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Sónar, El bucle melancólico

El rayo de luz de Ryoji Ikeda, “spectra”, monumental instalación lumínica que, desde el anfiteatro del Teatre Grec, se pudo ver en toda la ciudad la noche del 17 de junio. Foto: Óscar García

 
 

FESTIVAL (2010)

Sónar El bucle melancólico

La imagen de la edición del Sónar 2010 fue el portentoso haz de luz desplegado por Ryoji Ikeda en Montjuïc. Pero el festival electrónico de Barcelona por antonomasia siguió haciendo posible ese difícil e inestable equilibrio, tan apasionante, entre laboratorio de pruebas y verbena contemporánea. Y encontró una mina de oro en las diferentes formas de la nueva y excitante bass music, entre otros focos de interés. Víctor Lenore, por el día, y Luis Lles, por la noche, se encargaron de testar todos los experimentos y de explicarlo aquí para ti. Fue el año de LCD Soundsytem, Broadcast, Dizzee Rascal, Ryoji Ikeda, Fuck Buttons, 2manydjs, Roska...

Barcelona y L'Hospitalet de Llobregat, Teatre Grec, CCCB/MACBA y Fira Gran Via 2
17-19/6/2010

A punto de cumplir la mayoría de edad, el festival Sónar no presenta signos de fatiga. Al contrario, en su 17ª edición ha conseguido superar en diez mil espectadores la audiencia global del año pasado, a pesar de una crisis que el universo festivalero parece no acusar en demasía. Y aunque, de vez en cuando, quienes asistimos a Sónar desde su primera edición no podemos dejar de experimentar una melancólica sensación de nostalgia de aquellos primeros años de excitación melómana en los que el festival de día era un cúmulo de experimentos sonoros y sorpresas sin fin, lo cierto es que Sónar sigue haciendo posible ese difícil e inestable equilibrio, tan apasionante, entre laboratorio de pruebas y verbena contemporánea. Un logro encomiable, sin ninguna duda. Pero, eso sí, el nivel de investigación y exploración de los límites del sonido, tan habitual en otros tiempos, ha bajado muchos enteros en los últimos años. Ahora, sorpresas, las justas.

Por lo demás, Sónar sigue expandiendo su radio de acción y este año, además de mantener (y adelantar) su cita con el público infantil (SonarKids), ha apostado con fortuna por el Teatre Grec como alternativa a la ausencia de programación de la primera noche. Una jugada maestra, porque el portentoso haz de luz desplegado por Ryoji Ikeda en Montjuïc constituyó, al mismo tiempo, el mejor reclamo publicitario de un festival que en su última edición ha consagrado las diferentes formas de la nueva bass music como lo más excitante de la escena electrónica actual. Su inequívoco futuro. Luis Lles

 
  • Kid Koala. Foto: Juan Sala

  • Braodcast. Foto: Juan Sala

  • Speech Debelle. Foto: Juan Sala

  • King Midas Sound. Foto: Juan Sala

 

Sónar de Día. Encima que os dejamos entrar...

La programación diurna tenía este año un escenario menos –el de la capilla–. Una pena, ya que ese espacio ofrecía un cartel sustancioso y buenas condiciones de escucha. Por desgracia, muchos asistentes veteranos entramos al CCCB con la sensación de que de los cuatro escenarios solo dos dan la talla: el Complex y el Hall, que destacan tanto por los artistas escogidos como por las condiciones de escucha (en cambio, en el Dôme suele fallar la parte técnica y en el Village hay que trabajar duramente el posicionamiento, entre encontrar un hueco donde llegue bien el sonido y abstraerse de una fauna fashion ajena a placeres musicales y mucho más alborotada que la de la noche).

¿Lo peor de este año? El sábado se vivieron escenas agobiantes para acceder a THE SLEW, un proyecto de KID KOALA. El recinto se llenó diez minutos antes del concierto y una segunda tanda de público esperó pacientemente durante casi media hora para ver la parte final del show. Cuando la sala se fue vaciando, en vez de darnos paso, tres encargados de seguridad se pusieron a debatir con parsimonia cuál era la mejor manera de manejar aquello (dudaban si debían obligarnos a formar una fila de uno, pasarnos en grupos pequeños o directamente denegar la entrada). Cuando alguien reprochaba educadamente la falta de organización, uno de ellos les brindó una respuesta mítica: “Encima de que os dejamos entrar...”. No es forma de dirigirse a un público que paga cuarenta euros por jornada (ni a uno que entrase gratis). Quien no lograse pasar no se perdió gran cosa: el cruce de instrumentos rock y seis platos sonaba como un beatboxer haciendo ruidos de scratch sobre una banda de tributo a Deep Purple.

Vamos ya con lo mejor de este año: BROADCAST ofrecieron un gran concierto para rematar el jueves. El dúo crea un sonido hipnótico, donde unos registros vocales herederos de Nico flotan sobre electrónica sutil o reinventan el legado de la tradición folk psiconauta. Demostraron variedad de registros y una intensidad in crescendo. Poco antes los legendarios CLUSTER confirmaron el poder eterno del krautrock, que sigue sonando vivo y urgente cuatro décadas después de su aparición. Tuvieron algún momento flojo, pero ofrecieron un pase notable. La esperada SPEECH DEBELLE sorprendió a todos renunciando a la electrónica sofisticada de su disco para presentarse solo con instrumentos orgánicos, dando un digno concierto entre el soul y el rap (aunque muy lejos de la estética Sónar).

Este año aprendimos que el festival puede crecer mirando más a Hispanoamérica. LOS AMPARITO, proyecto unipersonal desde México, nos sedujo con un concierto donde la suave psicodelia electrónica se alía con samples de melodías o percusiones tradicionales. Los colombianos BOMBA ESTÉREO se ganaron al escenario grande con su cruce de modernidad y soltura caribeña, con cita a un tórrido ritmo de Cartagena de Indias conocido como champeta criolla. Parece que funciona la fricción de lo nuevo con lo viejo, como en el caso de EMILIO JOSÉ, quien ofreció un excéntrico pase donde combinaba ritmos tropicales, el pop luminoso de los Beach Boys y sampleados de clásicos como “My Girl” (The Temptations). De vez en cuando soltaba frases como “es un coñazo tocar solo”, “¿a qué precio está el MDMA?” y otras lindezas. También dejó caer alguna letra antisistema y eslóganes tan rotundos como “Rosa Díez paredón”. Un músico barcelonés situado a mi lado apuntaba que “esta parte parece ya Potato”.

Otros que confirmaron su buena reputación fueron bRUNA, capaces de contagiar sus secuencias cálidas y ensoñadoras, ideales para quienes se acerquen a la electrónica desde el pop indie. KING MIDAS SOUND ofrecieron un concierto muy digno, aunque su encuentro de Jamaica y electrónica debe demasiado al trip hop noventero de Bristol (un sonido que no aguanta especialmente bien el paso del tiempo). En cualquier caso, su nivel no decepciona e incluso tuvieron un par de canciones de alto voltaje.

¿Los desafíos a la paciencia? A la una del mediodía del viernes aguantar veinte minutos del paisajismo estático del legendario PHILL NIBLOCK en colaboración con CARLOS CASAS era una invitación para adelantar la comida y hacer la siesta. Los cripto-indies POST WAR YEARS, puro ‘Pitchfork’, parecen intentar todo sin llegar a prácticamente nada. Les sobra energía e inquietud, así que lo mismo un día encuentran algo estimulante. Una impresión similar transmiten NECRO DEATHMORT: el catálogo los describe como “un cruce de Black Sabbath con Kode9”, pero se quedan en ideas tan avanzadas como impersonales.

Visto lo visto, parece que el Sónar de Día tiene dos opciones: instalarse en la complacencia de una fórmula que funciona comercialmente o introducir cambios que eleven el nivel de la parrilla del Village y el Dôme hasta alcanzar la altura del Complex y el Hall. Como siga así la cosa en 2011, me limito a ver algún concierto suelto y subir a los hangares por la noche, que siempre tienen más miga. Víctor Lenore

 
  • Ryoji Ikeda. Foto: Óscar García

  • Hot Chip. Foto: Óscar García

  • LCD Soundsystem. Foto: Juan Sala

  • Plastikman. Foto: Óscar García

  • The Sugarhill Gang. Foto: Juan Sala

  • Dizzee Rascal. Foto: Juan Sala

 

Sónar de Noche. Bass, how low can you go!

Para la noche del jueves Sónar se había guardado un as en la manga. El japonés RYOJI IKEDA montó un excepcional programa doble en el Teatre Grec. Por un lado, la instalación “spectra”, una gran columna de luz que parecía un rayo divino caído sobre Barcelona/Gomorra, sirvió de faro nocturno e iluminó las andanzas de los clubbers que recorrieron la ciudad de punta a punta. Y por otro lado, el maestro nipón del ruido blanco ofreció en directo “Test Pattern”, una sinfonía crepitante para códigos de barras, cartas de ajuste e interferencias visuales, tan espectral y fascinante como inevitable es su aroma a déjà vu. Con Ikeda sucede un poco como con los Ramones, que hacían siempre la misma canción, pero no importaba porque era buenísima. Imagino que a Marinetti le habría encantado leer su “Manifiesto futurista” rodeado de un decorado audivisual así.

La noche del viernes comenzó con malos augurios: unos plomizos AIR, que parecían aburrirse ellos mismos, lograron espantar al personal hacia otros escenarios por culpa de una música que ha derivado desde su inicial downtempo deliciosamente atmosférico hacia un pop sinfónico de baja intensidad, tan pomposo como anodino. Poco después, tras el electropop saltarín de unos HOT CHIP cada vez más propensos al bombo, llegó el crimen del siglo. ¿A quién se le ocurre programar prácticamente a la misma hora al mejor grupo de rock del siglo XXI, al emperador absoluto del techno y al genio que ha redefinido la música electrónica y la ha lanzado al futuro? Porque eso es lo que sucedió, que LCD SOUNDSYSTEM, Plastikman y Flying Lotus compartieron la misma franja horaria. Los primeros se deberían estar replanteando su anunciado abandono a la vista de su magistral actuación en Sónar. De un magnetismo animal, James Murphy y su banda transformaron Nueva York en un estado mental gracias al ímpetu de “Drunk Girls”, al tribalismo urbano de “Pow Pow” o a la lacerante intensidad de un hipnótico “Yeah”, que rubricó una actuación de matrícula de honor. Mientras tanto PLASTIKMAN, encerrado tras un enrejado, volvió a mostrar su altura creativa con unos visuales alucinantes (a caballo entre la abstracción de Kandinsky y el minimalismo de Flavin, entre el neo-geo y los fuegos artificiales) y un retorno en toda regla al acid y al minimal más puro, que alcanzó su cénit en una versión expandida del tamborileo de “Spastik”. Soberbio. En cuanto a FLYING LOTUS, es evidente que en estos momentos no hay nadie como él. Metió en la coctelera electro, hip hop, acid, bassline, wonky, dubstep, free jazz, experimentación electrónica y soul futurista, lo agitó todo bien y le salió la cima absoluta de esta edición. Una actuación insuperable, que se cerró con un “Do The Astral Plane” desbordante de groove celestial.

Por su parte, MARY ANNE HOBBS y ROSKA dejaron claro que el dubstep ha dejado paso al reinado de la bass music en toda su extensión, con especial hincapié en el incipiente UK funky, menos cerebral y más bailable, con inflexiones afro y toques house. De la fina síncopa de JOY ORBISON se esperaba bastante más y estuvo además lastrado por un toaster que se puso realmente pesado. Y la sesión de HUDSON MOHAWKE marcó otro de los puntos álgidos de la noche. Tuvo la suerte de contar con un excelente MC, que aportó sus cualidades vocales a esa explosiva mezcla de wonky, hip hop galáctico, hardcore-soul, toques melódicos y groove salvaje que caracteriza a este geniecillo británico fichado por la omnipotente Warp. La actuación de THE SUGARHILL GANG no estuvo a la altura de la que hicieron en el festival Periferias en 2006 debido a su empeño en emular a las orquestas de pachanga. Aun así, los patriarcas del rap se mostraron entrañables en su interpretación del “Rapper’s Delight” o en su homenaje al “Billie Jean” de Michael Jackson. En el SonarPub BOOKA SHADE llevó al directo su tech-house finolis con toques pop, y CARTE BLANCHE (proyecto que agrupa a DJ Mehdi y Riton) le exprimió el máximo jugo a su groovy house con esteroides. Finalmente, en el SonarClub, embutido entre el techno-house de JOHN TALABOT y el house oscuro y duro de un CLAUDE VONSTROKE un tanto decepcionante (sus discos son mucho mejores), llegó otro momento excepcional: la actuación de 2MANYDJS, vestidos de rigurosa etiqueta, que han sabido reinventar su mash-up a través de un concepto visual de auténtico impacto y desbordante de humor: el peluche de Mr. Oizo revisado por Buñuel, Chimo Bayo, la colisión de la “Quinta Sinfonía” de Beethoven con “Saturday Night Fever” o la de Kraftwerk con Diplo, y el final, con una lluvia de confetis hacia el público mientras sonaba “Love Will Tear Us Apart” de Joy Division.

 
  • Roxy Music. Foto: Óscar García

  • Fuck Buttons. Foto: Juan Sala

 

La última noche del Sónar fue otra cosa, francamente. Lo de ROXY MUSIC resultó un tanto incomprensible, no por el hecho de que un grupo como este actúe en un festival de electrónica, sino por la elección de su repertorio. La banda de Bryan Ferry pasó de sus grandes hits y se dedicó de lleno a sus canciones más oscuras, las mejores, solo que interpretadas como si fuera una orquesta de Las Vegas, con unos innecesarios solos de guitarra y saxo muy pasados de rosca. Comenzaron con “Re-make / Re-model” y terminaron con “Virginia Plain” y un vibrante “Do The Strand”, que fue su momento de oro. Por su parte, JÓNSI estuvo mucho más acertado que en su última etapa con Sigur Rós y nos sumergió en su universo de gnomos, elfos y hadas. Si el grupo islandés es el equivalente post-rock de Genesis, Jónsi es el Peter Gabriel del emopop electrónico. Pasó de la lírica a la épica más ruidosa, terminando su actuación en medio de una arrebatadora tormenta de nieve. Pero el gran triunfador de la última noche fue un DIZZEE RASCAL estratosférico, con su flow deslenguado, su catarata de frenéticos ritmos gordos y unos subgraves capaces de despeinarte. Desde luego, no hay mejor droga que un buen baño en un océano de bajos saturados. El final, con “Bonkers”, fue terrorífico y brutal. Los FUCK BUTTONS hicieron más o menos lo mismo que en el Primavera Sound, solo que sin gran bola de espejos: una bella ecuación entre melodía y ruido. En cuanto a MATTHEW HERBERT, debería ir pensando en renovar su fórmula neoconcrète, que ya empieza a cansar. Erró el tiro y, con una estética performativa (que incluía escalera de mano y tienda de campaña), no estuvo ni suficientemente experimental ni fue posible bailar con su música. Por el contrario, Ralph Lawson cada vez está más cerca de lograr con su proyecto 2020SOUNDSYSTEM su objetivo de hibridar funk orgánico y house sintético. Por su parte, CASPA, acompañado por el magnífico toaster ROD AZLAN, dejó claro que al dubstep le quedan muchos cartuchos por quemar, sobre todo en su fusión con el house y el R&B. En cuanto a THE CHEMICAL BROTHERS, vaciaron el resto de los escenarios y colapsaron el enorme SonarClub, pero, a pesar de servirse de unos visuales impecables, no acabaron de convencer, abusando quizás de unos clímax que nunca estallaron. La sensación era un poco de coitus interruptus, aunque progresivamente se fueron reconciliando con su público. Tras su actuación, la gente se repartió entre tres propuestas nacionales: el techno cromado de bisturí de ANGEL MOLINA, el tech-house de NACHO MARCO y el groove futurista de GRIFFI y DJ2D2, que despacharon una energética sesión de bass music, hip hop y ragga. Telón con un DJ HELL que comenzó su sesión como había terminado su warm up para Roxy Music: con el “U Can Dance” que canta Bryan Ferry, y una glamourosa go-gó envuelta en espejos disco invitando a un baile sin fin. Luis Lles

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