“Aquellos trabajos creados desde la soledad y desde impulsos creativos puros y auténticos –donde no interfieren la competición, la aclamación o la promoción social– son, precisamente por eso, más valiosos que las producciones de profesionales. Después de cierta familiaridad con estas eflorescencias de exaltada febrilidad, vividas de forma tan plena e intensa por sus autores, no podemos evitar la sensación de que, en relación con estos trabajos, el arte cultural en su totalidad se aparece como el juego de una sociedad fútil, un desfile de falacias”.
El aserto es de Jean Dubuffet (1901-1985), pintor y escultor francés, quien acuñó el término “art brut” inspirado sobre todo por dos libros: el primero fue “Un paciente psiquiátrico como artista”, publicado en 1921 por el Dr. Walter Morgenthaler y basado en Adolf Wölfli, paciente suyo, un personaje caótico y monumental que habrá de merecer nuestra atención un día, dada su improbable producción musical, no solo plástica. El otro libro fundacional del art brut fue “El arte de los enfermos mentales”, publicado por el Dr. Hans Prinzhorn un año después.
Las relaciones de Dubuffet con heterodoxos como Céline, Antonin Artaud, los surrealistas o el Colegio de Patafísica también dan para mucho, pero eso es otra historia, u otras historias. Con este tema las ramificaciones se multiplican, se hacen inabarcables como la vida. Centrándonos (es un decir), el sello art brut se refiere al arte creado fuera de la cultura oficial, pero poniendo el foco sobre todo en el producido por pacientes de psiquiátrico, aunque también por presidiarios o niños. Su traslación al inglés, con el término outsider art, se dio en los años setenta, pero ampliando su significado para incluir también a gente autodidacta o creadora de arte naíf, ajena tanto a las instituciones culturales como a las instituciones mentales. Finalmente, la etiqueta ha devenido en herramienta de marketing que abarca todavía mucho más. Ya se sabe, los anglosajones.
Por fin, y después de esta wikipédica introducción al outsider art, llegamos a la aplicación de este concepto a la música pop: la outsider music, tal como aparece compilada en el fantástico libro “Songs In The Key Of Z. The Curious Universe Of Outsider Music” (2000), de Irwin Chusid. El libro, sin desperdicio, consta de capítulos monográficos dedicados a artistas muy diversos que van de gente absolutamente desconocida a celebridades, o que han terminado siéndolo, como The Shaggs, Daniel Johnston, Joe Meek, Syd Barrett, Captain Beefheart, Tiny Tim o Jandek. Completando el libro, y bajo su mismo título, apareció después una recopilación en dos volúmenes, en CD, que incluye tanto canciones de los músicos retratados en el libro como descubrimientos posteriores a su publicación.