Sónar Noche. Bass, how low can you go!
Para la noche del jueves Sónar se había guardado un as en la manga. El japonés RYOJI IKEDA montó un excepcional programa doble en el Teatre Grec. Por un lado, la instalación “spectra”, una gran columna de luz que parecía un rayo divino caído sobre Barcelona/Gomorra, sirvió de faro nocturno e iluminó las andanzas de los clubbers que recorrieron la ciudad de punta a punta. Y por otro lado, el maestro nipón del ruido blanco ofreció en directo “Test Pattern”, una sinfonía crepitante para códigos de barras, cartas de ajuste e interferencias visuales, tan espectral y fascinante como inevitable es su aroma a déjà vu. Con Ikeda sucede un poco como con los Ramones, que hacían siempre la misma canción, pero no importaba porque era buenísima. Imagino que a Marinetti le habría encantado leer su “Manifiesto futurista” rodeado de un decorado audivisual así.
La noche del viernes comenzó con malos augurios: unos plomizos AIR, que parecían aburrirse ellos mismos, lograron espantar al personal hacia otros escenarios por culpa de una música que ha derivado desde su inicial downtempo deliciosamente atmosférico hacia un pop sinfónico de baja intensidad, tan pomposo como anodino. Poco después, tras el electropop saltarín de unos HOT CHIP cada vez más propensos al bombo, llegó el crimen del siglo. ¿A quién se le ocurre programar prácticamente a la misma hora al mejor grupo de rock del siglo XXI, al emperador absoluto del techno y al genio que ha redefinido la música electrónica y la ha lanzado al futuro? Porque eso es lo que sucedió, que LCD SOUNDSYSTEM, Plastikman y Flying Lotus compartieron la misma franja horaria. Los primeros se deberían estar replanteando su anunciado abandono a la vista de su magistral actuación en Sónar. De un magnetismo animal, James Murphy y su banda transformaron Nueva York en un estado mental gracias al ímpetu de “Drunk Girls”, al tribalismo urbano de “Pow Pow” o a la lacerante intensidad de un hipnótico “Yeah”, que rubricó una actuación de matrícula de honor. Mientras tanto PLASTIKMAN, encerrado tras un enrejado, volvió a mostrar su altura creativa con unos visuales alucinantes (a caballo entre la abstracción de Kandinsky y el minimalismo de Flavin, entre el neo-geo y los fuegos artificiales) y un retorno en toda regla al acid y al minimal más puro, que alcanzó su cénit en una versión expandida del tamborileo de “Spastik”. Soberbio. En cuanto a FLYING LOTUS, es evidente que en estos momentos no hay nadie como él. Metió en la coctelera electro, hip hop, acid, bassline, wonky, dubstep, free jazz, experimentación electrónica y soul futurista, lo agitó todo bien y le salió la cima absoluta de esta edición. Una actuación insuperable, que se cerró con un “Do The Astral Plane” desbordante de groove celestial.
Por su parte, MARY ANNE HOBBS y ROSKA dejaron claro que el dubstep ha dejado paso al reinado de la bass music en toda su extensión, con especial hincapié en el incipiente UK funky, menos cerebral y más bailable, con inflexiones afro y toques house. De la fina síncopa de JOY ORBISON se esperaba bastante más y estuvo además lastrado por un toaster que se puso realmente pesado. Y la sesión de HUDSON MOHAWKE marcó otro de los puntos álgidos de la noche. Tuvo la suerte de contar con un excelente MC, que aportó sus cualidades vocales a esa explosiva mezcla de wonky, hip hop galáctico, hardcore-soul, toques melódicos y groove salvaje que caracteriza a este geniecillo británico fichado por la omnipotente Warp. La actuación de THE SUGARHILL GANG no estuvo a la altura de la que hicieron en el festival Periferias en 2006 debido a su empeño en emular a las orquestas de pachanga. Aun así, los patriarcas del rap se mostraron entrañables en su interpretación del “Rapper’s Delight” o en su homenaje al “Billie Jean” de Michael Jackson. En el SonarPub BOOKA SHADE llevó al directo su tech-house finolis con toques pop, y CARTE BLANCHE (proyecto que agrupa a DJ Mehdi y Riton) le exprimió el máximo jugo a su groovy house con esteroides. Finalmente, en el SonarClub, embutido entre el techno-house de JOHN TALABOT y el house oscuro y duro de un CLAUDE VONSTROKE un tanto decepcionante (sus discos son mucho mejores), llegó otro momento excepcional: la actuación de 2MANYDJS, vestidos de rigurosa etiqueta, que han sabido reinventar su mash-up a través de un concepto visual de auténtico impacto y desbordante de humor: el peluche de Mr. Oizo revisado por Buñuel, Chimo Bayo, la colisión de la “Quinta Sinfonía” de Beethoven con “Saturday Night Fever” o la de Kraftwerk con Diplo, y el final, con una lluvia de confetis hacia el público mientras sonaba “Love Will Tear Us Apart” de Joy Division.