Vinieron The Sugarcubes con la aureola que conceden los primeros puestos de las listas indies británicas. ¿Exotismo islandés? ¿El saco de los nuevos grupos pop ingenuo con chica de los Primitives, Flatmates, Talulah Gosh y demás? ¿Simple marketing? Canciones como “Birtdhay” o “Cold Sweat” justifican por sí solas el interés que despiertan y los diferencian claramente de la última hornada, pero ¿realmente es para tanto? Tras verles actuar en directo, mis dudas no han hecho sino aumentar.
El primer punto tiene que ser negativo, un payaso rapado y con tirantes que no hace más que soltar chistes malos y destrozar a conciencia cada tema con su vocingleo; este chico, Einar, tiene problemas y lo mejor que puede hacer es comprarse un bosque y perderse. Abstrayéndonos de él, tenemos una banda de sonido denso y áspero apoyado en la enigmática voz de Björk, una mirada felina que abusa quizás un poco de unos gorgoritos que mejor administrados podrían llegar a ser fascinantes.
Sugarcubes demuestran ser un grupo original, tienen un buen puñado de temas interesantes basados en un tempo desacostumbrado, aunque el desarrollo en vivo se antoje monocorde por momentos. La mayoría empiezan con fuerza pero se van diluyendo en partes elucubrantes indefinidas que llegan a distraer la atención tanto como el tirantes. La sensación final es la que produce una buena comida con los ingredientes equivocados, desconcertante.
Ese constante querer demostrar que no se lo tienen nada creído indica tal vez que ya se lo creen demasiado, y el último numerito del tirantes saliendo del escenario por la parte del público para ser agasajado fue la puntilla ¡Pero qué auténtico que eres, chaval! A ver si para la próxima vez que vengas te sabes otro par de tacos más. ![]()


























