marcados, en un viaje desde el house hasta el italo para abrazarse finalmente al techno. Igual que MARC PIÑOL, con un set repleto de sonidos tribales y toques electro.

Un día antes, esta carpa había acogido el eclecticismo elegante de FRA (house clásico, mininal) y la oscuridad populista de un hiperactivo DOMINIK FERNOW con una maleta llena de atmósferas hipnóticas, ruido metálico y techno efectista. No dudó en aferrarse al micrófono, arengar a los asistentes y hasta lanzar globos. Y el público, encantado. Andrés García de la Riva


Emociones oscuras

En plan macho castigador, lo más parecido a John Wayne con una guitarra eléctrica, Josh Homme puso a galopar a QUEENS OF THE STONE AGE como la banda dura y sexy que merecería una residencia en el Bada Bing! El viento a veces se llevaba el sonido, y algunas canciones enfriaron el ambiente, pero en general fue un conciertaco de rock, marrana celebración de lascivia y peligro. En el polo opuesto de la adrenalina, DARKSIDE ofrecieron una música igualmente oscura, pero pensada para bailar y soñar; bueno, en el sentido inverso. Bravo por la manera de economizar los beats de Nicolas Jaar, que primero te envuelve en una atmósfera pacientemente modelada a base de capas y repeticiones para por fin lanzarte al baile.

Si bien fue una decepción contemplar al rapero EARL SWEATSHIRT haciéndose el graciosillo y escaqueándose con un DJ regulero y una interpretación de carril, una de las artistas revelación fue FKA twigs. La joven vocalista tiene una imponente presencia escénica, con un falsete que podría romper todo el cristal de Bohemia, un estilo de baile sexy pero inquietante y dos fenomenales coletas, que nunca están de más. Sedujo entre sonidos del primer trip hop, pero también de EMA por el deje siniestrillo o de Purity Ring por el repiqueteo electrónico.

Más minimalista aún en el plano sonoro, MAJICAL CLOUDZ es como si un cantante de hardcore straight edge se acompañara de sintetizadores para cantar letras abruptas y tristes interpretadas con una entregada tensión emocional. Un poco duro en este contexto, todo lo contrario que los BLOOD ORANGE de Devonté Hynes, insuperables para un sábado por la noche con su pop negro bailongo y su divertido R&B, menos moderno que en disco, pero muy disfrutable. Pablo Gil


Bandoleros, clásicos presentes y aguaceros

Los nuevos temas de PIXIES no desentonan entre la imbatible ristra de hits. Tocaron canciones de todos sus discos (¿qué culpa tienen ellos de poseer tan descomunal fondo de armario?). Sonaron nítidos, eléctricos, motivados, engrasados. A Black Francis lo vimos generoso como nunca, repartiendo juego entre sus compañeros. GODSPEED YOU! BLACK EMPEROR, sostenidos por unas sugerentes proyecciones visuales, ofrecieron ruido, emoción, crescendos y apocalipsis. Una avalancha de espectadores comulgaban en trance. En otros conciertos se tocaba la guitarra imaginaria. En este se impulsaban hacia adelante las cabezas.

JOHN GRANT cantó en medio de un aguacero. A pesar de ello, el estadounidense derrochó baladas y simpatía, salpicadas con efectivas dosis de tecnopop. Fue tan precioso lo que nos dio que, al acabar el concierto, el mismísimo arcoíris le puso su corona en la cabeza. GRUPO DE EXPERTOS SOLYNIEVE se presentaron como unos bandoleros que cabalgan la americana para huir de la resignación. El sonido fue algo embarullado, pero el público agradeció las ganas de compartir el botín. Marcos Gualda

 
  • Julia Holter. Foto: Óscar García

  • Stromae. Foto: Juan Sala

  • Seun Kuti. Foto: Òscar Giralt

 

Cuentos, arpegios y rabia

Las oníricas propuestas de JULIA HOLTER y SVPER se vieron agraciadas por un envolvente juego de luces –crepuscular e intimista en el caso de la angelina, psicodélico en el de los barceloneses– que potenció aún más su resultado. Mitad ángel y mitad súcubo, la estadounidense y su banda se centraron en su último álbum para conducir un abarrotado y entregado Auditori a un viaje sonoro que pasaba de lo minimalista y susurrante al maximalista caos de largos desarrollos velvetianos, musicando lo que podía ser un cuento de Lewis Carroll. Impecable. Por su parte, Sergio y Luciana desgranaron de forma compacta su ya conocido y efectivo set de hits krautpop, presentando un no demasiado convincente nuevo tema y con una Luciana más extrovertida que de costumbre (cosa a celebrar). Baile sobre las olas y objetivo cumplido.

Mientras que CLOUD NOTHINGS fueron apuesta segura y se llevaron de calle al respetable con su punk-pop garagero, a medio camino entre los Strokes y Green Day, repleto de angst, contundencia y velocidad, sus compatriotas HOSPITALITY no consiguieron conectar con su melifluo indie pop noventero de abúlica college band treinteañera, más próximos a un ensayo que a un directo festivalero. Fede Guerrero


Un rayo de sol en Islamabad

Irónicamente, y con mucha sorna, un amigo dice que Primavera Sound (y por extensión, el territorio indie y hipster en general), debido al fenómeno de las “barbas crecientes”, parece ya Islamabad. Y allí, como un milagro, apareció como un rayo de sol (en su sentido más estricto, porque hasta entonces había estado diluviando) la estrella más refulgente de esta edición. Ante un mar de ondeantes banderas belgas, STROMAE dejó claro que es una de las mejores cosas que le han sucedido a la música del siglo XXI. Este curioso híbrido de Jacques Brel, Michael Jackson, Henri Salvador, Baloji y Technotronic está llamado a revolucionar el espectro musical. El belga y sus músicos, todos vestidos como un cruce entre gentleman y colegial, entre retro y sapeurs, y flanqueados por dos púlpitos en forma de raíz cuadrada (título de su último disco, “Racine carrée”, de 2013), dieron vida a canciones enormes como “Ave Cesaria”, “Tous les mêmes”, “Alors on danse” (Jacques Brel goes eurobeat!) o, por supuesto, el estremecedor y formidable “Formidable”. Canciones en las que el soukous y el zouk se enredan con la chanson, el eurobeat y el belgian techno más abrasivo. Una mezcla nada impostada porque todas esas referencias están en su ADN, en las raíces de un Stromae que sacó a pasear su histrión, su vocación de payaso y sus toneladas de carisma, y que se despidió con un apoteósico “Papaoutai”. Su “formidable” actuación hizo que todo lo demás palideciera ya sin remisión.

Por otro lado, la apuesta de DISCLOSURE por el stadium house fue todo un éxito. Y hits como “When A Fire Starts To Burn” o “White Noise” sonaron monumentales a pesar de las voces enlatadas. Puro R&Bass con doble ración de UK garage. Lo de THE HAXAN CLOAK fue inolvidable: un espectral magma de sonidos oscuros, silencios y subgraves monstruosos que dibujó un paisaje desolador y angustioso, una experiencia única y catártica. El set de DJ ZERO enlazó a la perfección con una gloriosa noche de terror electrónico, combinando hard acid, dark techno y zapatilla deluxe, y finalizando con el “Dead Eyes Opened” de Severed Heads.

Por su parte, LAURENT GARNIER, como siempre infalible, lo volvió a cuadrar todo al milímetro, pero, eludiendo su visión camaleónica, facturó un set quizá demasiado techno para el público del Primavera. En todo caso, el subidón de su “Crispy Bacon” fue épico. Además de apoyar la lucha por la independencia de Cataluña, SEUN KUTI reivindicó el legado de su padre, Fela, pero lo hizo con más oficio que inspiración, sin el soplo de locura del afrobeat original. El británico JULIO BASHMORE tuvo que enfrentarse a problemas de sonido al principio de su set, pero finalmente logró cuajar una estimulante sesión a base de funk house, beats jazzísticos y disco grooves.

LUNICE logró sorprender, e incluso asustar, con su atmósfera asfixiante y minimalista, áspera y oscura, como si se tratara de un Actress del grime. Finalmente, DANIEL AVERY se confirmó como una de las realidades más resplandecientes del house actual. Su finísima y líquida concepción de la electrónica, burbujeante y llena de gimmicks y sutiles efectos ácidos, te mete el diablo del baile en el cuerpo aunque sean las cuatro de la madrugada. Y te vuelves a casa más contento que unas pascuas. Luis Lles

 
  • Nine Inch Nails. Foto: Óscar García

  • Courtney Barnett. Foto: Óscar García

  • Volcano Choir. Foto: Òscar Giralt

 

Pequeño gran hombre

Al otro lado del folk estaba el pop, un pop enorme que El Petit de Cal Eril despliega sobre las tablas con más vigor incluso que en su segundo disco. Joan Pons sabe cómo animar una fiesta aunque sea a las cinco de la tarde; es todo un personaje y ha ensamblado una banda con un sonido que empieza a no conocer límites. Vale aún para el arrullo campestre, pero en la mayoría de canciones vibra a lo loco, sobre todo con ese acierto de sección de metales que tanto vale para unos cuantos momentos de northern soul como para un ratito de free jazz.

Al poco de esto, Caveman capeaban las primeras ráfagas frías en el ambiente con un toque idóneamente playero a escasos metros del agua. Por encima de la garra eléctrica, se les vio elegantes, incluso en una recta final de tambor al frente, casi de exhibición tribalista. Pero para ritmo, el de !!!. En el escenario más grande del festival y a la hora punta de la juerga, estuvieron a sus anchas. Lo suyo retrotrae a lo de hace diez años solo porque los que estuvieron entonces lo saben, pero, con un cantante que no conoce la vergüenza y toda una orquesta a sus espaldas, valen para un meneo cualquier día de la semana. Y lo suyo sonó a “por fin es viernes”.

Spoon también tocaron en el escenario principal. Al parecer se lo han ganado, a base de años y de un cancionero de prestigio, que suena tan nítido en un contexto de masas como en una sala de estar, o así pareció. Por las venas les corre más clase que sangre y eso no siempre juega a su favor si piensas que todo el mundo ha visto a Television enfrente justo una hora antes. Ramon Llubià


Tres maneras compaginables de rockear

A la tarea de calentar el ambiente a primera hora de la tarde, DRIVE-BY TRUCKERS tuvieron la faena de hacerlo bajo una lluvia torrencial, que duró buena parte de un set de diez canciones, basado en “English Oceans” (2014). El problema esta vez era el agua, no el alcohol: con una cortina de lluvia, sonaron sobrios, triunfales y expansivos, pese a que la cosecha reciente no es tan lustrosa y emotiva como los escasos greatest hits que sonaron.

No tuvo estorbos ambientales Trent Reznor: el pase de NINE INCH NAILS sirvió para corroborar su estatus de clásico moderno que no admite etiquetas. Secundado por un enorme Robin Finck, su actuación fue un alarde de brutalidad, precisión metronómica y espectáculo, con electrónica y rock muy equilibrados. El bis de “Hurt”, sin duda, fue uno de los grandes momentos del festival.

Y ni los BLACK LIPS ni su concierto pasarán a la historia del Primavera, pero su garage rock melódico y borrachuzo es ideal para cerrar una madrugada cubatera. Ricard Martín


Islas, volcanes y fuego

Madeja de distorsión electroacústica es la propuesta de Daniel Blumberg con HEBRONIX tras abandonar la concisión eléctrica de Yuck. Sus desarrollos instrumentales contrastan con el camino inverso rumbo al pop biensonante recorrido por Nick Thorburn en ISLANDS desde los tiempos locos de The Unicorns. Aquella tarde fue, sin embargo, de COURTNEY BARNETT, que en formato trío clásico de rock demostró lo fácil que es hacerlo bien –enorme sonido eléctrico y puro para no menos enormes textos– si no te empapas de vanidad. Lo más natural visto en este festival en mucho tiempo, sin pedales raros ni electrónica maquilladora ni una nota de más. Poco después, otra sorpresa agradable: VOLCANO CHOIR, en un escenario masivo, supieron ofrecer las concesiones justas a este formato durante la primera mitad, para pasar a la segunda con una tremenda inyección de sensibilidad, combinando clásicos de los dos discos con piezas nuevas como “The Agreement”. Bien, Vernon, bien.

JAGWAR MA, debido a la hora tardía, buscaron agradar a los trasnochadores habituales. Botón en modo dance dejando en segundo plano sus excelentes melodías. Eso sí, al final contaron con la presencia más bella del festival, la percusionista Stella Mozgawa de Warpaint. Por otro lado, el ritmo al que se han apuntado ARCADE FIRE –mezclar lo seco de James Murphy con el pulso haitiano de Chassagne–, pese a algunos incondicionales contrariados, se acercó bastante a lo que pretendía David Byrne cuando intentó fundir Talking Heads con trópico. Contundencia, espectáculo y muchísimo color, con las concesiones típicas para la ocasión: la pasarela con el muñeco de espejos, las posturas místico/orgásmicas de Régine, etc. Y por encima de todos estuvieron FUTURE ISLANDS, que cuentan con el plus coreográfico y la voz tan especial de Sam Herring, combinando gimnasia, piruetas explícitas, gesticulación –esos golpes en el pecho– y balbuceos guturales con su extraordinaria manera de vocalizar los mejores estribillos de 2014. David S. Mordoh

 
  • Jamie xx. Foto: Óscar García

  • Bo Ningen. Foto: Santiago Periel

  • Andy Stott. Foto: Xarlene

 

Pálpito electrónico y pop periférico

Los irlandeses Girl Band apenas tuvieron tiempo el jueves de trasladar sus instrumentos y amplis desde el Hidden Stage Heineken montado por el patrocinador principal del festival hasta su ubicación “oficial”, donde repitieron cuarenta minutos más tarde: en ambos casos, convencieron con su rock resuelto y afilado, más cerca de The Fall que de Arctic Monkeys (sobre todo en “Lawman”, temazo como la copa de un pino). Horas después, overbooking irrespirable rozando la tragedia en la apertura de la carpa Boiler Room con el set de Jamie xx: mucho funk y groove libidinoso, perfecto para agitar a las masas desde primera hora; sin embargo, a las cuatro de la mañana, en un marco más abierto, concurrido y tóxico, erró el tiro con derivaciones demasiado parsimoniosas.

A medianoche, en ese mismo lugar, BO Ningen defraudaron estrepitosamente con un rock que sobre el papel prometía pirotecnia psicodélica y escapadas kraut, pero que a la postre no pasó de monolítico. Todo lo contrario que Andy Stott: el productor de Mánchester apabulló con un recorrido profundísimo, subterráneo y fascinante por el techno contaminado de electricidad estática y las nuevas formas del jungle en 2014.

Al día siguiente, de nuevo buen arranque, antes del diluvio, con el dramatismo synth del canadiense Mas Ysa –a medio camino entre Autre Ne Veut y Xiu Xiu– y repetición de la jugada Jamie xx con Pional: set de altos vuelos a las nueve de la noche en la Boiler (de largo, el escenario con mejor sonido de todo el fin de semana) y segundo pase al aire libre, aunque en este caso con balance mucho más favorable que el obtenido la noche anterior por el geniecillo de la doble equis. Otra vez metidos en la carpa, lejos de charcos y aglomeraciones, Demdike Stare reafirmaron su reciente gusto por el techno polirrítmico, contundente y acuático, exprimiendo a fondo la capacidad de los altavoces y dejando a la audiencia exhausta y con un grato pitido en los tímpanos. Ovación para ellos.

Tras las prestaciones de las dos jornadas anteriores, el sábado invitaba a instalarse de nuevo en el iglú para gozar con el showcase del sello local Hivern: el live de New Jackson tuvo en la voz cósmica y vocoderizada su principal razón de ser, con curiosa versión de “Satisfaction” incluida; mientras, minutos más tarde, los suecos Genius Of Time se mostraron más contenidos y oscuros que de costumbre, aunque también más hipnóticos. Excelentes, en cualquier caso. Ya casi al final, Mistakes Are Ok (socio de John Talabot al frente el sello) se marcó un perfecto set de club music plenamente actual, que no olvidó uno de los tracks del año en las pistas de todo el mundo: “KHLHI”, de Percussions (o sea, Four Tet). Carles Novellas

 
  • The Ex. Foto: Óscar García

  • Charles Bradley. Foto: Òscar Giralt

  • Blixa Bargeld. Foto: Ismael Llopis

 

Los ruidos y los ciclos

Experimentado set de guitarras bombásticas y ritmos magnéticos por parte de los veteranos ruidistas THE EX, con el dúo Andy/Terrie raspando sin concesión y tambaleándose y Kat marcándose unos sazonados polirritmos a la batería (y acercándose al micrófono para cantar un folk metalizado). Explotaron temas nuevos y antiguos (ese “Theme From Konono” como trituradora-clausura) estableciéndose como los maestros de la melodía cíclica tri-guitarril. También curtido es el impertinente refrito browniano de CHARLES BRADLEY. Lo tiene todo: gesticulación facial, piruetas con el micro, buena banda, gritos, sudor, bailes de paquete e incluso una bola de espejos. Y si bien lo que ofrece (baladas, funk y ágil Motown) ya está visto, consigue expresarlo de un modo genuino. Alarde de energía más que majestuoso para un sexagenario.

THE DISMEMBERMENT PLAN se cascaron un show muy enérgico (bajo y batería particularmente bestias). Optaron por rescatar temas de sus discos más míticos, que primaron por encima del reciente (enclenque) “Uncanney Valley” (2013). Travis Morrison demostró su electricidad escénica y consiguió que el animadísimo público coreara en masa las letras de temas como “You Are Invited”. Refrescante regreso a una adolescente emotividad. El relevo generacional de SPEEDY ORTIZ, una mirada atrás al indie ruidosillo 90s de voz femenina (conurbación Timony/Phair/Hatfield), muestra un ceñido nivel de entendimiento instrumental, pero en lo compositivo aún deben deshacerse de relleno. Temazos a medio tiempo como “No Below” auguran un interesante futuro. Otros herederos de los noventa, THE LAST 3 LINES, o the last 3 flannels, le metieron bastante caña, logrando un grunge psicodélico de subidas y bajadas.

Decadente elegancia la de TEHO TEARDO y BLIXA BARGELD, saboteada un poco por la irrupción de la hija del último en el escenario: compartió miradas y bailecitos con su padre, quien, copa de vino en mano, oscuro y dibujando grotescas caras, mezcló finura, belleza y fealdad (buen surtido de deformaciones vocales). El show, multilingüe, mejoró con la aparición de un octeto de cuerdas. Otro que se dejó el cuello fue PRURIENT: aberración de treinta minutos de ruido abstracto mediante pitos y capas disonantes ornamentadas por bramidos. Sodomizó su micrófono golpeándolo contra todo (incluso su propio equipo) en un torbellino de espasmos que lo llevó a tirarse por los suelos y berrear “IN-DE-PEN-DEN-CIA”: desconcertante.

Ruido, aunque maquinal y circular, el demostrado por los veteranos LOOP. Robert Hampson, peliblanco y luciendo espectacular camisa, ofreció junto a su banda un show minimalista no apto para todos los paladares: aquellos poco amigos de la aridez probablemente fruncieran el ceño ante la destructiva monotonía aural de piezas como “Collision”. Intensidad trance la de los chilenos FÖLLAKZOID, vistiendo gorra de camionero y chubasquero, elementos básicos para un viaje espacial krautrock de bajo hiperinsistente, guitarra exploratoria e hipnotismo. Edificios que caen, campos de trigo e hielo: imágenes proyectadas en la también lenta insistencia de JESU, cuyo set fue particularmente ambiental/ensoñador. Una propuesta quizá endeble, pero ver a Justin Broadrick fundirse con su guitarra, junto a su fiel batería programada, siempre es un puntazo.

Una agradecida JOANA SERRAT plantó cara a la lluvia (y la venció, aunque el resultante arcoíris distrajera a su público) con su pastiche americanista, monótono en su hincapié en el slide y los tarareos, con ecos que van de Dylan a Neko Case. Consiguió, no obstante, una respetuosa emulación, gracias a su excelente voz, que da el pego como torch singer/folk rocosa. Otros que se mojaron (junto a sus acérrimos fans) fueron ÉL MATÓ A UN POLICÍA MOTORIZADO, que no ganaron potencia hasta que su líder dejó su sensiblería incómoda y pilló el bajo. Momentos antes, FIRA FEM habían estrenado una progresiva nueva canción junto a su habitual surtido de post-punk camaleónico vía ecos vocales y guitarras Durutti reverberadas. Se pusieron incluso bailongos, si bien la hora no acompañaba.

También sufrió mal horario el desfasado show de karaoke cutre de GLASSER. Se cree Björk (pero no tiene la voz), y toda la esencia que podría tener su música se pierde al ser lanzada desde un ordenador. Un animoso THE RANGE, por su parte, pinchó ante un reducido público su placiente IDM de resonancias noventeras, cuyo punto álgido fue una remezcla de “We Sink” de Chvrches. Xavier Gaillard

 
  • Yamantaka // Sonic Titan. Foto: Juan Sala

  • Deafheaven. Foto: Juan Sala

  • Kendrick Lamar. Foto: Òscar Giralt

 

Más es más

Si un espectador solo pudiera ver un concierto, uno que integrara tendencias, estilos y hasta folclores de un festival como este convertido en gabinete de las maravillas, con el de YAMANTAKA // SONIC TITAN se haría una idea acelerada y condensada. El pastiche de ópera, tribalismo y prog rock mezclado con una estética de estoicismo zen del mestizo dúo panasiático (en reforzado formato quinteto para el directo) contiene muchas referencias, tal vez demasiadas, pero, en cuanto se sueltan, el trance es astral. Con los  DEAFHEAVEN ocurre algo similar. Su concierto convalidó para primero de black metal con excelente en shoegazing, y con un sonido impecable fabricaron una electricidad ofuscada pero estilizada, entallada en negro de pasarela, con un cantante histriónico y repeinado, con el gesto de Mussolini y la cintura de Mick Jagger.

En la cúpula del techno todo eran sombras, así que VATICAN SHADOW encontró su entorno ideal para proyectarse con su cacharrería como una amenaza postecnológica y pospolítica. Un set de miedo. Mientras, COLD CAVE, diezmado ahora como dúo, con guitarras pregrabadas y sin batería, sonaron algo planos, con el torturado Wesley Eisold enroscándose el cable del micro al cuello cual soga. Quien sí entendió qué había en juego fue KENDRICK LAMAR, que se presentó con cuatro músicos; músculo stadium rock y funk para respaldar sus cincuenta minutos escasos de vibe inmortal. Y eso, sin necesidad de grandes demostraciones de entusiasmo: solo canciones y carisma. De todo lo cual van sobrados ZA!, del free rock al bailoteo, todo un desbarajuste feliz, tal vez por eso programados como coche escoba del festival. Para demostrar que siempre se puede dar más. Ruben Pujol


Más sabe el diablo por viejo

El joven quinteto barcelonés WIND ATLAS practica un dream rock solemne, resonante, que deriva en post-rock arabizante en sus momentos más tensos. Son la calma antes (y después) de la tormenta. Manejan referentes sosegados e intensos (Dead Can Dance, Chris Isaak, Angelo Badalamenti), pero van sobre seguro. Les falta algo de arrojo para lanzarse a desbrozar caminos propios. Por su parte, EL ÚLTIMO VECINO es 80s total. Instrumentación vintage, frontman con pinta de Ian Curtis (calcetines blancos) y estilo vocal a lo Germán Coppini. Ambiente conseguido, melodías pegadizas, melancolía, histrionismo e ímpetu. Una recreación perfecta de un ideal pretérito.

Piano de cola, teclado, guitarra, dos violines y dos violonchelos. Neoclásica, ambient, banda sonora de misterio. Romanticismo exacerbado, rondando lo cursi. Drones funéreos, retazos inacabados de melodía lanzados al viento, discretos carraspeos electrónicos, algún eco hauntológico... Para lo solemne que es la propuesta de A WINGED VICTORY FOR THE SULLEN (Dustin O’Halloran y el ex Stars Of The Lid Adam Wiltzie), se cambia de tercio muy rápidamente. ¿Miedo a aburrir?

Beat marcado, bombos limpios, claps, charles, arpegios, exclamaciones soul... DJ KOSMOS dispara toda la artillería. Juega con el tempo, pone algún efecto, pero efectúa mezclas rápidas, sin florituras. Su baza es la selección de temas, intuitiva y documentada. Un housemaster con actitud b-boy. Su set convierte el Boiler Room en lo que debe ser: un hervidero.

Felipe González se ha aburguesado. CHROME no. Después de casi cuarenta años en el negocio, los de San Francisco siguen frescos como el primer día, lanzando órdagos de distorsión lacerante, teclados ululantes y cacofonía infernal. Interesante jugar a sopesar qué ramas de la música moderna (punk, hard rock, industrial...) tienen mayor deuda con ellos.

La sesión de FORT ROMEAU, joven valor del sello Ghostly International, prometía. Empezó con un groovy beat disco-house, sedoso. Pero estiró los temas hasta el agotamiento y no se salió del patrón de bombo a negras, con lo que acabó resultando lineal y cansino. Pero no me hagáis caso, son cosas de crítico. La gente disfrutó de lo lindo.

A THE TWILIGHT SAD les pasa como a sus paisanos Glasvegas: andan por la fina línea que separa la profundidad del pastiche. La voz de barítono de James Graham puede resultar cargante, sobre todo si la refuerza con una gestualidad desmedida. Despojados del óxido con que Andrew Weatherall los revistió en “No One Can Ever Know” (2012), suenan célticos como The Levellers y épicos como Coldplay o Simple Minds.

En el set de ANGEL MOLINA no hubo ritmo. Lo que parecía una larguísima intro se estiró hasta el infinito. Bueno, una hora. En cualquier caso, ad náuseam. El lejano rugido fue acercándose lentamente hasta convertirse en una ensordecedora tormenta, maquinal y pesadillesca. El infierno. Una gozada.

A lo largo de los años WOLF EYES han explorado distintas estrategias con las que herir al oyente. Últimamente han cambiado las embestidas aturdidoras por los climas desasosegantes. No es solo que al escenario Vice le faltara volumen y graves, que también, sino que han perdido pegada. Estuvieron grasientos, sórdidos, lascivos, pero más bien dispersos. Levantaron pocos aplausos. Llorenç Roviras

 
  • Sharon Van Etten. Foto: Juan Sala

  • Sílvia Pérez Cruz & Raül Fernandez Miró. Foto: Óscar García

  • Antibalas. Foto: Ismael Llopis

 

Llueve sobre mojado

El Primavera Sound 2014 será recordado por la lluvia, pero también llovió sobre mojado en una edición que confirmó expectativas. El cuarteto retro británico Temples, que defendieron el debut “Sun Structures” (2014) como preludio al primer aguacero que asoló el Fòrum, ejercieron más de teloneros de Stromae que otra cosa, correctos con su revival de la British Invasion y T. Rex, pero lejos de ser memorables.

Bajo el sol de media tarde de la primera jornada oficial, los norteamericanos Real Estate, ampliados a quinteto con la adición de teclados, arrullaron con su pop basado en las melodías de la guitarra solista de Matt Mondanile dialogando con la de Martin Courtney (voz y compositor principal) ante un público respetuoso con su melancolía aletargada.

Las hermanas Haim confirmaron la artificiosidad que desprende “Days Are Gone” (2013), con Danielle como frontwoman solvente; Este, toda ella muecas exageradas –tanto como los tics de stoner rock con que se cargaban el pop de laboratorio de sus mejores singles–, y Alana, sin función aparente, solo pose. Como era de esperar, las grandes dimensiones del escenario perjudicaron a la cantautora norteamericana Sharon van Etten, que no logró emocionar del mismo modo en que lo consigue en las distancias cortas. No fue el caso de Sílvia Pérez Cruz y Raül Fernandez Miró, que esperaban tocar en petit comité en el Auditori, y se les llenó a pesar de la cita a primera hora: la enorme capacidad del dúo para transmitir emociones intensas solo con voz y guitarra se creció aún más con el llenazo y con el glorioso momento de su revisión de “Mercè” de Maria del Mar Bonet.

No les hubiera ido mal algo de esa comunión con el público al trío synthpop escocés Chvrches, que dejaron fríos al personal presentando “The Bones Of What You Believe” (2013), pero confirmaron el talento como cantante –aunque no como líder– de la cristalina Lauren Mayberry. En el otro extremo del espectro de la fidelidad sonora, rozando el playback, el trío galés Helen Love ejercieron con maestría de grupo de culto lo-fi desatando pogos en las primeras filas con su euforizante mezcla de tecnopop y “hardcore, happy, happy, happy hardcore”. Marta Salicrú


Excéntricos, clásico y afrobeat

Colin Stetson inauguró los conciertos en el Auditori. El saxofonista canadiense –de adopción– alternó el minúsculo alto y el enorme bajo para explayarse con su técnica de respiración circular. Graznidos y bucles minimalistas, unido a beats sincopados, situaron su actuación entre el latido muscular y un maelstrom. Otro excéntrico es Connan Mockasin. El neozelandés, con guitarra en forma de pera, pelo a lo Kevin Ayers y voz aniñada, parece un hippie. Su psicodelia pastoral recurre al krautrock y a un soul lisérgico que se convirtió en lo mejor.

El rescate de “Marquee Moon” (1977) por Television fue decepcionante. Tocar a pleno sol acabó por derretir a Tom Verlaine y los suyos. Las canciones de su clásico sonaron, no en el mismo orden, de modo raquítico. Suerte que el tema titular puso final feliz, sustituyendo reproducción mecánica por cierta pasión. En cambio, Antibalas triunfó en dos pases. Su afrobeat tiene una enorme pegada gracias, sobre todo, a la imponente sección de metal. Aunque tampoco están nada mal percusionistas y guitarristas. Y se agradeció el guiño a la salsa afro con “Che che colé”, sin hacer sombra a Héctor Lavoe. Ramon Súrio

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