Parece que fue ayer, pero ya hace seis años que una guapa chica de Barbados irrumpió como un ciclón en las listas de éxitos. Poco queda de aquellos inicios musicalmente tórridos. Con el paso de los años, aquel estilo, mezcla de reggae-dancehall y R&B, ha mutado en electro-dance de radiofórmula que, sin pertenecer a la peor especie, solo entusiasma a un público, numerosísimo, eso sí, integrado básicamente por teenagers.
Y con este momento musical de Rihanna nos topamos en el Palau Sant Jordi, en concreto con la gira europea de su penúltimo disco, “Loud” (2010).
Muchos han acusado a la caribeña de no cantar ni bailar bien, afirmando que su éxito es puro laboratorio. Rihanna está por debajo de la magnitud vocal de Mary J. Blige y no tiene los movimientos de caderas de Beyoncé, pero se desenvuelve con facilidad en el escenario, y su voz, quizás insuficiente pero delicada, alcanza solvencia en medios tiempos como “Hate That I Love You” o “Love The Way You Lie (Part II)”, uno de los momentos álgidos de la noche.

























