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ANTÒNIA FONT, Gracias, robots

Ilustración: Paco Alcázar

 

VISTO Y NO VISTO (2014)

ANTÒNIA FONT Gracias, robots

Se despidieron a finales de 2013 con tres conciertos consecutivos en el Teatre Principal de Palma. Un regalo para el reducido número de fans que pudo disfrutar por última vez en directo de unas canciones que engrandecieron la semántica del pop cantado en catalán, oxigenando una escena tullida tras los años de institucionalización, y situaron a los mallorquines a la cabeza de una nueva generación de músicos que resultaría incomprensible sin su influencia. Joan Cabot estuvo allí y lo explicó. Más sobre el final de Antònia Font, aquí.

Suena a despedida: “Dolça besada, té gust a que s’acaba”. Antònia Font ponían con esa última canción (“Viure sense tu”) punto final a diecisiete años de carrera, tres horas de concierto y tres noches seguidas (26, 27 y 28 de diciembre) en el Teatre Principal de Palma, escenario de algunas de sus celebraciones más memorables desde que la banda presentara allí su segundo trabajo, “A Rússia” (2001). Del mismo modo que en la canción, el grupo de Joan Miquel Oliver nos ha legado nuevos manuales de geografía, una cartografía pop completamente renovada cuya influencia resulta tan obvia como difícil de acotar. Que algunos miembros de Manel –con quienes comparten (o compartían, mejor dicho) oficina de management– estuvieran ese día entre el público es un ejemplo de ello, un reconocimiento necesario, ya que sin Antònia Font las cosas hubieran sido de otra manera.

Porque cuando se formaron a finales de la década de los noventa, el llamado “pop català” había llegado a un punto muerto, castrado por la instrumentalización política y la discriminación positiva que había convertido un proceso de necesaria normalización en excusa para la mediocridad. Sin pretenderlo, Antònia Font acabaron con todo aquello con sus dos primeros álbumes, abriendo un nuevo abanico de posibilidades que ellos mismos explotarían de forma brillante en discos posteriores como “Alegria” (2002) o “Taxi” (2004). De nuevo, parecía posible hacer música relevante y cantar en catalán; así, nacería una nueva generación de grupos liberada de los viejos complejos.

La influencia de Antònia Font fue tan inmediata que Fora des Sembrat, un buen ejemplo de ese antiguo régimen, se hizo con los servicios de Oliver como guitarrista y compositor en el disco “Història d’un home-llibre” (2001). Jaume Sisa y Albert Pla, en cambio, reconocieron en él a un igual: un autor y letrista que siempre se movió según su propio compás y al que se podría considerar como el primer indicio del advenimiento de, quizá, la Generación Nocilla, si no fuera porque cualquier etiqueta se le queda pequeña al gran Oliver. Él és su propia constelación.

 
ANTÒNIA FONT, Gracias, robots

Antònia Font siempre serán una incógnita, un crucigrama sin descifrar: atrevidos y comprensibles, populares y experimentales.

 

Con los hermanos Pau y Pere Debon, el teclista Jaume Manresa y el bajista Joan Roca a su lado, Antònia Font aprovecharon su tirón popular para evolucionar con trabajos cada vez más ambiciosos y crear artefactos conceptuales imposibles con los que pusieron a prueba a sus seguidores, que a pesar de todo han seguido prefiriendo la nostalgia verbenera de “En s’estiu” y “S’univers és una festa” (calculadamente emplazadas en el segundo bis en su concierto de despedida), pero siempre demostrando que se puede ser atrevido y a la vez comprensible, que se puede ser popular y experimental sin perder el hilo argumental.

Si la medida de un hombre la da cómo decide descabalgarse de este mundo, Antònia Font se despidieron de forma sobria. Poco amigos de los excesos dramáticos, la banda se mantuvo fiel a sus principios y se permitió pocos autohomenajes. Puede que Pau Debon estuviera especialmente eufórico; puede que Oliver sonriera más de lo habitual en él. Pero, en realidad, podría haber sido un concierto cualquiera, otro más, con la inclusión de algunos pasajes tirando a aburridos, siempre tan pulcros y profesionales, si no fuera por la emoción que se sentía en platea y por ese detalle final, con el grupo obligando a colaboradores y amigos a subirse junto a ellos para recibir la última ovación, incluida la Antònia Font real, aquella amiga común que les prestó su nombre. Para quienes no forman parte de ese círculo, Antònia Font siempre serán en cierta medida una incógnita, un crucigrama sin descifrar. Por eso han sido, también, grandes.

Apagadas las luces, el grupo apareció en el hall del teatro para saludar a sus fans ya no como marcianos, sino como humanos: “Punt i principi de viure sense tu”.

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