“Cantad un poco rabiosos y un poco alegres”, pedía el vocalista y guitarrista Ezra Koenig a un entregado público antes de atacar uno de sus temas. Así es como canta él y ese es probablemente uno de los secretos de su éxito. En realidad, Vampire Weekend se decantan más hacia el optimismo, pero es un optimismo enérgico, vibrante como el de Jonathan Richman o The Violent Femmes. Un optimismo como el que podría tener una banda de una universidad norteamericana de élite, que no es ni más ni menos lo que es este cuarteto neoyorquino. Ante lo visto y lo oído en su concierto en Barcelona, un servidor no dejaba de imaginar escenas de “Class”, la comedia adolescente protagonizada en 1983 por Rob Lowe y Andrew McCarthy.
Para bien y para mal, Vampire Weekend son pijos. Para bien, porque el candor y frescura que aportaron al directo ya los desearían para sí muchas otras bandas. Después de dos álbumes que han llegado al número uno de diversos países, uno tenía la sensación de estar asistiendo a una fiesta de final de curso. Y eso es bueno, porque significa espontaneidad, cercanía con el público, franqueza, ausencia total de pose; cosas que se echan de menos en la encorsetada industria del pop actual. Y también son pijos para mal, porque a estos chicos se les ve algo pudorosos y recatados. Se diría que tienen horchata en lugar de sangre.
En todo caso, eso son menudencias. Su repertorio es más que apreciable –aunque cabe decir que su primer álbum, “Vampire Weekend” (2008), contiene mayor concentración de hits que el segundo, “Contra” (2010)–, y sus peculiaridades les hacen irresistibles e insustituibles. Koenig presenta una voz nueva, calcada a la de Paul Simon si se quiere, pero en agradable contraste con el exceso de histrionismo de la plaga de bandas de punk-funk que nos ha asolado en los últimos años. Una calidez y luminosidad que vienen subrayadas por las notas claras de su guitarra Epiphone Sheraton II y por los brillantes arpegios del teclado de Rostam Batmanglij. Con esta parca instrumentación –súmenle bajo y batería, y, solo en los discos, arreglos de cuerda y algún adorno más–, el grupo ha reproducido de forma admirable los juegos de armonías africanas que popularizaron entre nosotros el ya citado ex socio de Garfunkel y Peter Gabriel.
¿Turismo musical?, insinúan algunos. Ni hablar. Admiración genuina. Lo afirmo porque el gen africano forma parte del ADN de sus canciones (quitas eso y no queda mucho más), y porque cuando recuperaron “Graceland” (1986) y “One-Trick Pony” (1980) eso era lo más antifashion que existía; ellos lo convirtieron en tendencia. Vamos, que esta banda es de las grandes, aunque el concierto no fue nada del otro mundo. Uno salía de ahí como si le hubiera rozado una leve brisa. ![]()


























