¿Quién nos podría odiar tanto? ¿Por qué? ¿No somos no sólo el país más rico del mundo, sino también el más bueno? En un país en el que apenas el 10% de la población posee pasaporte, en el que menos del 10% podría señalar España (ni hablar de Irak o Afganistán) en un mapamundi, en el que la liga nacional del deporte favorito de su pueblo, el béisbol, se llama “la Serie Mundial”, y el ganador “el campeón del mundo”, en el que –en fin– se considera, en general, que el planeta más allá de las fronteras de los Estados Unidos carece totalmente de importancia, no es de extrañar que la gente se sorprenda al descubrir que hay muchos seres humanos que detestan al país que algunos llaman el Gran Satanás.
Y no sólo en Oriente Próximo. Es curioso, por ejemplo, por no decir extraordinario que, con poquísimas excepciones, los americanos no tengan la más mínima conciencia del mal que hicieron en Centroamérica, y en Chile y en otros países de su hemisferio, durante los años ochenta. De las víctimas que cobró la política del presidente más querido en los Estados Unidos desde Kennedy, Ronald Reagan.
Pero la confusión que siente el americano medio hoy es más profunda. Más allá de la sorpresa que experimenta al descubrir el nivel de su ignorancia ante los problemas del mundo, siente como que los cimientos de su mundo se han venido abajo. El americano es una persona que cree en grandes verdades, “verdades evidentes”, como dice la Declaración de Independencia, y una de ellas es que Estados Unidos, el país al que en casi todos los casos huyeron su antepasados en busca de una vida más segura y mejor, es una fortaleza contra los males que podrían existir en el mundo externo, desconocido. Fortress America, “Fortaleza América”, es la expresión que utilizan hace mucho tiempo.
Pero, de repente, si aquellos dos magníficos símbolos del poderío económico y militar de los Estados Unidos (“la hiperpotencia”, como dicen los franceses), como lo son el World Trade Center y el Pentágono, son vulnerables, entonces todos somos vulnerables. Pensábamos que podíamos ir a la guerra sin que muriesen nuestros soldados. O, más bien, se lo exigíamos a nuestros políticos. Guerras de sangre ajena. Y resulta que ahora están muriendo miles y miles y miles de civiles. Y lo que es especialmente desconcertante, lo que marca una de las muchas diferencias de magnitud con Pearl Harbour, es que ni siquiera sabemos exactamente quién es el enemigo. Nos han atacado, pero nos han dejado ciegos, incapaces de ver –por más CIA, FBI, por más satélites espías que podamos tener– quién fue nuestro agresor.