The Blasters eran los grandes ausentes de nuestros escenarios, situación a la que ya se ha puesto remedio. El grupo de los hermanos Alvin sigue haciendo lo mismo desde que empezaron; música americana, la misma que otros grupos con menos recursos venden con más fortuna.
Sin el soporte que supone un colchón como Lee Allen al saxo, apartado de la gira por motivos familiares, los Blasters siguen sonando compactos. Bill Bateman a la batería, sin florituras, conciso y efectivo, y John Bazz, peleando con chulería con su bajo, les dejaban los temas masticados a Phil y Dave Alvin, guitarras y voces. Rozando el lleno, la noche se inició con una dedicatoria al recientemente fallecido Hollywood Fats, guitarrista del grupo que sustituyó a Dave, quien ha regresado para esta gira a pesar de las discusiones con su hermano. Y continuó con un repaso del material ya grabado, pero ofreciendo versiones cambiadas en los breaks instrumentales.
El ritmo que llevaba el concierto –endiablado– hacía que cuando los Blasters atacaban composiciones en tempo medio –caso de “Colored Lights”– los presentes se dedicaron a reforzar el ritmo con palmas y a lo loco. Un “Mystery Train” muy alejado de la versión popularizada por el trío de Elvis puso la nota evolucionista. La Gibson 225 de Phil, más gastada que el tacón de John Lee Hooker, y las Stratocaster de Dave –entre ellas, una Mustang– nos trajeron sonoros recuerdos de heroicas épocas del rock and roll. Los Blasters lo hacen ahora sin trampa, y tirando de rock crudo.
Hacia el final del concierto, un elegante Dave con camisa blanca se animó a cantar, y de verdad que valió la pena. Lo suyo es un buen punto, y habrá que oírlo en el álbum que está preparando en solitario. Los empleados de la sala eran los únicos con ganas de terminar, pero los Blasters, ante el buen ambiente que se respiraba, tocaron y tocaron. Dos horas en el escenario para dar un baño de rock and roll a más de uno que yo me sé. ![]()



























