Disco de la década, EP del año, canción del año y sonido del nuevo milenio... Ahora todo el mundo quiere sonar como Animal Collective, sí, y tanta unanimidad asusta ¿Tan influyente está siendo su música? Desde luego. Las escalas vocales que han popularizado, por poner un solo ejemplo, son más accesibles para el oyente (el músico en potencia) porque tanto la banda como su creciente público se han ido aproximando mutuamente. Su capacidad de convocatoria aún no muestra un final, y eso significa que cualquiera que pueda sostener un disco de Beach Boys en una mano y uno de psicodelia en la otra es susceptible de acabar escuchando una música que hace unos años –cuando publicaron “Sung Tongs” (2004), sin ir mucho más atrás– le hubiese parecido excesivamente extraña.
Atrayéndolo, Animal Collective empujan al público. Paralelamente, mantienen cierto estatus de banda para músicos que crea adherencias y mímesis. En breve –o ya mismo–, los más listos de la clase se bajarán del carro o por lo menos lo harán ver. Pero algo quedará, y muchos debutantes seguirán sonando un poco o mucho como ellos. Sobre todo, aquellos que lo nieguen rotundamente.
Hay un primer factor determinante: el raider de las bandas también evoluciona, y los grupos se parecen unos a otros en primera instancia y en alguna medida porque la disposición en el campo de su line-up ha venido determinada por la del grupo que más les ha influido o abierto los ojos. Antes uno montaba una banda de pop con el esquema guitarra-bajo-batería clavado en la cabeza y los extras eran opcionales; ahora el punto cero está en elegir: combo clásico o exactamente los mismos cacharros que lleven Animal Collective...
Ya casi dan ganas de ver qué pasará si su lenguaje se sigue sofisticando exponencialmente y la crisis económica sigue adelante. ¿Qué tipo de punk saldrá como reacción a todo eso? ¿Qué hay al otro lado del péndulo exactamente? ¿Cómo será lo antiAnimal Collective? ![]()











