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Primavera Sound, La firmeza de una actitud

Patti Smith, con su pátina de superviviente y de icono que trasciende en algo superior: aura de “autoritas”. Foto: Óscar García

 
 

FESTIVAL (2015)

Primavera Sound La firmeza de una actitud

Por Rockdelux

Aquí te recordamos lo mejor del Primavera Sound 2015. Leyendas legítimas, realidades sólidas, futuros plausibles y una fértil apertura a géneros colindantes con lo alternativo; así fue el festival, que se reafirmó en una fórmula abierta que mereció algo distinto a la displicencia perezosa. Si no existiera, este país sería mucho peor. Triunfaron, entre grandes candidatos: Patti Smith, Sleater-Kinney, Sleaford Mods, The Replacements... y muchos más. Aquí te lo explicamos.

Barcelona, Parc del Fòrum
27-30/5/2016

Algún vídeo promocional del festival puede ser contraproducente a base de mostrar solo el lado más tópico y parodiable, pero un año más el Primavera Sound demostró ser, ante todo, una cita básica para amantes de la música, no necesariamente miembros de una tribu cuya nomenclatura omitiré para no seguir extendiendo su ya flagrante, antipático uso (empieza por hache).

Además, este año, y pese a moverse sobre cifras parecidas al anterior (unas 191.000 personas en conjunto), parecía más sencillo el trasvase entre escenarios y aguantar todo un show sin pegar a alguien, quizá por una distribución todavía más horizontal del cartel. Hubo menos muertes por asfixia en The Strokes que en los menos esperados Julian Casablancas + The Voidz; asfixia existencial, se entiende. Eso sí, para próximas ediciones, podría observarse la posibilidad de eliminar esa gran estructura divisoria del público en los escenarios principales: resulta incómoda y trae recuerdos innecesarios de Rock In Rio.

Macroestructuras y (suponemos que necesario) bombardeo publicitario aparte, el del Primavera Sound es un caso insólito de acontecimiento cultural que consigue mantener la magnitud o el volumen de su propuesta sin excesivas servidumbres creativas. Al fin y al cabo, hablamos de un raro festival masivo (quizá el único del mundo) en el que cada nombre importa y aporta y donde los géneros o las generaciones coexisten y se emborronan.

¿Por dónde empezar? Aquí podías saltar del flamenco con vistas (al cosmos) de Rocío Márquez (ojalá más medios foráneos hubieran pasado por su concierto) a revivals con sustancia como los de Patti Smith, The Replacements y Ride; de la gloriosa pesadez de Earth y Sunn O))) a la engañosa ligereza de Baxter Dury; de la teatralidad de Antony (featuring la OBC) al blockbuster de ciencia ficción emo de Jon Hopkins (¡esos hula hoops luminosos!). Y arriba de todo, al menos para un servidor, la catarsis angulosa de Sleater-Kinney.

Mucho por disfrutar y poco, poco por parodiar. Para vivir este festival no hace falta ser hipster. Al final caí y lo dije. Juan Manuel Freire

 
  • Ride. Foto: Alfredo Arias

  • Unknown Mortal Orchestra. Foto: Óscar García

  • Death From Above. Foto: Óscar García

 

La madurez triunfa

Con el tiempo, RIDE han cogido peso; también en el sonido. Interpretaron su repertorio shoegazing (casi todo fue de antes del 94) con el fervor rockero de sus años finales y mejorada destreza. Con más elaboración instrumental y la obsesión Faces/Who de Andy Bell, se acercaron al rock reforzando el valor de unas canciones que lo soportan todo.  En cambio, al ruidismo melódico de los jóvenes CHEATAHS le faltó compacidad y contundencia: pese a sus buenas canciones, hicieron que echáramos de menos a Swervedriver, en activo y en plena forma.

A YOUNGHUSBAND también los retrataban en el revival shoegazing, aunque con un directo limpio de ruido demostraron su nexo de unión en una dulce psicodelia sesentera bien defendida en un escenario grande. THE KVB parecen haber pasado su corta vida sin ver el sol escuchando a Suicide y The Jesus & Mary Chain. La pareja llenó todo el volumen de bajos megalíticos, reverb y distorsión, percusión industrial y ecos de celebración gótica iluminada por melodías que recuerdan a The Mission o Echo & The Bunnymen. Un potente directo al que le faltaron los visuales y le sobró radiación solar.

La psicodelia de los neozelandeses UNKNOWN MORTAL ORCHESTRA atrajo a una sorprendente masa de gente entregada a su giro al funk: sonaban a algo entre Stevie Wonder en ácido y Beck, flirteando con el jazz-funk progresivo y cierta pesadez en la dinámica. THE NEW PORNOGRAPHERS vinieron con muchas bajas (sin Neko Case ni Dan Bejar y con otro batería), pero, aun así, apabullaron enganchando un hit tras otro de ese pop que se dispara al cielo. Las canciones mandan, como en SR. CHINARRO, con un repertorio impecable, una banda muy engrasada y un extraordinario estado de forma. Y es que, con la edad, a veces un músico también gana. Guillermo Z. del Águila


Subida al monte Olimpo

Jon Hopkins desplegó su directo, basado en la deconstrucción del contenido en portátil de su “Immunity” (2013), a través de varios Kaoss Pads. Momentos para una ceremonia colectiva mecida al son de beats inteligentes con los picos que se le suponen a un constructor de euforias. El rock experimental de Disappears se movió sobre el escenario en la peligrosa frontera entre el kraut repetitivo y estimulante y el ladrillazo serio. De repente, algunos riffs convertían el cemento en algo más digerible y se podía respirar la propuesta. Bajo lupa. Como CHILDHOOD, que en el fondo suenan como la actualización de los new romantics de los ochenta o, peor, igual que Coldplay en horas bajas. Directo correcto, sin punch. Sensación de un déjà vu de contenido musical. No es el problema de Fumaça Preta. Tienen mucho de propuesta que sobre el papel funciona, pero el cruce entre psicodelia, tropicalismo y garage se les va de las manos a base de tics teatrales y detalles intrascendentes.

Death From Above 1979 fueron pura energía retorcida y primaria. La música de los canadienses no puede ser sino la reencarnación del rock de riffs sudorosos y de alto octanaje. Público agotado al final del set. En las antípodas estuvieron MOVEMENT, que ofrecieron una propuesta estimulante, nocturna y sensual. Una experiencia de construcción colectiva anclada en el R&B, la electrónica experimental y el soul sedoso. Una experiencia purificadora desde el rigor y la solidez del discurso.

A Patti Smith, si de algo no se la puede acusar es de intrascendente. Todo es hueso en su repertorio. Lo que ocurre con los años es que su pátina de superviviente y de icono trasciende en algo superior. Patti Smith posee un aura de “autoritas” que provoca que cada palabra que diga o cada gesto que haga causen la sensación de estar ante un poeta simbolista, ante alguien que estuvo al otro lado y “sabe”. Tanto en el set eléctrico en el que desplegaba “Horses” (1975) como en la ceremonia acústica para masas del Auditori, más que una cantante, se mostraba como un monumento a un modo de entender el arte y el rock. Patti Smith está en el Olimpo en vida. Ramón Ayala

 
  • Mikal Cronin. Foto: Òscar Giralt

  • Pharmakon. Foto: Ismael Llopis

  • Run The Jewels. Foto: Òscar Giralt

 

Lo mejor de cada casa

Silenciar la explanada del escenario grande y llevar a una hipnotizada audiencia hacia los rincones más íntimos del corazón con una destartalada guitarra y una de las voces más hermosas que hayan pasado por las quince ediciones del Primavera Sound es algo que solo artistas como DAMIEN RICE pueden conseguir.

Por su parte, MIKAL CRONIN desplegó un set con las mejores canciones de sus tres discos. Y aunque las del último estén algo más edulcoradas, en directo el californiano no pierde la ocasión de soltarse su ahora corta melena y rematar piezas que parecen inofensivas con auténticos torbellinos rockeros.

John Dwyer, liderando THEE OH SEES, reforzó la artillería de su banda con dos baterías para ofrecer un concierto tan furioso como acelerado, dejando en el recuerdo esa vertiente psicodélica que tanto gusta. María Baigorri


El ruido y la furia

En cada directo, Margaret Chardiet, aka PHARMAKON, parece dejar parte de sí misma sobre las tablas. Media hora estricta de “pota” de vísceras y los espectadores sumisos a un circo sónico atroz: con pocos recursos, cortó el aire. RUN THE JEWELS fueron mucho más allá: rítmica y rima por encima de lo posible, disfrutable al cien por cien. Ni la lesión en el brazo de Killer Mike fue capaz de frenar una puesta en escena salida de madre: bajos descomunales, speeches kilométricos y, por supuesto, “Close Your Eyes” a máximo volumen. Inmensos.

La esperada actuación de EINSTÜRZENDE NEUBAUTEN no fue tal. La elocuencia de “Lament” (2014) quedó en agua de borrajas. Un setlist demasiado lento y pausado; mandó el silencio cuando no tocaba mientras la Copa del Rey se llevaba el protagonismo. DJ COCO cerró el festival, una vez más, con fuegos artificiales, “Rock The Casbah” y el clásico asalto de VIPs al escenario. Matías Bosch


Mutaciones post y noise

En THE THURSTON MOORE BAND la arquitectura sonora la diseña Moore con su guitarra, pero deja que sea James Sedwards quien se encargue de las partes solistas. Tras separarse de Kim Gordon, y con la disolución de Sonic Youth, Moore es el heredero natural del noise-Youth. Steve Shelley, auténtico metrónomo a la batería, y la bajista Debbie Googe (My Bloody Valentine) agudizaron aún más el potencial en directo del grupo.

Las versiones de ARTHUR RUSSELL'S INTRUMENTALS, con impecable banda dirigida por Peter Gordon y el añadido vocal de Tim Burgess (The Charlatans), nos devolvieron al Nueva York de los primeros ochenta con su mezcolanza de disco-funk y new wave minimalista. De la misma ciudad, y con otra mezcla poderosa de rock, noise, metal y funk mutante, más una lectura intimista de Gainsbourg y una versión libre de “Caravan”, llegaron MARC RIBOT'S CERAMIC DOG.

Se cuelan en esta crónica neoyorquina los barceloneses EXXASENS y su ración de post-rock progresivo, metal amurallado y toques de los primeros y mejores Killing Joke. A media tarde y exultantes. Quim Casas

 
  • Yasmine Hamdan. Foto: Ismael Llopis

  • Tyler The Creator. Foto: Miguel Triano

  • Joan Miquel Oliver. Foto: Ismael Llopis

 

Las voces cantantes

Arropada por una banda que disfrutaba escapándose hacia el rock, YASMINE HAMDAN se situó en el centro del escenario y orquestó una maniobra de seducción que empezó en desapego y se despidió entre sonrisas. No, Jim Jarmusch no estaba vendiendo un espejismo de hipnosis cuando la filmó en “Solo los amantes sobreviven” (2013). Por su parte, Jason Pierce prefirió ocupar un espacio lateral desde el que dirigir, impertérrito, el toxicosmos de SPIRITUALIZED. No hubo novedades, sino un ritual de lo habitual que, como demostró “Electric Mainline”, podría dilatarse gustosamente hasta el infinito.

Corriendo y saltando de un lado a otro del escenario Pitchfork. Así iba TYLER, THE CREATOR, tratando de crear un sentimiento de comunidad entre el respetable que siguió (acaso con más interés que pasión) su rap de bases duras.

Cuando no vierte su cante diamantino, Salif Keita apenas realiza algunos amagos de baile descuidado. No le hace falta más, porque la reactivación de LES AMBASSADEURS es una feliz estructura del movimiento, que invitó a danzar a la (demasiado poca) gente congregada a sus pies. Gerard Casau


Mac y los demás

Tras el susto de 2014, Kathleen Hanna se sobrepuso a su enfermedad y llegó al Primavera al frente de THE JULIE RUIN, divertida y energética síntesis de su evolución musical (Bikini Kill, Le Tigre) entre el punk, el hip hop y la nueva ola, con guiños a The B-52’s –ese look...–. Los barceloneses NELEONARD (cuatro chicos y dos chicas) van de Belle & Sebastian y La Buena Vida, y se emplean a fondo en directo: ahí estaban sus fans, y solo tienen dos singles. Lo que les falta es alma y personalidad; lo que les sobra, cursilería.

MAC DeMARCO es LA revelación, y en directo es el alma de la fiesta. Armado de su aún corto pero infalible repertorio –veraniego como pocos–, puso a bailar y a sonreír a todo el mundo, que le quiere tanto como para hacerlo surfear por encima de sus cabezas. A CARIBOU también solíamos adorarlo, pero ha descafeinado su música lo suficiente para convertir el Ray-Ban en una pista abarrotada en la clausura del festival, y ha perdido su esencia. Sí, dos baterías y mucha elegancia –parece Daft Punk o Air–, pero... Esteve Farrés


Digresión, ingenio y emociones en canal

Tras una década sin mostrarse por estos lares y con el ex-Powderfinger Ian Haug sustituyendo al guitarrista Marty Wilson-Piper, THE CHURCH no lograron embelesar. Ya se sabe que, además de gemas instantáneas como “Under The Milky Way” o “Reptile”, cultivan los largos desarrollos (en su álbum reciente, entre otros), pero esta vez el estiramiento psicodélico llevó al anticlímax. Elegancia sin emoción. Lo contrario que JOAN MIQUEL OLIVER, quien, solo con guitarra, teclado y batería, se sobrepuso a la solana y a la propia tendencia al murmullo para pintar con nota su mundo de flores de cactus, ecos de ambulancia y surfistas a cámara lenta.

STRAND OF OAKS, el proyecto de Timothy Showalter, americana de borbotones eléctricos y euforia catártica en ristre, agitó al personal vespertino. Lástima que su tributo a Jason Molina derivara en épica mal entendida. Mientras que BABES IN TOYLAND, por su parte, ofrecieron un show in crescendo (“He’s My Thing” lo hizo despegar). Sin que el paso del tiempo pareciera haberles restado aspereza, con Kat Bjelland berreando hasta disparar los ojos de las órbitas y Lori Barbero erigida a ratos en simpática maestra de ceremonias. Ramón Fernández Escobar

 
  • Tony Allen. Foto: Alfredo Arias

  • Mdou Moctar. Foto: Óscar García

  • The Replacements. Foto: Óscar García

 

Ritmos periféricos, semillas revisitadas

“La música debería investigar la condición humana”, decía HANS-JOACHIM ROEDELIUS en una conferencia el día antes de su actuación en el Auditori. Y, en efecto, su directo fue un laboratorio de improvisación orgánica: alternó entre máquinas de ruidos y piano, manteniendo un tono minimalista que, de tan exploratorio, no acabó de arrancar. Lo contrario que TONY ALLEN, otra de las leyendas de esta edición, quien en ese mismo espacio tenía a toda la gente de pie y bailando con su particular progresión del afrobeat, una vertiente en ocasiones más popificada (“Go Back”) y en otras sorprendentemente densa y oscura (“Ewa”). A sus 74 años incluso se permitió el lujo de marcarse un buen solo. Trance hipnótico que las “guitarras de Agadez” de la banda de MDOU MOCTAR, luciendo sus hábitos tuareg, lograron igualar: inmersión total en el blues del norte de África. Catatonia y reiteración aplasta-cerebros.

Son ELECTRIC WIZARD, sin embargo, los que se merecen el título de fumetas del festival. “Are you high?”, regurgitaba Jus Oborn entre temas. Festival de cabeceo, sacrificio de vírgenes, mucho humo y los eternos riffs doom de obras clásicas como “Dopethrone” (2000). Menos resultón fue el trío WHITE HILLS, cuya música se quedó a medio camino entre el space rock expansivo y la insistencia maquinal de unos Suicide a medio engrasar. Tampoco cuajó la psicodelia de Sean Lennon y su ejercicio de nostalgia de THE GHOST OF A SABER TOOTH TIGER: sólida interpretación y pintas soberbias, lastradas por una enervante ausencia de compenetración real y de melodías memorables.

VIET CONG es la arquetípica banda emergente que el Primavera caza en floreciente eclosión: consiguen pasar de lo feo a lo bello de una forma inteligente e inesperada, aunque se les va un poco de las manos la veneración a los Swans (esa “Death” alargada hasta el infinito). Otro nuevo valor, aunque bastante más convencional, son THE BOHICAS, corta ración de rock’n’roll que, tal como entra, sale. Similar sensación, aunque más palpitante y en el otro extremo del espectro musical, la de los engorrados barceloneses THE SUICIDE OF WESTERN CULTURE, una explosión pasajera pero intensa de electrónica progresiva, ruido y tecno.

Un público reducido pero acérrimo se postró ante el thrash metal progresivo (por decir algo) de los singulares VOIVOD. Interpretaron con absoluta precisión sus complejos temazos clásicos con un Denis Bélanger inspiradísimo al micro, emulando facialmente la tecnología futurista planteada por las letras (no faltó “Astronomy Domine”). Y por último, dos reuniones históricas: los AMERICAN FOOTBALL de Mike Kinsella nos enviaron a todos de regreso a la pubertad recuperando con mucha clase su disco homónimo, clímax estilístico de cierta rama del emo noventero, trompeta ominosa incluida. Un sentimentalismo guitarrero que solo unas bestias pardas como THE REPLACEMENTS podían superar, ya en otra liga, mucho más desbocada. El bolo, de esos que pasan a los anales del festival, fue una sucesión constante de hits –del punk-rock destartalado de los inicios a su reluciente power pop más tardío– que culminó con Paul Westerberg enviando a tomar por el culo el micrófono de una patada durante “I.O.U.”. Actitud, aspereza y emoción. Xavier Gaillard

 
  • Perfume Genius. Foto: Ismael Llopis

  • Shabazz Palaces. Foto: Miguel Triano

  • Belle & Sebastian. Foto: Alfredo Arias

 

De revelaciones y confirmaciones

A PERRO le tocó lidiar con la hora tonta, las 17:00. Aun así, se dejaron el pellejo sobre las tablas. Repasaron su primer LP y lo sobredimensionaron con Micebrina kraut. Van sobrados de carisma, pero cuando un concierto de cuarenta minutos se hace largo... Nada que ver con Sun Kil Moon. En una hora sublime, a Mark Kozelek le dio tiempo de enmendar viejas rencillas de su anterior paso por la ciudad, al mismo tiempo que ofrecía pruebas concluyentes de las (gloriosas) virtudes de “Benji” (2014). Por su parte, SimiaN Mobile Disco volvieron a dejar evidencias de una inquietante falta de originalidad. Su triángulo house-ambient-dubstep siempre tendía hacia la misma solución maximalista, recurso que, por insistente, devino en truco fácil y machacón.

Núria Graham se quitó la careta folk y lobotomizó su repertorio. Se presentó al frente de un formato de trío de rock arenoso, y esculpió un monumento de electricidad rocosa mientras su grito refinado dominaba la tormenta. Diamante en bruto. Poco después, Mercromina salieron a matar. Una década no es nada cuando se defiende con uñas y dientes un repertorio magistral, que sonó poderoso y fue ejecutado como un tsunami desgarrador en el que perderse por siempre. Gigantes a reivindicar. Como mejor fin de jornada posible, Marc PiñoL ofreció un set de house sutil y paradisíaco, tan fluido que resultaba imposible diferenciar los puntos de rotación. Puro magnetismo alcalino. Fue como viajar dentro de las venas del ritmo en clase bussiness.

Para la madrugada del sábado, Der Panther se presentaron desde su cubo mágico y desplegaron una ecuación turbadora entre el fragor selvático intravenoso y el alucine ambient. Fue lo más parecido a sudar gotas de éxtasis sobre una nube. Más que una sorpresa, una de las grandes confirmaciones del festival. Marcos Gendre


De orgullo patrio y músicos desubicados

A estas alturas, tanto LOS PUNSETES como NUEVA VULCANO son capaces de engarzar una ristra de incontestables hits generacionales (respetando la diferencia de edad y bagaje) con unos enérgicos directos que potencian aún más lo desarrollado en el estudio. Pop ruidoso –entre Penelope Trip y Los Nikis en el caso de los madrileños, más próximo a los Hüsker Dü melódicos en los barceloneses– mezclado convenientemente con dosis de mala leche y emoción costumbrista. Bravo por ellos.

¿Justificó PANDA BEAR las kilométricas colas generadas en el Auditori? Su psicodelia a medio camino entre electrónica y pop funciona muy bien en disco, mientras que la puesta en escena adolece de falta de punch. Un viaje con momentos bombásticos, otros más líquidos y algunos onírico-románticos (los mejores) que encandilaron a un respetable cautivo desde el primer minuto.

Otro que es mejor en disco que en directo es PERFUME GENIUS. Flaco favor hicieron a su pop afectado ubicándolo al aire libre y justo al inicio de la noche (y a lo que tampoco contribuyeron sus lúbricos y descontextualizados contoneos): totalmente falto de ritmo. En cambio, la gran sorpresa fue el dúo SHABAZZ PALACES y su hip hop abstracto preñado de dub, trap y sonidos africanos (marimba mediante), como unos Chic llegados del espacio exterior que se metieron rápidamente al público en el bolsillo. Fede Guerrero


Camaradería escocesa

Tan escondidos y protegidos que incluso J tuvo que recurrir a la organización para acceder al Hidden Stage, THE PASTELS ofrecieron una actuación acerca de la que todavía resulta difícil posicionarse sobre si se trató de un regalo para devotos o una gran pérdida para el grueso del festival. (Quizá ambas). Entre los privilegiados, unos BELLE & SEBASTIAN que, horas más tarde, no parecieron acusar las discrepancias generadas por su último trabajo. Ante un público cada año más intergeneracional, los de Glasgow tiraron de nuevo repertorio, clásicos y guiños para fans, como “Electronic Renaissance”, para recordar que los jueguecitos con aparatos no son nuevos en su carrera. Cesc Guimerà

 
  • Fucked Up. Foto: Alfredo Arias

  • Tori Amos. Foto: Óscar García

  • Earth. Foto: Alfredo Arias

 

El futuro ya está aquí

BATTLES optaron por un repertorio con mayoría de canciones aún inéditas que no desentonaron con las ya conocidas. En equilibrio perfecto entre lo complejo y lo bailable, resultaron amenos y dejaron al público con ganas de más. Los canadienses OUGHT mostraron sus mejores cartas al inicio de su actuación, lo que hizo que el interés por su post-punk fuese decayendo poco a poco para, al final, dejar la sensación de que el escenario les había quedado grande.

La banda de ARIEL PINK todavía estaba probando sonido cuando llegó la hora de empezar, lo que hizo que durante las tres primeras canciones el caos reinara dentro y fuera del escenario. Aun subsanando los problemas, no pudieron evitar que mucho de lo bueno de sus grabaciones se diluyera en el directo y terminaran convenciendo solo a medias. Todo lo contrario a PALLBEARER, que salieron a darlo todo desde el primero de sus grandiosos acordes. Con máxima contundencia y querencia hacia lo progresivo, demostraron que, hoy por hoy, son uno de los grandes nombres de la renovación del metal. Y si hay un nombre a tener en cuenta en la escena del rock electrónico (o electrónica rock, según se mire) es el del dúo RATATAT, que arrasó con su impresionante juego de visuales y un repertorio que asentó la idea de que pueden ser el próximo gran grupo.

Se esperaba que Damian Abraham, cantante de FUCKED UP, hiciera de las suyas, pero esta vez se limitó a bajar y cantar con el público de primera fila, recomendar clubes de cannabis de la ciudad y alabar a Eskorbuto. Después de la poderosa descarga sónica del grupo, él se mezcló entre la gente hasta desaparecer. SHELLAC actuaban por décima vez en el festival, pero no por ser ya costumbre dejaron de resultar solventes y musculosos en un (otro) gran concierto. JuanP Holguera


Montaña rusa

Deambular por el Primavera Sound se asemeja a menudo a montarse en una montaña rusa. Sensaciones contrapuestas y vértigo ante la diversidad de las propuestas. Se puede empezar la jornada mecido por la luminosa e inofensiva cadencia soukous-reggae de unos SIERRA LEONE'S REFUGEE ALL STARS inexplicablemente encerrados en un garaje oscuro, y terminar absorto ante el impenetrable muro rítmico levantado por un RICHIE HAWTIN más previsible y plano de lo habitual, sin su acostumbrado toque Midas que convierte en magia la simple trepidación.

Si el geniecillo del techno se encargó de clausurar la noche del jueves, el viernes amaneció con una de las más rutilantes estrellas del festival: ROCÍO MÁRQUEZ no solo revalidó los hallazgos del “Omega” (1996) de Morente, sino que abrió las puertas a una creatividad desbordada. Respaldada por compañeros de viaje del calibre de Raül Fernandez “Refree”, Pepe Habichuela y el inconmensurable Niño de Elche, la cálida, prístina y vibrante voz de Rocío brilló en su emocionante homenaje a Pepe Marchena. Intensa, inmensa. La cosa acabó en catarsis final. Como dice la canción, nada será como antes.

Tras una intro más electrónica, CHET FAKER se mostró como el crooner que es, como un James Blake que sustituyera el góspel por el blues, alcanzando su clímax con un soberbio “No Diggity”. Por su parte, THE JUAN MACLEAN, con las lecciones bien aprendidas de The Human League y New Order, ofreció su cabaret a base de synthpop de supermercado, cosmic disco y pre-house a lo Prelude. Puro (y gozoso) hedonismo. Luis Lles


Hipnosis colectiva

TORI AMOS, después de veintitrés años de carrera sin pisar España, ofreció un concierto que fue un caramelo: pasó de puntillas por encima de su último disco para ofrecer un enérgico e hipnótico best of. Pese a su fama de etérea, Amos atacó el piano con un salvajismo que hizo subir la temperatura. Se despidió con “Cornflake Girl”, recibida con honores de himno generacional.

También hipnótica fue la actuación de EARTH, pioneros de Seattle del drone metal: la estampa de un cadavérico Dylan Carlson regodeándose en cada arpegio, construyendo crescendos fúnebres, fue puro Black Sabbath de camposanto. Curiosamente, otro power trio norteamericano, EARTHLESS, revivió de manera igualmente magistral el espíritu más dinámico de Iommi y cía, el de los riffs turbulentos ahogados en wah-wah y el de los tambores selváticos. ¡Ozzfest a medianoche! Ricard Martín

 
  • Benjamin Booker. Foto: Alfredo Arias

  • alt-j. Foto: Laia Buira

  • Roman Flügel. Foto: Laia Buira

 

¿Silban eso?

Decepción para quienes esperaban disfrutar de las excelencias acústicas a lo T Bone Burnett de los álbumes de HISS GOLDEN MESSENGER, que se decantaron por un repertorio eléctrico de gran banda norteamericana de rock aprendido años ha, cuando MC Taylor y Scott Hirsch estaban al frente de The Court & Spark. Lo que se perdió en sutileza se ganó en energía (aunque algo plana). Similar pero previsible fue el caso de TWERPS. Después de aquellos comienzos con chispa Feelies que les granjeó su pequeña cuota de culto, el incremento vocal femenino en “Range Anxiety” (2015) ha escorado su sonido australiano al territorio de unos The Go-Betweens menos inspirados. Por eso, por su músculo, funcionaron mejor las piezas cantadas por Marty Frawley que las de Julia McFarlane. En cambio, KEVIN MORBY, más que reconvertir el sonido de su excelente “Still Life” (2014), se limitó a sumar con inteligencia. A la gama de americana y songwriter, el exmiembro de Woods apuesta por inyectar pequeñas dosis de intensidad blues con muy buena acogida.

El apartado de reproches queda limitado al escenario Pitchfork. Con uno de los álbumes más delicados de la década bajo el ala, a TOBIAS JESSO JR. apenas se le pudo escuchar dada la algarabía de los escenarios lindantes. Solo al piano o con su guitarra, poco pudo hacer salvo tomárselo con buen –y ácido– humor. No mucho mejor le fueron las cosas a TORRES –también con disco imprescindible–, pero al menos ella consiguió darle más volumen al micro y acritud a la guitarra para hacer valer sus emociones.

Quien sí triunfó fue BENJAMIN BOOKER con su rock’n’roll moderno lascivo disfrazado de blues. Le ayuda su voz de color rasposa y su ritmo matemático –a veces es como Chuck Berry producido por TV On The Radio– para arrastrar al público. En cambio, al pop-rock de EX HEX, supuesta costilla de Sleater-Kinney, le faltó nervio (sonaban más a The Go-Go’s que a The Runaways) para justificar la actitud de rock-con-agallas que teatralizaban sobre la tarima; pasión de la que sí andaban sobrados unos THE HOTELIER cuyas maneras tórridas en el primer álbum no se han podido superar discográficamente en el nuevo “Home, Like No Place Is There” (2014). Justo al revés que HOOKWORMS, con un directo que fue puro atropello sonoro monolítico en plena madrugada suprimiendo los distintos matices insinuados en “The Hum” (2014).

También DAN DEACON, ya en clave electrónica, se sumó al piñón fijo del ritmo grueso –eso sí, con un percusionista infatigable– en detrimento de esos tintineos robóticos con que encandiló en “America” (2012), ahora relegados a un segundo plano. Y FOXYGEN prepararon un set festivalero para deslumbrar visualmente, divertido y estrafalario, aunque bastante monotemático, en clave psicodélica entre MGMT y The Go! Team.

Pendientes de publicar un sucesor digno de “Oshin” (2012), DIIV dejaron entrever que los tiros seguirán en la misma dirección: arpegios disparados vertiginosamente y apoyados por la percusión en la línea del Deerhunter más exultante. Como contraste, ALT-J (primera actuación en Barcelona, gran expectación) mostraron su ingenioso andamio de pop construido sobre los retales electrónicos y acústicos de Radiohead que U2 hubiesen copiado para “Zooropa” (1993). Un triunfo de masas. Sin embargo, yo me quedo con la fórmula modesta que, unas horas antes y sobre el mismo escenario, había ofrecido la pareja SYLVAN ESSO. Ella, una voz procedente del folk puro de Mountain Man; él, miembro de Megafaun. ¿El engendro? Pop electrónico con melodías deslumbrantes apoyadas por una contagiosa expresividad femenina que confirman su álbum como uno de los “tapados” de 2014. David S. Mordoh


Cuestión de contexto

La programación eminentemente electrónica del Primavera sigue siendo exigua, aunque haya crecido considerablemente desde el año pasado gracias a la carpa Bowers & Wilkins. Eso sí, la cuidan: nombres como ROMAN FLÜGEL, ANDREW WEATHERALL y DIXON, tres primeras espadas de las cabinas con respetables trayectorias a sus espaldas, así lo certifican.

Otra cosa bien distinta es que después ellos den lo mejor de sí mismos cuando llega su turno. Cuestión de contexto, probablemente. También de cierta actitud conservadora, viéndose ante un público mucho más numeroso del que suele acudir a un club y de preferencias algo distintas. Se podría pensar: perfecto, pues; el momento ideal para los quiebros inesperados y esos tracks extravagantes que se quedarían fuera de un set en el Berghain de Berlín o el Fabric de Londres.

Pues no: los tres estuvieron finos, elegantes y correctísimos, faltaría más, pero sin arriesgar un céntimo de su reputación ni aportar ese gramo de locura que hace que un set se quede grabado en los tímpanos y se eleve varios niveles por encima de la media (como sí hicieron Raime pinchando dub, UK garage y jungle, o John Talabot mezclando disco de los 70s con perlas de lo que llevamos de siglo). Carles Novellas

 
  • José González. Foto: Alfredo Arias

  • Kelela. Foto: Miguel Triano

  • Giant Sand. Foto: Óscar García

 

Secundarios del mundo, uníos

Los quince años del Primavera confirman que sus bases dan tantas alegrías como los titulares; y fue una declaración arrancar con LAS RUINAS. Tras dos años en Primavera Club y Primavera als Bars, pisotearon a gran volumen el escenario de gala: su punk alcohólico y melódico nunca sonó más furioso. A quienes les pudo la maldita técnica fue a PANAMÁ; su cóctel pop, aguado por una mala pasada entre cables, no pudo remontar esos silencios.

CHRISTINA ROSENVINGE no da pasos en falso: ni ella, a guitarra y al trono de su Nord, ni la banda que la rodeó para presentar su nuevo disco entre oscura intensidad y retazos pop. La madurez es cruel, y sienta bien a unos revelando la urdimbre de otros: así fue con ALBERT HAMMOND JR., que, aun liderando la primera aglomeración con su pose de rockstar doméstica y un par de hits bien tramados, tiene poca tela que cortar.

Un año más la delicadeza se citó en horarios para no trasnochadores en el Auditori Rockdelux: en la liga mayor de la expectación, allí viajó JOSÉ GONZÁLEZ y su proyecto comunitario. Entre trotes y voces, el claroscuro recortó cinco figuras que celebraron lo cotidiano ante una hoguera que calienta sin quemar, en el (no tan) salvaje Oeste folk. En otro planeta, el del último reducto guitarrero del viernes, estuvieron THE SOFT MOON: con el festival tomado a esas horas por la electrónica, ellos la pervirtieron emborrachándola de motorik.

La grandilocuencia fue para los escenarios gemelos: mientras unos reservaban primeras filas para THE STROKES, enfrente INTERPOL defendían “El Pintor” (2014) a baja intensidad. Las proyecciones prometían más profundidad que la que dio Paul Banks, quien buscó cómplices con su castellano de suavidad mexicana. La factura está fuera de duda, pero el directo tuvo mucho post y poco punk.

Aun así, las comparaciones los beneficiaron a pesar de tocar antes de los de Julian Casablancas, y es que la patentada indolencia del líder de The Strokes fue demasiado lejos: desconectado, el cantante naufragó entre las ganas de la marabunta. Con retraso en un programa marcial, el concierto solo repuntó con un triple combo de hits que no logró virar la sensación de que este regreso tiene solo un objetivo. Y no parece la música.

La honestidad que les faltó se la bebieron MUJERES: con el extra de sudor de defender su gamberrismo en el pozo cerrado del Hidden Stage, siempre es un gozo aullarles. Tampoco HEALTH escatimaron entrega; desde el Primavera Club en 2009 han perfeccionado una fórmula cada vez más limpia en su suciedad. Son ponzoña de vocales agudas y bombo, esquirlas que siguen clavándose en la programación testaruda. Marta Pallarès


Sola y acompañado

KELELA no acaba de creerse que puede ser una estrella. Se siente suficientemente segura para enfrentarse ella sola al escenario con su R&B sofisticado; pero aún abusa de un contraluz que nunca debería usar ninguna aspirante a diva.

Por muchas veces que los hayas visto, GIANT SAND siempre son iguales y siempre son distintos. Howe Gelb, cada día más señor, se arropó esta vez con media docena de músicos –entre ellos, sus colegas de Tucson Brian Lopez y Gabriel Sullivan, la pedal steel danesa Maggie Björklund y el cordobés Fernando Vacas– para levantar una polvareda de rock enraizado que seduce sin atajos: ni distorsión ni estribillos obvios ni trucos baratos. Clásicos modernos. Joan Pons


A las decepciones... emo

Incandescencia solar y OCELLOT. Las 17:30 no es buena hora para actuar, menos en un macrofestival; peor aún si divagas por pantanales sonoros de pop-folk lisérgico. Premio para ellos.

Reunificados el pasado 2014, MINERAL descifraron con una intensidad tan serena como abrumadora sus dos únicos LPs; referencias que han hecho de ellos un blasón del emo. Más furiosos y desbocados se evidenciaron sus discípulos BRAND NEW. Hace seis años que no editan material nuevo. Poco importa cuando en la recámara guardas instantes del calado extático de “Jesus”, “Okay I Believe You But My Tommy Gun Don’t” y “Sic Transit Gloria... Glory Fades”.

En su ascenso, THE BLACK KEYS han devenido, tristemente, un frío reproductor mp3 de su antes efervescente blues-rock pantanoso. Físicamente, aparecieron por el Fòrum; mentalmente, Dan Auerbach estaba en Groenlandia y su otrora compinche, ahora un tipo con el que ni se habla, Patrick Carney, en la Antártida. La gran decepción del festival.

También hubiera sido un chasco lo de JULIAN CASABLANCAS + THE VOIDZ si no fuera porque, de partida, ya se esperaba más bien poco del concierto del proyecto paralelo del vocalista de The Strokes (de sus pelos tintados ya hablaremos en otro momento). Intrascendente como ese “Tyranny” que publicó en 2014. Oriol Rodríguez

 
  • Sleater-Kinney. Foto: Òscar Giralt

  • Swans. Foto: Óscar García

  • Sleaford Mods. Foto: Alfredo Arias

 

Como una ola

El retorno de CINERAMA después de doce años es motivo de júbilo para los amantes del pop elegante y cristalino. La otra banda del líder de The Wedding Present presentaba nuevo disco con orquestina (y con el guitarrista de Penelope Trip, Pedro Vigil). El repertorio, excelente. Lástima de la actitud poco contagiosa de David Gedge, que leía las letras de las canciones en un iPad atado al pie del micro.

Tras una breve intro con “Dazzle Ships”, OMD atacaron “Enola Gay” para regocijo y descanso nuestro y suyo. Estuvieron solventes: Andy McCluskey conserva (bastante) la voz y la energía. Y muchos descubrieron que el dúo inglés tiene más hits de lo que recordaban. Visto con cariño, fue un concierto emotivo. Objetivamente, mejor me callo. Terminaron con un tema que “suena en el metro de Barcelona”, dijeron: “Electricity”.

El tamaño no importa. La OBC al completo (en total, cuarenta músicos sobre el escenario) no supo dar lustre a un concierto de ANTONY AND THE JOHNSONS que quería ser colosal. Pocos ensayos y cierta timidez hicieron que apuntalaran escasamente la excepcional voz de barítono del inglés. Así, por ejemplo, “Blind”, de Hercules & Love Affair, sonó tenue. Tampoco la imagen (un filme de danza butoh de Kazuo Ono) acompañó: iba por libre. Otra vez será.

Lo de Stephen O’Malley, Greg Anderson y compañía no son conciertos, sino ceremonias de culto al exceso, a la ebriedad, al veneno (botella de vino en alto, guitarras emanando una cascada de ruido, invocaciones maléficas). Tenebrosos, comatosos, SUNN O))) ganaron con la realización de vídeo, que mostraba los focos rojos como destellos de sangre. Estremecedor todo.

A JAMES BLAKE no hay que perdérselo nunca en vivo. Canta como un ángel (caído) y dosifica perfectamente el uso de crescendos, decrescendos, silencios... Tiene mérito que tras la andanada de Sunn O))) aún suene solemne, trágico, tenso. Incluso en un escenario gigante como el Heineken resulta cercano, íntimo.

Pese a su corto recorrido, JUNGLE ha conseguido ensamblar una banda perfecta: músicos y cantantes entregados, con look potente, bien sincronizados. Fue un gozo escuchar hits como “Time” o “The Heat” tocados con groove y enjundia, sedosos, con un latido orgánico. Funk de siempre con aire renovado.

El brasileño GUI BORATTO llegó algo tarde al techno sintético de sellos como Kompakt y Border Community, pero, desaparecido Sideral, se ha consolidado como uno de los nombres más importantes de la escena poptrónica. Beats de tempo medio cortados con bisturí, cajas secas y simples (y preciosas) cenefas melódicas pasadas por filtros. Un cóctel rutilante y exultante.

MIQUEL SERRA y su banda (con exmiembros de Oliva Trencada) vestían camisas floreadas y empezaron con aires tropicales, a lo El Guincho, pero pronto pasaron a una psicodelia espesa. Un volumen atronador y una sopa indigesta de ruido que ocultaba la voz del cantante, que hasta utilizó la estructura metálica del escenario como elemento percusivo. Dave Fridmann haría maravillas con ellos.

Las riot grrrls de Olympia (Washington) mantienen intactas la energía y la compenetración. Definidas, potentes, directas, enlazando sin pausa temas clásicos y del reciente “No Cities To Love” (2015), SLEATER-KINNEY superaron todas las expectativas. No les faltaron palabras de aplauso para Patti Smith.

No por esperados, los conciertos de SWANS son menos demoledores. Son como esa ola-montaña del filme “Interstellar”: la ves venir de lejos, pero nada te prepara para cuando llega. El boss Michael Gira dirige con mano de hierro a una banda compacta (instrumentos y altavoces arrejuntados en el centro del escenario, en plan defensa numantina) que se vacía completamente en la música. Y, con ellos, el público.

Con solo un PC casposo, un micrófono y toneladas de actitud, SLEAFORD MODS se metieron al público en el bolsillo. Andrew Feam se limitó a darle al play a cañeras bases entre oi! y grime (y a beber cerveza y hacer fotos), y Jason Williamson, a vomitar su imparable verborrea. Se marcharon y volvieron para un bis: “Where are you fucking going?”, increpó Williamson. ¡A ningún sitio, a ningún sitio, aquí nos quedamos!

El ritmo es la médula espinal de TUNE-YARDS. Hacen percusión la baterista, la misma Merril Garbus y hasta las coristas, que golpean entre sí baquetas como si ejecutasen un ball de bastons. Por no hablar de un bajista estilo Primus. Polirritmia y polifonía africana pasada por un túrmix esquizoide. Personalísimo... y agotador.

Como dice el PP, a veces es mejor no revolver el pasado. UNDERWORLD estaban en la cima, allá con su “dubnobasswithmyheadman” (1994). Escucharlo hoy en directo, con las codas de “Rez” y “Born Slippy”, ha hecho caer el mito. Los temas más ciberdélicos se bailaron con gozo, pero las baladas no se sostenían. Tampoco acompañó la realización de vídeo, centrada en Karl Hyde como si el dúo fuera un crooner con pianista al  fondo.

Vestían todos traje negro y tocaban con mucha, mucha rabia. Es decir, Refused + The Hives = SINGLE MOTHERS. Rabia acelerada, guitarras cortantes. Pero algo falla: se diría que protagonizan un anuncio de una marca de moda. Andrew Thomson hace stagediving y al volver falla el sonido. El guitarrista lanza su instrumento al suelo y el bajista le imita. Los músicos abandonan el escenario, haciéndose los ofendidos. Y los que ofenden son ellos, con su actitud de niños mimados.

De MIKE SIMONETTI, exfundador de los sellos Troubleman e Italians Do It Better y artífice de las fiestas Contort Yourself, cabía esperar mucho. Y lo que ofreció no fue tanto. Fue un set arregladito que exploró distintas etapas del house. No sorprendió (casi diría que fue anodino), pero mantuvo un chup-chup garboso adecuado para bailar. Llorenç Roviras


Carisma intergeneracional

Como Michael Caine en “Alfie” (Lewis Gilbert, 1966), canalla, simpático, errático, Baxter Dury estrenó el escenario Primavera presentando “It’s A Pleasure” (2014), título idóneo para su synthpop hedonísticamente melancólico, siempre lamentando males de amor ganados, seguro, a pulso. Desaliñadamente elegante, junto a una palmera hinchable y pegando sorbitos de licor, lamentó “sónicos problemos”, pero exhibió carisma.

En el párking que aloja el Heineken Hidden Stage, los escoceses THE Vaselines desplegaron el humor verde y soez con el que lubrican el solvente pop enérgico de sus últimos lanzamientos y los clásicos de su primera etapa de existencia a finales de los ochenta.

El joven cuarteto catalán Mourn lució tablas en el escenario Pitchfork –tocando más tarde que la mayoría de grupos estatales–, tan urgentes como naturales, tan efectivos como despreocupados. Marta Salicrú

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