Vestida de negro, melena rubia y sonrisa inabarcable de gato de Cheshire, Rickie Lee Jones defendió su ejercicio de nostalgia: recuperar el imprescindible “Rickie Lee Jones” (1979) y su continuación, el a menudo infravalorado “Pirates” (1981), síntesis ambos de su fogosa relación con Tom Waits y de su abrupto final. Treinta años después, las canciones se alternan con sorprendente naturalidad.
Llegó con siete instrumentistas, seis de ellos dispuestos a hacer coros, con todo lo necesario para recrear la producción original de los discos: potente base rítmica (impagable Reggie McBride, el bajista), sección de vientos, un teclista versátil (piano, sintetizador, órgano…) y el elegante guitarrista Jeff Pevar. Tras casi media hora de espera en penumbra por despiste del utillero (toallas, botellines, setlists…), la cantante de Chicago se desperezó con un estándar más que adecuado, “Autumn Leaves”, para sumergirse en el reto: en “Easy Money” aparecieron los vientos con aires de Nueva Orleans, y en “Danny’s All-Star Joint” y “Young Blood”, del rhythm’n’blues al pop-soul de los setenta, Rickie Lee bailó, jaleó a los músicos y se alejó del micro para dejar constancia de su poderosa voz.
Y a renglón seguido, la cantante se sentó al piano (en el último tramo empuñó las acústicas Taylor) y nos llevó por “Coolsville”, nos detuvimos en “The Last Chance Texaco”, cogimos el “Night Train”, volamos con “The Albatross”, nos paseamos con “Weasel And The White Boys Cool” y con “Woody And Dutch On The Slow Train To Peking”, nos cruzamos con los “Pirates” y con “A Lucky Guy” (aka Tom Waits), caminamos en buena “Company” (con el pianista recibiendo instrucciones en cada compás) y disfrutamos de las miniaturas “The Returns” y “After Hours”.
Hubo muchas más canciones, casi veinte, en 110 minutos (sin bises) donde la cantante, sobrada de carisma, voz y buenas canciones, brilló en su ejercicio de nostalgia –que no de melancolía–, puso sus zapatos sobre el piano y, ya descalza, demostró quién manda aquí. ![]()























