Pese al evidente oportunismo de un regreso de Smashing Pumpkins en el que ya solo queda él de la formación inicial, a Billy Corgan le podría valer como descargo su alergia a la concesión fácil. Lo sencillo habría sido un repertorio de grandes éxitos, hacer un concierto tocando el “Siamese Dream” (1993) entero o algo así. Y, sin embargo, prefirió entrar ya a saco con dos temas inéditos: los metaleros y farragosos “Quasar” y “Panopticon”, que formarán parte de su próximo álbum, “Oceania”, a publicar en 2012. Durante el grueso del show alternó algún otro número nuevo (el también titulado “Oceania”, de tono más gótico, la balada tibia “Pale Horse” o la épica pop de “Lightning Strikes”, único rescate de su álbum digital por entregas del pasado año, “Teargarden By Kaleidyscope”) con canciones poco evidentes de sus tres primeros álbumes (o incluso dos de las que aparecieron en su recopilatorio de rarezas de 1994, “Pisces Iscariot”: “Starla” y “Frail And Bedazzled”).
Su nueva banda, con el jovencísimo Mike Byrne a la batería, Jeff Schroeder a la guitarra y Nicole Fiorentino al bajo –siempre me ha quedado la intriga de saber cómo hará Corgan sus castings de bajistas–, cumplió con solvencia su función, aunque no consiguió hacer olvidar a D’Arcy Wretzky, James Iha y Jimmy Chamberlin en las recreaciones de “Geek USA”, “Muzzle”, “Window Paine”, “Soma” o “Siva”. Fuese un modo de poner a prueba a sus fans más fieles o simplemente de satisfacer su capricho personal, lo cierto es que el desafío del gran calvo de Chicago a las expectativas solo debió contentar a su ego. Pasó más de hora y media hasta que la banda descargó su primer hit de agitación masiva, “Cherub Rock”, con el que abandonó el escenario para volver una sola vez, emocionando y provocando el efecto fideuá con “Tonight, Tonight”. Y ahí se acabó todo.
Debido a una intoxicación alimentaria de Corgan, el concierto fue más corto que los que está haciendo el grupo en el resto de la gira, incluido el de Barcelona la noche anterior, donde sí cayó un segundo bis, aquí escatimado, con “I Am One”, “Zero” y “Bullet With Butterfly Wings”. A la salida, la multitud se perdía con caras largas entre la tupida niebla que cubría Madrid. Por cuarenta euros que valía la entrada, quizás habría costado menos trabajo contentar al público y concederle lo que pedía. No hay descargo ante tal exceso de autocomplacencia si lo único que consigues es aburrir y frustrar. ![]()


























