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Sónar, Buenos tiempos para la épica

“Despacio”: el espacio perfecto. Foto: Juan Sala

 
 

FESTIVAL (2014)

Sónar Buenos tiempos para la épica

El Sónar 2014 fue la del éxito incontestable del sound system de James Murphy & 2manydjs instalado en la carpa “Despacio”, pero también fue la edición por la que pasaron, y triunfaron, Jesssy Lanza, Laurel Halo, DJ Nigga Fox, Richie Hawtin... Como siempre, hubo muchos nombres a retener y otros a olvidar... Luis Lles y Llorenç Roviras, incansables reporteros, los censaron y calificaron para Rockdelux en esta crónica del festival que puedes leer aquí.

Barcelona y L'Hospitalet de Llobregat, Fira Montjuïc y Fira Gran Via
12-14/6/2014

Sónar ha traspasado el umbral de sus veinte primeros años haciendo bueno el estribillo de Golpes Bajos: malos tiempos para la lírica. Y buenos tiempos para la épica, aunque también para la ironía y el humor. Frente a ocasionales muestras de sutileza y pinceladas finas, han abundado las cabalgadas rítmicas, los clímax catárticos, las atmósferas oscuras y las sonoridades apocalípticas. ¿El signo de los tiempos?

En todo caso, Sónar sigue siendo un festival poliédrico, que apuesta por un crecimiento inclusivo, en el que tienen cabida los geeks y los poligoneros, los hackers y los club kids, los nerds de la electrónica y los fiesteros. Toda esta mezcolanza se sublima en el espíritu verbenero del Sónar de Noche, que, aunque ha perdido importancia ante la renovada pujanza del Sónar de Día tras su traslado al más apropiado espacio de la Fira de Montjuïc, mantiene todo su encanto interclasista. Muchos se preguntarán: pero ¿cuál ha sido la tendencia predominante este año? Fácil. Todas. Lo frío y lo caliente, lo complejo y lo básico, lo serio y lo humorístico, lo crudo y lo cocido. Luis Lles

 
  • Daito Manabe. Foto: Juan Sala

  • Ben Frost. Foto: Juan Sala

  • Plastikman. Foto: Óscar García

 

Jueves Día. Calentando motores

Aterrizar el primer día del Sónar en la Fira y escuchar el “Qualsevol nit pot sortir el sol” de Sisa es reconfortante. Fue en el ecléctico set de DISCOS PARADISO CREW, al que siguió el último hype de la temporada, la sueca , que dio más de lo mismo. O sea, pop de laboratorio que se desinfla en el directo. La gallega BFLECHA lo hizo mejor, con su bass pop de frecuencias plácidas. Muy poderoso fue el directo de MACHINEDRUM, proyecto que resume su filosofía en su nombre: máquina y batería. Una acertada reformulación del drum’n’bass. Tras ellos, DANIEL MILLER, capo de Mute, repartió estopa como si estuviera en una discoteca de extrarradio.

El SonarDôme, hogar de la Red Bull Music Academy, fue una caja de sorpresas: el house & bass con gotas de Sakamoto del japonés EMUFUCKA, el electropop mignon de DE LA MONTAGNE, el garage renovado de ELIJAH & SKILLIAM o las magmáticas atmósferas de KORELESS. Aunque lo mejor llegó de la mano de las magnéticas salmodias afroelectrónicas de DÉBRUIT & ALSARAH (un músico francés y una cantante sudanesa) y de la glacial EBM de unos CHRIS & COSEY al pie del cañón.

Por su parte, en el SonarHall BALAGO regresaron a las verdes praderas del ambient techno más ensoñador, CHRIS MADAK se deslizó por la vertiente más spacey y las japonesas NISENNENMONDAI se acercaron al sonido estroboscópico a través de una música relampagueante. Más que neoclásica, lo de NILS FRAHM es pura new age; una suerte de híbrido entre Wim Mertens y Nacho Cano (ora toca un piano, ora el otro, ora ambos a la vez) que lleva al pianismo los clímax y los anticlímax del techno; a veces épico, a veces plúmbeo. Y TRENTEMØLLER ha conseguido finalmente pasarse a las filas del stadium techno (o al rock sinfónico disfrazado), con coristas y bailarinas incluidas.

El SonarComplex en su primera jornada no estuvo muy acertado. Ni el apocalipsis a medio gas de ORDRE ETERN, ni el efectista ballet mecánico del japonés DAITO MANABE ni el directo de un muy esperado BEN FROST que, acompañado por dos baterías, rozó en todo momento las atmósferas reiterativas de un rock neoprog bastante obsoleto pudieron levantar el vuelo. Así las cosas, en ese escenario lo mejor vino del dúo DESERT, que ofreció melodías de bonito pop onírico a caballo entre el dream pop y el future listening de Gentle People.

Y el final de la jornada no pudo ser mejor, PLASTIKMAN recauchutaba su show del Guggenheim neoyorquino para presentar su nuevo disco, “EX” (2014), un océano de sutileza electrónica, compuesto por leves susurros ácidos, pálpitos y murmullos, que servían de banda sonora a un totémico montaje visual que iba de lo brumoso al op-art, pasando por el expresionismo abstracto, el neogeo o el espumillón navideño. Y es que cuando Hawtin se pone arty, no hay quien se le acerque. Luis Lles

Creo que no me equivoco si digo que la experiencia más aplaudida de Sónar 2014 ha sido “Despacio”, la discoteca concebida y protagonizada por James Murphy (LCD Soundsystem) y los hermanos Dewaele de 2Manydjs. Nada más entrar en la sala el jueves a primera hora un servidor sintió que no le importaría pasar en ese espacio el resto del festival, opinión que escuchó después de prácticamente todo aquel que había estado allí. Tendrá que ver la mitomanía ante tales estrellas pinchando a pie de pista y la espléndida selección de radio hits y gemas bailables menos conocidas, siempre en vinilo, pero también, seguro, la inaudita nitidez y tridimensionalidad del sonido, conseguida por el ingeniero John Klett con el uso de altavoces y amplificadores analógicos de la marca McIntosh. ¡Queremos un club así en Barcelona ya!

El nuevo espacio de SonarPLANTA acogió la instalación “Unidisplay” de Carsten Nicolai, o sea, Alva Noto. Consiste en una habitación oscura con una pantalla de 6 metros de alto por 36 de ancho, alargada hasta el infinito gracias a dos espejos laterales, en la que se proyectan distintas cenefas en blanco y negro, al estilo op-art, acompañadas por discretos pulsos sonoros del mismo músico. Desconozco lo que significa, pero es bonito hasta decir basta y sirve como espacio de descompresión, el equivalente profano a una capilla en una iglesia.

A su lado se hallaba la “Machine Variation” de los canadienses Nicolas Bernier y Martin Messier, que ya presentaron un proyecto inspirado en las teorías futuristas de Luigi Russolo en Sónar 2010. Su nueva propuesta consiste en una gran máquina de madera, una especie de telar steampunk con poleas y resortes que al moverse disparan distintos sonidos. Verlos a los dos agitando palancas es un espectáculo hipnótico. Y no solo es eso: su sincronización produce música de gran belleza. Llorenç Roviras

 
  • Jessy Lanza. Foto: Óscar García

  • Matmos. Foto: Juan Sala

  • Dengue Dengue Dengue!. Foto: Ariel Martini

 

Viernes Día. El mundo es de los valientes

En consonancia con el título de su primer largo, “Reality Is For Those Who Are Not Strong Enough To Confront Their Dreams” (2013), Henry Saiz apuntó alto. Se trajo a toda una banda con ánimo de dar cuerpo a su ambicioso cóctel de soul digital, house progresivo y kosmiche musik. Aunque el abanico tan amplio y el uso de ganchos efectistas restan fuerza a la propuesta.

Jessy Lanza tiene lo que hay que tener: una voz sedosa y el atrevimiento de salir sola al escenario y recitar su soul delicado sobre una parca base de claps secos y beats rocosos. Una imagen de contraste que se asienta, además, sobre buenas composiciones. Bass music con alma. También tiene agallas el polaco Robert Piotrowicz, músico experimental habitual de los circuitos teatral y radiofónico, por la parsimonia con que fue generando ruidos atonales, así como de osciloscopio o de invasión marciana, y los fue mutando imperceptiblemente hasta insinuar un conato de melodía y terminar, sin saber uno bien cómo, en una tormenta de ruido ensordecedor.

Forest Swords nos trajeron el fin del mundo en slow-motion. La música de Matthew Barnes, de por sí triste, mística y agreste, gana enteros en directo. Sonó estentórea, desgarrada, glacial, grandiosa. Oren Ambarchi presentaba la larga pieza "Knots" junto a la Sinfonietta Cracovia. El australiano, que ha colaborado en ocasiones con Piotrowicz, hizo como este un concierto de evolución lentísima. Sirvió para ver, por primera vez en la vida, cómo un director de orquestra indicaba silencio a sus músicos poniéndose un dedo en la boca, pero para poco más. Traer a veinte artistas para aportar sutiles vibraciones a un anodino crescendo de drone de guitarra y batería me pareció un despilfarro.

Los islandeses FM Belfast tienen una rara habilidad para conjugar inocencia y congoja con adictivos ritmos sintéticos. En el Village, con banda al completo, disfrazados y gimnásticos, a lo Scissor Sisters, lo estropearon. Sonaron de pena y desdibujaron sus encantos, aunque al mismo tiempo resultaron tan anárquicos y confusos que por allí engancharon a un público a esa hora ya ansioso por bailar.

Con Matmos estuve un buen rato, pero no llegué a penetrar en su maraña de ritmos entrecortados y frenazos anticlimáticos ni a ver cómo sacaban música del hecho de envolverse en cinta adhesiva. Schmidt y Daniel mostraron su cara más áspera. Aprecio su vasta cultura y los raros leitmotivs conceptuales que guían su obra, pero me resultaron cacofónicos y poco adecuados para un contexto festivalero. Nada que ver con Jon Hopkins. El joven compositor británico ha alcanzado tal popularidad con sus discos y bandas sonoras que el suyo fue el concierto de este año con mayor overbooking. Pese a escucharlo desde el fondo de la sala, con un sonido algo apagado, vibré con su dinámico directo de techno cinemático, expresivo, expansivo, con imágenes a juego. Fue de órdago.

Los peruanos dengue dengue dengue! triunfaron con su electrocumbia pegajosa e irresistible. Y despedimos el día con Buraka Som Sistema. El grupo portugués se presentó en plan hip hop posse: bases pregrabadas y MCs cantando y realizando llamadas al público: “¡Barcelooona!”, “¡Manos arriba!”. Descargaron toda su artillería electro-kuduro. Hacia el final, con “IC19” y “Kalemba (Wegue Wegue)”, hicieron subir a chicas del público al escenario y rociaron al resto con pistolas de agua. Un plan simple y de trazo grueso, tan efectista como sin embargo efectivo, y perfecto cierre para un día rebosante de ritmos trepidantes. Llorenç Roviras

 
  • Moderat. Foto: Juan Sala

  • Röyksopp y Robin. Foto: Óscar García

  • Woodkid. Foto: Juan Sala

 

Viernes Noche. Deshojando la margarita

La noche del viernes hubo de todo, pero, ¡ay!, casi nada especialmente memorable. Y eso que la cosa había comenzado bien, con el estimulante show conjunto de RÖYKSOPP y ROBYN. La diva vikinga, que competía a la misma hora con la actuación de Miley Cyrus en el Sant Jordi, estuvo impecable en un espectáculo que dio primero cancha a la electrónica dulce del dúo noruego, después a los irresistibles hits electropop de la sueca, y finalmente a los temas de “Do It Again” (2014), su mini-LP a dos bandas. Aparte de la imperiosa necesidad que el universo entero parece sentir de encontrar a una nueva Madonna, es evidente que la chica tiene talento.

Pero después, el escenario del SonarClub fue un desfile de propuestas que nunca llegaron a crear auténtica excitación: la EDM chirriante de FLUX PAVILION, su vertiente más domesticada y melódica con PRETTY LIGHTS, el minimalismo a la germana de RECONDITE, un RICHIE HAWTIN fiel a la cita de Lampedusa de cambiar algo para que todo siga igual (mucho más plano que el día de antes en su encarnación Plastikman) y un LOCO DICE que pasó del minimal a la zapatilla sin derecho a réplica.

En el SonarPub ocurrió algo parecido. Tras una actuación brillante a cargo de un histriónico WOODKID, que combinó con fortuna tambores épicos, vientos solemnes y pop de cámara (la grandeur!), se sucedieron un CARIBOU excesivamente sinfónico y progresivo, un TODD TERJE entrañable en su revisión vintage del house y la disco music (comenzó con “You Should Be Dancing” de los Bee Gees), unos 2MANYDJS menos inspirados que de costumbre, aunque igualmente disfrutables, y un set de THE MARTINEZ BROTHERS pletórico de toques latinos y tribales.

En el SonarLab reinaron las propuestas procedentes de la bass music, con unos magníficos DOWNLINERS SEKT, cada vez más en primera línea internacional, fundiendo ambient, monster dub y estructuras complejas, y con un enorme EVIAN CHRIST en su odisea de bajos enormes, amenazante trap y distorsión brutal. Pero los que se llevaron el gato al agua fueron MODERAT, que congregaron a una gran multitud con ganas de disfrutar de su trance para las masas. Parecía mismamente una sesión del Omen de Frankfurt. Está claro que, en su caso, la suma de las partes no da como resultado algo mejor. Y con ALIZZZ, de nuevo, el orgullo de que aquí se está cociendo muy buena música. Este catalán ha conseguido facturar un excelente mejunje house & bass, que dio paso a la EBM marcial y un poco pasada de vueltas de GESAFFELSTEIN. Y al sutil directo de FOUR TET, con breaks y frecuencias cósmicas, le siguió el crujiente acid de MONKI.

En el SonarCar destacó la vuelta del recuperado PROFESSOR ANGEL SOUND con su sabroso funk de autochoque, el set del jovencísimo HAPPA (de la zapatilla al hard bass), el neo Detroit de SVENGALISGHOST y un soberbio MWËSLEE, que comenzó con ráfagas de metralleta y continuó con R&B sincopado y vocoderizado (Aaliyah, Tulisa) y gotas de lúdico b-more. Luis Lles

 
  • Roll The Dice. Fotos: Juan Sala

  • Neneh Cherry. Foto: Juan Sala

  • Majical Cloudz. Foto: Juan Sala

 

Sábado Día. A toda máquina

El dúo sueco Roll The Dice había actuado un par de veces en Barcelona, pero esta vez embellecieron su austera propuesta con elegantes proyecciones de polvo en suspensión, selvas y volcanes. Peder Mannerfelt y Malcolm Pardon son dos afanosos artesanos que se vuelcan sobre sus máquinas para crear ritmos industriales, atmósferas opresivas y una creciente distorsión que culmina en apoteosis épicas.

El de Neneh Cherry es un caso poco común: desaparecer durante décadas y volver con ímpetu, fresca, aportando todavía valor al panorama musical. Claro que no todo el mérito es suyo; primero, de The Thing, y después, de Four Tet y el dúo RocketNumberNine, que la acompañó en directo. Su voz suena maternal, dulce y firme a la vez, y flota sobre los parcos ritmos marciales, casi tribales, a base de sintetizador y batería, de los londinenses. Con estos himnos marcharíamos gustosos a la guerra. Como guinda, la inmortal “Buffalo Stance”, que enfocaron desde un nuevo ángulo.

Pinchar con tres platos a la vez es pan comido para Kid Koala, de nombre real Eric San, por lo que o traía cuatro o cinco o –como hizo– montaba un show a base de disfraces de koala (claro), bailarinas y marionetas. Hasta bajó al césped para mezclarse con el público y liderar una conga. Con todo eso, la música quedó en un segundo plano, excepto cuando pinchó y manipuló con delicadeza “Moon River”, que, según dijo en catalán, es la canción favorita de su madre.

Tocar funk en Sónar en 2014 es un ejercicio peligroso. Dâm-Funk, cruzado del género, salió vencedor del envite. Aunque se limitó a disparar pistas con un controlador y a cantar, se hizo merecedor de nuestros respetos. Recuperó el espíritu del estilo con profundidad y sentimiento, a la vez que lo dotaba de un aire moderno con un toque afilado y esquelético. Terminó retorciéndose por el suelo sintetizador en mano.

Tocar metido dentro de una cabina esférica blanca de formas poligonales sobre la que se proyectan luces ¡es tan last season! Es vistoso, pero distancia al músico del espectador. Por suerte, Audion, el seudónimo más pistero de Matthew Dear, escupe bajos cargadísimos, sintetizadores rebosantes y ritmos sofocantes. Le salva el espíritu rave.

En el otro extremo del espectro musical tenemos a Majical Cloudz. Matthew Otto con un sintetizador anestésico y Devon Welsh recitando con parquedad demuestran que se puede mezclar americana con tecnopop y provocar heridas profundas. Entre el gospel, “Streets Of Philadelphia” y Phosphorescent, y sin más parafernalia que sus dos compungidas figuras, destilaron piezas frágiles, desnudas, estremecedoras.

Melodías pop, bajos disco, riffs de guitarra funk, voz post-punk... Fórmula infalible. Espera, ¿infalible? Whomadewho sonaron atropellados, nerviosos, muy lejos de su (más pulida) versión enlatada. Sus hits están ahí y no son pocos, pero su propuesta pareció algo convencional, algo desactualizada en el excitante muestrario de sonidos que presentaba Sónar 2014.

La norteamericana TOKiMONSTA nos bombardeó con beats retumbantes y cuchillazos con ensañamiento. Se movió entre ritmos bombásticos, grime, dubstep y demás expresiones actuales del universo bass, como buena esbirra de Brainfeeder que es. Pero no detectamos nada que nos permitiera postularla como célula sobresaliente en esa escena.

Por último, llegó el turno de James Holden. El inglés vino, vació la sala y venció. Entiendo a los que se marcharon: durante un buen rato tampoco le vi la gracia al inclasificable sonido del capataz de Border Community, centrado en su álbum más reciente, “The Inheritors” (2013), y compuesto a base de aparataje electrónico, batería y saxo. Ni IDM, ni jazz, ni kraut ni música experimental ni contemporánea. Solo me gustaban las proyecciones, de tintes orgánicos y expresionistas. Pero poco a poco todo fue tomando sentido. No era un mejunje desaborido, sino una sinfonía cósmica de poso lento. Nuestra paciencia tuvo recompensa. Llorenç Roviras

 
  • Massive Attack. Foto: Juan Sala

  • Chic. Foto: Juan Sala

  • Laurel Halo. Foto: Óscar García

 

Sábado Noche. Tocando el cielo

La última noche del Sónar 2014 fue su colofón perfecto, sin duda la mejor velada de esta edición, la demostración inequívoca de que cualquier noche puede salir el sol. Aunque diluvie, como así fue. FOUR TET, esta vez como DJ, preparó el terreno a base de house abstracto con dub y roots para la magnífica actuación de MASSIVE ATTACK. De acuerdo, no ofrecieron el anunciado nuevo espectáculo (era casi idéntico al de su anterior gira), pero, a cambio, volvieron a sonar sus canciones inmarchitables, mezcladas con unos mensajes contundentes que a menudo rozaron el panfleto. Pero cuando Horace Andy canta “Angel”, la tierra tiembla. Y punto. RUDIMENTAL, por su parte, representan el mismo espíritu de los de Bristol, pero en el siglo XXI. Un estimulante conglomerado de soul vintage, drum’n’bass, dubstep y reggae con sabor cosmopolita y rabiosamente callejero.

Tras la mezcla de EDM y trap del francés DJ SNAKE, los británicos I AM LEGION (fruto de la fusión entre Foreign Beggars y Noisia) se reivindicaron como unos nuevos Prodigy, cuyo “Smack My Bitch Up” versionaron. Y CAMO & KROOKED rescataron el drum’n’bass más salvaje. En un momento determinado había que decidirse entre dos mujeres: mejor el liviano tecnopop a lo Lio de YELLE que el ampuloso pop electrónico de la sueca LYKKE LI, que también tuvo momentos de delicado lirismo.

JAMES MURPHY, como había hecho los tres días en ese nuevo Paradise Garage que montó con el proyecto “Despacio”, se dedicó a la arqueología post-disco, y sirvió de adecuado preludio a unos CHIC enormes (¡otra vez!), con su verbena paradisíaca a base de hits propios y ajenos (Diana Ross, Daft Punk, Madonna, Bowie) y un final glorioso con “Le Freak” y “Good Times”. Y tras tamaña orgía hedonista, de nuevo la épica de un BRODINSKI demasiado eufórico y un BOYS NOIZE en plena erupción ácida, bajo el manto protector de San Smiley.

No hay que olvidarse del torrencial ataque de bajos de unos superlativos FUTURE BROWN, que van a conducir la bass music hasta los confines del placer más absoluto, ni de la sesión a cuatro manos de DAPHNI (un Dan Snaith más inspirado que con Caribou) y JAMES HOLDEN: techno en su estado más creativo, pleno de líneas melódicas y ritmos abstractos. Ni del sublime deep house del directo de DEBUKAS.

Pero lo mejor se vio en el SonarCar, donde, además del technazo de precisión germana de UNER, el trap sudafricano de SIBOT y el dancehall-dubstep de BOXINBOX con SR. WILSON, se pudo disfrutar de una LAUREL HALO monumental, fascinante, con su colección de ritmos mínimos, frecuencias líquidas, melodías pop, pulsión sexy, efectos y campanas, y del angoleño DJ NIGGA FOX, que nos llevó al cielo del ritmo puro: kuduro experimental y minimalista, con ecos vudú, guiños al “Thriller” de Michael Jackson, tambores y violines. Un sonido telúrico y primario, tribal y arcaico. Probablemente, la mejor sesión del año. ¡Brutal! Y poco después, el canadiense TIGA, mientras la lluvia descargaba su furia sobre Barcelona, con su hipnótico electro-house hacía vibrar a los supervivientes de una noche antológica. Luis Lles

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