En una película de dibujos animados, Randy Newman sería una tortuga, cansada de dar siempre los mismos consejos pero reconfortada al saber que los otros animales siempre le escuchan con atención. Salió con una extraña prisa, esterilizó el aura de veneración de un zarpazo (“It’s Money That I Love”) y taquigrafió “Mama Told Me Not To Come” con la celeridad del que ya no busca nada más en unas composiciones mil veces tocadas.
Viéndole teclear el piano con técnica poco refinada, oyéndole estirar su garganta de tortuga en pos de notas ya inalcanzables, uno no sabía si estaba ante un anciano pianista de burdel de Nueva Orleans o ante un joven practicante de conservatorio. Pero era Randy Newman, porque ni una de las treinta y cuatro canciones que cantó rebajó el excelso nivel de uno de los songbooks más ingeniosos del siglo XX y porque cada vez que se dirigía al público era para regalar uno de sus aún más ácidos parlamentos.
El limitado intérprete siempre fue a remolque del compositor excelso (dicho de otro modo; no fue ni remotamente comparable al Leonard Cohen de 2009), pero dejó momentos imborrables que trascendieron, por fin, la presupuesta grandeza de su cancionero. Por ejemplo, ”I’m Dead (But I Don’t Know It)” con coros Familia Munster del público (“he’s dead!, he’s dead!”), ese relajado final con “Feels Like Home” y ese bis ya fuera de tiempo con “Sail Away”. Y, sin duda, aquel “I Miss You”. Ahí, se le perdió la mirada en el fondo del piano y los dedos caminaron solos por las teclas mientras él, ausente, repetía: miss you, miss you... Cuando acabó tuvo que rascarse dos veces la cabeza. Y beber agua. Tuvo que volver al teatro.
A la salida del evento, un resabiado espectador soltó “era el cromo que faltaba”. Se refería a ese absurdo deporte que consiste en ver a todos los iconos de la música antes de que palmen. ¿Demasiado cinismo después de degustar en vivo tan soberbio repertorio? Quizás, pero Randy Newman nos ha enseñado a ser así. Él diría lo mismo si se viese desde la platea. ![]()























