El carisma de Vic Chesnutt es especial. Su presencia conmueve, inquieta. Él solito se despliega y se recoge. Hace y deshace. Almacena pequeños sueños y luego los arroja al público.
Una guitarra española recubierta de pegatinas, dos pedales de efectos y su inseparable silla de ruedas observan el mundo desde un pedal flanger, que consigue dar forma a uno de los sonidos más marcianos que he tenido la oportunidad de escuchar. Más curioso que bonito, tal vez, pero sin duda perturbador. La belleza de Vic Chesnutt se encuentra semioculta. Hay que escarbar para penetrar en ella. La mitad del público, que se evaporó en la tercera canción, no lo sabía. Pero no importa. Balbucea algo en castellano. No le entendemos. “Perdonadme, sólo soy un americano estúpido”. Vuelve a sonreír y prosigue.
Quizá el concierto duró más de lo relativamente soportable, más cuando la sucesión de acordes era la misma para cada canción, pero, aun a pesar de los últimos veinte minutos, su actuación fue mágica. Y jamás olvidaré esa frase: “Por fin estoy libre de esperanzas”, dicha por un hombre al que, hace doce años, le quedaron paralizadas las dos piernas tras un accidente de tráfico. Impresionante, dramático y endiabladamente real. ![]()


























