Aunque ni es suficiente el voto negro ni que Obama sea ligeramente de ese oscuro color para explicar lo que sucedió el pasado 4 de noviembre. Esa noche, en medio de Union Square en San Francisco, cuando vi gente blanca, negra, joven, mayor, católica, homosexual, latina, nativa o inmigrante celebrando –muchos con lágrimas en los ojos– la victoria de Obama, estaba claro que la raza no había sido determinante pero algo había tenido que ver en su victoria. Y cuando digo raza no hablo en términos genéticos sino de los sentimientos tanto de los negros que han visto morir a amigos y familiares por cosas tan elementales como querer sentarse en el mismo banco o el mismo restaurante que un blanco, como de blancos que se avergonzaron de su raza porque en el país de las libertades se les denegaba el derecho a voto a los negros.
No hace tantos años, este Partido Demócrata al que pertenece Obama negaba la representación a los negros en la delegación del estado de Mississippi durante la convención de Atlantic City (1964). Una mujer salida de los campos de algodón sureños, descendiente de esclavos, semianalfabeta y que ni tan solo sabía que podía votar, había adquirido conciencia de sus derechos a golpe de gospel en la iglesia los domingos, de los sermones de los primeres líderes de los civil rights y de una tropa de chicos y chicas blancos que en verano del 64 llegaron creyendo que podían cambiar el profundo sur y de paso el mundo.
Esta mujer, Fannie Lou Hamer, hizo un discurso electrificante en esa convención cuando explicó que su “amo”, el dueño de la plantación, la había puesto de patitas en la calle por querer votar. Había nacido una estrella de los derechos civiles, quizás eclipsada por Martin Luther King, una mujer que denunció las condiciones en las que se vivía en el sur, sometidos a segregación, humillaciones, piras humanas del Ku Klux Klan y esterilizaciones forzosas –ella misma fue una víctima de esos procedimientos de “eugenesia racial”–.
Cuarenta años después, en la convención demócrata de 2004 nacía otra estrella, un tal Barack Hussein Omaba que explicaba sus orígenes multirraciales y el significado de su nombre: Barack, el que tiene suerte, la suerte de nacer en un país sonde los sueños se hacen realidad. En 1968, el Partido Demócrata se había puesto las pilas y ya aceptaba representantes negros en su delegación de Mississippi. Cuarenta años años después, tienen un presidente negro.