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Sónar, El principio de los tiempos

Cuando pinchó Sven Väth todo quedó envuelto en una nebulosa de tralla pura. Fue el gran triunfador del histórico primer Sónar. Foto: Juan Sala

 
 

FESTIVAL (1994)

Sónar El principio de los tiempos

Documento Rockdelux. Aquí y así empezó la mayor cita electrónica internacional de todos los tiempos. En la Barcelona de 1994 nació un festival llamado Sónar que apostaba por las músicas avanzadas. Jornada diurna en el CCCB y nocturna en el Apolo para una programación que bebía de diversas fuentes basadas en el “hecho tecnológico”. Félix Suárez vivió aquel evento iniciático y escribió esta crítica para Rockdelux, publicada en julio de 1994.

Barcelona, CCCB y Apolo
2-5/6/1994

“Sónar. Festival de músicas avanzadas”. Un término ambiguo para abarcar el amplio espectro de tendencias que se nutren del “hecho tecnológico” –electrónica y/o informática–. Un punto común válido como partida, pero del que tampoco conviene hacer una bandera demasiado grande, pues –el medio no tiene por qué ser el mensaje– basta echar un ojo al cartel para ver ofertas no solo distintas, sino claramente opuestas.


Los días del CCCB

Durante todo el día, el espacio del festival era el apañado CCCB: stands discográficos; escenario promocional donde tocaron cuatro grupos por día (entre ellos, EAT MEAT y ARCOS DE NEPAL); en otra planta, feria tecnológica (instrumentos, sistemas de grabación y equipos para DJs); exposiciones (destacando los alucinantes tubos sonoros móviles del Espacio Vectorial de LOUIS-PHILIPPE DEMERS y BILL VORN); debates, música a la carta y proyecciones de vídeo (las de la planta de stands con el sonido secuestrado la mayoría del tiempo). Y ciclos de conciertos.

El primer día era el de los Extremos. Me perdí a PHONOS + BARCELONA 216, y casi no llego a ESPLENDOR GEOMÉTRICO, que presentaban material de su nuevo CD “Veritatis Splendor”. Una actuación más fría de lo normal en ellos (la distancia con el público, las sillas, un espacio demasiado abierto), pero la contundencia rítmica sigue ahí bombeando vatios de delicioso ruido.

El viernes tocaba Performers. En realidad, los “instrumentos” como estrella. TITO (y Pere Celma) ofrecía su espectáculo “Projecte Animals”. Cada uno con una columna vertebral de caballo con cuerdas a modo de violín, rodeados de huesos recogidos en los muladares (comederos de buitres) del Pirineo aragonés, y el sonido tratado creando una cámara tenebrosa de ecos similar a las partes menos percusivas del “Niérika” de Jorge Reyes. Se acompañaron de hermosas proyecciones de buitres e insectos limpiando cadáveres equinos hasta dejar los huesos relucientes.

El “tocadiscos con aguja de hielo” de BARRY SCHWARTZ pertenece más al género de mirar. La aparatosidad de un disco metálico enorme que a la menor vibración (y al contacto con el bloque de hielo) producía unos suculentos chirridos recordaba el impacto visual de las máquinas de Mark Pauline.

El sábado por la mañana nos topamos con uno de los momentos culminantes del festival. La conferencia-vídeo-performance de HOLGER CZUKAY no era más que él presentando vídeos. Algo que, dicho así, suena simple se transformó en un festín de risas, imágenes legendarias y música visionaria, precedente de los mestizajes actuales, y naíf, precedente de Der Plan, aliñado por sus jugosos comentarios: su encuentro con la cultura china, el descubrimiento del dictáfono como primer sampler de la historia, su carrera con Can y en solitario, su fallido intento de convertirse en una estrella pop como Yulio Of The Churches, sus videoclips caseros, su muerte, y un final delirante visitando al Papa… y robándole la cartera. Impagable.

La tarde era de las “nuevas músicas” españolas, un concepto que produce dentera. Abrió el ucraniano afincado en Barcelona IURY LECH: sinfonismo pasado por Eno y clase de filosofía poética (¿o era poesía filosófica?) por el mismo precio, uf. Y no dejaba de mirarse en el pantallón que tenía detrás. EL SUEÑO DE HYPARCO se han decantando por la abstracción sonora (ruidista por momentos) con resultados más sugerentes que los de sus inicios. Y para terminar, la guitarra tratada de SUSO SAIZ, que se ha rendido en los brazos de la new age. Unidireccional… y un tío durmiendo todo lo largo en el pasillo.

 
  • Holger Czukay. Foto: Yann Mercader

  • Trans-Global Underground. Foto: Yann Mercader

  • Laurent Garnier. Foto: Juan Sala

  • Vapour Space. Foto: Yann Mercader

 

Las noches del Apolo

Sin duda, el plato fuerte del festival era la oportunidad de ver por primera vez a algunos de los nombres habituales de la escena dance europea. La primera noche, dedicada al ambient, fue la más rara. Empezó pinchando el DJ local ZERO, todavía bailable aunque la gente estaba parada viendo los vídeos caleidoscópicos manipulados por PETER RUBIN. Seguidamente tocó ATOM HEART. El alemán, más conocido quizá como Lassigue Bendthaus, ofreció un set algo decepcionante para lo que se conoce de él (tocó un mes antes en Girona y los comentarios eran entusiastas). Tal vez se adecuó en exceso al lema de la noche, o pagó el baile (primero iba a tocar, luego no, y al final lo hizo porque cayó Autechre en el último momento). Tardó mucho en despejar el rollo Tangerine Dream para entrar en materia más impactante, pero volvió a bajar enseguida. Se echaron en falta imágenes en las pantallas. Después pinchó MIXMASTER MORRIS, el padrino del ambient, mezclando chill out puro con fases más rítmicas, pero la gente, a falta de otros estímulos, se quedó mirando. Faltó “ambiente”.

La segunda era la noche dance. Prepararon el terreno los sugerentes RAEO, la nueva aventura de Mark Cunningham y Gat (Buildings), pero TRANS-GLOBAL UNDERGROUND fueron los triunfadores populares del Sónar –también eran lo más asequible– con una actuación colorista y explosiva que tuvo a todo el Apolo, abarrotado, bailando sin parar. Después, con imágenes de KOXOK, pincharon CÉSAR DE MELERO y el francés LAURENT GARNIER, que, tal vez impresionado por el penoso debate de la tarde, empezó ya muy acelerado, y lo supo mantener. La gente bailó mucho y él tampoco dejó de moverse y mover botones. Luego disfrutó de la “hospitalidad” de Melero, y se cogió un buen rebote.

La noche techno cerró la programación del festival. El dark-techno del dúo barcelonés G.O.S. (ex de El Vuelo del Avestruz, aunque nadie lo diría) fue un buen aperitivo para el estupendo trip electrónico del estadounidense VAPOUR SPACE (Mark Gage) sentado en el suelo con sus aparatos, donde la experimentación abría paso a un crescendo de pulsión rítmica con más pegada que en disco. Sublime, como las imágenes alteradas por los berlineses de STRESSJETS y, de nuevo, Peter Rubin, que animaron toda la velada. Cerró el cupo de directos OMNI (Alex Martín), que empezó bien, ácido y tal, pero lo alargó hasta quedarse sin recursos. Entremedias había mantenido el tipo y el calor en la pista el DJ GUILLE, pero el plato fuerte estaba por llegar. Cuando pinchó SVEN VÄTH todo lo anterior quedó envuelto en una nebulosa. Este gurú de la escena de Fráncfort, con fama de hortera, asestó desde la cabina un bombardeo de percusiones terminales sin resquicios, en el que no hubiera desentonado la actuación de Esplendor Geométrico. Tralla pura que se hizo corta cuando Fred Taxi le sacó de la cabina a las dos horas escasas. Y la respuesta del público, fenomenal en todas las sesiones, una grata sorpresa que seguro animará a una segunda edición con mayores apoyos.

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