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ALAN VEGA, La última mutación

Detrás de los gritos agónicos y la imagen de luchador callejero se escondía un refinado conversador. Foto: Virginia Liberatore

 

FREESTYLE (2016)

ALAN VEGA La última mutación

Figura de culto cuya influencia ha sido inversamente proporcional a su rentabilidad comercial, Alan Vega (1938-2016), el 50% del legendario dúo Suicide, fallecía el pasado 16 de julio a la edad de 78 años. Otro aviso más de que la setentena es una edad de fatal riesgo para supervivientes del rock, la desaparición de este hiperbólico chamán del pre-punk neoyorquino vuelve a plantearnos la cuestión de si la estirpe artística a la que pertenecía Vega se encuentra en vías de extinción. Con él, que tanto hizo por reanimarlo, también ha muerto un poco más el rock. Jaime Gonzalo escribe sobre su encuentro en 1980. ¡Viva Vega!

El azar, por algo es quien es, dispone que la noticia del deceso de Alan Vega me alcance precisamente mientras ando trabajando en una antología de textos, entre los que se encuentra la entrevista que mantuvimos hace ya casi cuatro décadas. Originalmente publicada en el más lejano ancestro de Rockdelux, ‘Vibraciones’, tuvo lugar esa charla el pegajoso verano de 1980 en las oficinas que Ze Records ocupaba en la calle 57 de Nueva York. Fundado por Michel Esteban y Michael Zihka tras disolver su asociación con John Cale y Spy Records, constituía Ze, entonces, el sello moderno por excelencia, habiendo patrocinado la no wave y el mutant disco, y a artistas que, como Lizzy Mercier Descloux y Kid Creole, alimentaban el hipsterismo de la época. Ze transpiraba, además, una  transversalidad cultural que, de algún modo, conglomeraba vanguardia “manhattanita” con veleidades euro arty, pues uno de sus impulsores era francés y el otro británico. Aquella atmósfera cegaba a cualquiera. La más deslumbrante rareza de las allí presentes, paradójicamente, se localizaba en el dúo “paleoctrónico” Suicide, unos apestados y escasamente chic veteranos del protopunk cuyo segundo álbum había publicado Ze un par de meses antes, intentando refinar su primitivo voltaje con la producción de Ric Ocasek.

 
ALAN VEGA, La última mutación

Deslumbrante rareza, el dúo Suicide: unos apestados y escasamente chic veteranos del protopunk.

 

“Alan Vega tiene el rostro demacrado”, anoté a propósito de aquel encuentro. “Su mirada se neutraliza tras unas impenetrables gafas oscuras. Una boina roja recoge el pelo. Chaleco claro, camisa y pantalones negros, zapatos blanquioscuros. Su comportamiento es de una radiante afabilidad. Detrás de los gritos agónicos y la imagen de luchador callejero se esconde un refinado conversador”. El recuerdo personal que ha permanecido de Vega, no obstante, cristaliza bipolar. Días antes de la entrevista podía observarlo actuando con Suicide en el club Danceteria, y allí emulsionaba su atroz alter ego. Se encontraba la pareja en la plenitud de eso que llaman madurez, y el hombre, a sus 42 años, circunvolaba pletórico, poseído por una tensión eléctrica que le envaraba la espina dorsal, otorgando a sus movimientos la saltarina espasticidad de un jilguero en tierra firme. No cesaba de farfullar y maldecir para sus adentros. Parecía estar muy puesto, o muy cabreado, o, lo más probable, ambas cosas a la vez. Danceteria era un local recientemente inaugurado, también de moda, frecuentado por modernos. No muchos acudieron esa noche, pero allí procedió Vega a despedazar lo moderno desalojando de las tablas a aquellos que, reclamando música bailable –como si la de Suicide no lo fuera–, se encaramaron a ellas, a modo de protesta. “¡Salid del puto escenario, cabrones!”, les gritaba, y como no accedieron a complacerlo, aquel se ausentó unos segundos para regresar cargado con unas cadenas que a saber de dónde sacaría. Como un cómitre furioso, descargó cadenazos sobre costillares varios, ahuyentando a todo bicho viviente no solo del escenario, sino también de las primeras filas, para emprenderla luego con la tarima y los altavoces, que no hizo añicos de milagro. Balbuceaba, echaba espuma por la boca, ponía los ojos en blanco, hipaba y gemía... Reencarnándose en Caronte, surcaba la laguna Estigia a cien millas por hora, como el bólido de “Rocket U.S.A.”... “Voy a chocar, voy a morir, pero no me importa”. Iba en busca de los muertos, porque los vivos no le oían.

 
ALAN VEGA, La última mutación

Martin Rev y Alan Vega, jinetes fantasmas, oscuras criaturas que resucitaban arcanos ritos paganos.

 

El Hades cuyas puertas pretendía traspasar era el del Rock’n’Roll, pues no otra cosa que rock’n’roll mutado era Suicide y lo mejor que grabaría Vega en solitario. “Suicide está inspirado en gente como Budy Holly, Elvis y cantidad de ‘oldies’”, me participó. “Todos los grupos de ahora tocan material viejo. Ya no se puede inventar nada. Es difícil hacer algo nuevo”. ¿Qué habría opinado hoy? Y, sin embargo, Vega, atalayado sobre la grumosa empalizada analógica levantada por Martin Rev, forjaba un nuevo monstruo de Presleystein, con Iggy en el papel de Igor. Una oscura criatura que resucitaba arcanos ritos paganos, un mito apócrifo de una gesta embalsamada, un jinete fantasma cabalgando en círculos sobre una explanada de cenizas. Qué magnífico espectáculo, el de esa resurrección que hacía una vez más conjugable en tiempo futurible el verbo de la música más políticamente sospechosa, que diría Lodovico Settembrini, del siglo XX. Y si bien, como afirmaba este, “la música sola no hace avanzar el mundo”, la pocilga existencial y las neurosis que recreaba Vega en sus histriónicas letanías se veían retribuidas de una universalidad que hacía insignificante lo mundanal. Retrocedía el mundo en sus manos a un estado donde pavor y ternura, éxtasis y desolación, eran reducidos a escuetos fragmentos de información minimalista, pero libre y apasionada, inspiradora y, afortunadamente, inimitable. Acaso sea la relatividad de lo nuevo y lo antiguo, esa esquizofrenia en la que se debate falsamente el rock, la más instructiva reflexión que pueda suscitarnos ahora su ausencia.

Publicado en la web de Rockdelux el 22/7/2016
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