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ANTÒNIA FONT, Se acabó la magia

Ilustración: Sonia Pulido

 

EDIT (2014)

ANTÒNIA FONT Se acabó la magia

Antònia Font, la formación más heterodoxa del último pop cantado en catalán, se despidieron el 26, 27 y 28 de diciembre de 2013 en tres exitosos conciertos celebrados en Palma de Mallorca. Brillantes y emocionantes, muchas de sus canciones quedarán en el recuerdo para siempre. Eso opinó Santi Carrillo en este laudatorio artículo centrado en los talentos de Joan Miquel Oliver y Pau Debon. Más sobre el final de Antònia Font, aquí.

Digámoslo claro: sin Pau Debon, las canciones de Antònia Font no habrían impactado de la misma manera. Y, sobre todo, no habrían traspasado emocionalmente la barrera de la inmortalidad, esa que solo se alcanza, habitualmente, cuando una voz de verdad, o especial, las lanza al éter y logra que se queden en la memoria de los oyentes para siempre. Las hace eternas. Justo lo que ha pasado con varias de las de Antònia Font, que formarán parte de las mejores que se han escuchado en los últimos años gracias a la dulce interpretación, cálida y amable, del cantante de los cantantes mallorquines.

Unas letras de desconcertante surrealismo doméstico, entre lo absurdo y lo poético, pero que cantadas por Joan Miquel Oliver, el insigne compositor, probablemente no habrían pasado el corte de lo perdurable, como se ha comprobado con sus reivindicables discos en solitario: interesantes, estructuralmente más atrevidos que los de Antònia Font, pero sin, quizá, el poso trascendentalmente sentimental de los del grupo.

Porque el acierto de Antònia Font fue, sobre todas las cosas, la confluencia perfecta de dos talentos sobresalientes (Oliver y Debon) hermanados en un objetivo común: dar vida a estrofas y melodías a la antigua usanza con un punto de fuga loco, loquito. Entre lo cotidiano y sus disparatadas ocurrencias leves, cargadas de una especie de idealismo infantil, calaron hondo esos mundos imaginarios de los mallorquines, normalmente sujetos a la convencionalidad de unos arreglos de vieja escuela: bagaje musical mainstream, no especialmente selecto, donde se mezclaban influencias clásicas y otras rematadamente vulgares, salpimentadas, inesperadamente, con algún original desorden estrambótico. De esa paradoja brotó, sorprendentemente, la inusual obra de Antònia Font, grandes sin parecerlo.

El quinteto supo crecer desde el concepto de fiesta mayor, su vocación inicial, hacia un espacio de libertad y reflexión donde la desprejuiciada pachanga se fue transformando en una heterodoxia galáctica de fantasía y misterio (a remolque de los mundos del maestro Sisa; denominación de origen) que se impregnó de positivismo y desembocó, incluso, en insólitos y sorprendentes discos conceptuales de alta graduación.

Aparentemente modestos (no el cerebral Joan Miquel Oliver, autoconvencido genio: “Soy capaz de combinar cualquier armonía o melodía con cualquier ritmo. Por eso la música no tiene secretos. Es una cuestión matemática”, nos dijo un día), dominaron todos los paisajes climáticos que van de la melancolía a la alegría, pasando por el romanticismo más sutil, o algo parecido a eso.

Su asombrosa frescura, sin concepción estética alguna, o con un amago impostado de ella, nos ha perturbado con su bella realidad feísta de cotidianidad rara y palabrería sugerente. Y su período cumbre, la bárbara trilogía central formada por “Alegria” (2002), “Taxi” (2004) y “Batiscafo Katiuscas” (2006), donde destilaron su abrupto concepto todoterreno y encontraron la verdadera esencia de su poder y, con ella, su (la) gloria, se eternizará, sin duda, en los futuros cancioneros “series oro” de las próximas generaciones galácticas.

Han dicho adiós. Y nosotros decimos: gracias por estos maravillosos años.

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