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BARACK OBAMA, El sueño americano no es negro pero tiene color

Ilustración: Pepo Pérez

 

MANIFESTO! (2008)

BARACK OBAMA El sueño americano no es negro pero tiene color

Montse Armengou es periodista y directora de documentales multipremiados. Uno de sus trabajos, “El llarg camí del somni”, la llevó al sur de los Estados Unidos para analizar in situ las esperanzas de los votantes negros y los delirios de los supremacistas blancos ante las elecciones norteamericanas que ganó Barack Obama el 4 de noviembre de 2008 (ante el republicano John McCain). En este artículo, publicado en diciembre de 2008 en Rockdelux, Armengou reflexionaba, primero, sobre el triunfo del demócrata (que tomó posesión de su cargo el 20 de enero de 2009) y, después, sobre si Obama podría aliviar los grandes males de su época (terrorismo y crisis económica) con la moderación de la que había hecho gala hasta entonces, cirunstancia que, hábilmente utilizada, le había servido para triunfar en aquellas históricas elecciones.

Ni es negro, ni ha experimentado la discriminación racial. Sus ancestros no eran esclavos y ha pasado buena parte de su vida más cerca de las élites de la universidad de Harvard y del establishment de Chicago que de la dura experiencia de los barrios negros (precisamente, trabajó en uno de esos vecindarios para conocerlos de cerca porque su infancia entre Hawái e Indonesia poco tenía que ver con esa realidad). Pero “Yes, he did”. Sí, Barack Obama pudo. Ha ilusionado, ha convencido, ha ganado y, sobre todo, ha podido desprenderse del lastre del tema racial que, para bien o para mal, ha estado sobrevolando durante toda la campaña. Es cierto que nunca se había visto una movilización tan importante entre el electorado negro. Y no deja de ser curioso porque, como digo, Obama no es negro sino mestizo, ni es afroamericano –en el sentido de descendiente de esclavos africanos nacidos en Estados Unidos– sino hijo de un estudiante keniano que no llegó como un ilegal a Estados Unidos, sino con una beca para ampliar estudios.

Hace pocas semanas, en el delta del Mississippi, en ese profundo sur donde nunca ganan los demócratas, preguntaba a algunos negros –ahora que ya tenemos presidente “negro” nos vamos a dejar de tonterías de “gente de color”, ¿no?– si iban a votar por Obama. La respuesta era un sí unánime. Mucha gente añadía entusiasmada que se iba a registrar –trámite imprescindible para poder votar en Estados Unidos– por primera vez. Está claro que Obama es joven, guapo, tiene carisma, sus discursos son convincentes... pero las propuestas electorales con las que ha ganado no son muy diferentes de las tradicionales del Partido Demócrata. Es más, puestos a buscar el “change we can believe in”, el cambio en el que podemos creer, ¿no era un cambio más profundo el que proponía Hillary Clinton en temas como la sanidad? Y eso por no hablar ya de otros candidatos demócratas –John Edwards, Dennis Kucinich– apeados de la carrera presidencial por demasiado “izquierdistas” y a los que dejaron sin fondos para seguir la campaña. Sí, ¡pero Obama era negro y por eso le iban a votar!

 
BARACK OBAMA, El sueño americano no es negro pero tiene color

El gran reto de un hombre negro y sus esfuerzos por alejarse de un discurso de negritud amargada y resentida.

 

Aunque ni es suficiente el voto negro ni que Obama sea ligeramente de ese oscuro color para explicar lo que sucedió el pasado 4 de noviembre. Esa noche, en medio de Union Square en San Francisco, cuando vi gente blanca, negra, joven, mayor, católica, homosexual, latina, nativa o inmigrante celebrando –muchos con lágrimas en los ojos– la victoria de Obama, estaba claro que la raza no había sido determinante, pero algo había tenido que ver en su victoria. Y cuando digo raza no hablo en términos genéticos, sino de los sentimientos tanto de los negros que han visto morir a amigos y familiares por cosas tan elementales como querer sentarse en el mismo banco o el mismo restaurante que un blanco como de blancos que se avergonzaron de su raza porque en el país de las libertades se les denegaba el derecho a voto a los negros.

No hace tantos años, este Partido Demócrata al que pertenece Obama negaba la representación a los negros en la delegación del estado de Mississippi durante la convención de Atlantic City (1964). Una mujer salida de los campos de algodón sureños, descendiente de esclavos, semianalfabeta y que ni tan solo sabía que podía votar, había adquirido conciencia de sus derechos a golpe de góspel en la iglesia los domingos, de los sermones de los primeres líderes de los civil rights y de una tropa de chicos y chicas blancos que en verano del 64 llegaron creyendo que podían cambiar el profundo sur y de paso el mundo.

Esta mujer, Fannie Lou Hamer, hizo un discurso electrificante en esa convención cuando explicó que su “amo”, el dueño de la plantación, la había puesto de patitas en la calle por querer votar. Había nacido una estrella de los derechos civiles, quizá eclipsada por Martin Luther King, una mujer que denunció las condiciones en las que se vivía en el sur, sometidos a segregación, humillaciones, piras humanas del Ku Klux Klan y esterilizaciones forzosas –ella misma fue una víctima de esos procedimientos de “eugenesia racial”–.

Cuarenta años después, en la convención demócrata de 2004 nacía otra estrella, un tal Barack Hussein Omaba que explicaba sus orígenes multirraciales y el significado de su nombre: Barack, el que tiene suerte, la suerte de nacer en un país sonde los sueños se hacen realidad. En 1968, el Partido Demócrata se había puesto las pilas y ya aceptaba representantes negros en su delegación de Mississippi. Cuarenta años años después, tienen un presidente negro.

 
BARACK OBAMA, El sueño americano no es negro pero tiene color

El inicio de un sueño que convirtió en realidad el eslogan “Yes, we can”: el “change” o la audacia de la esperanza.

 

La deuda de Obama con sus predecesores, con los que hace justo cuatro décadas morían por votar y que ahora le han hecho presidente, es innegable. Pero él no ha querido, deliberadamente o aconsejado por sus excelentes estrategas de campaña, jugar la carta racial. Quiere ser recordado más por ser el primer presidente que ha dado soluciones en temas sanitarios (cuarenta y siete millones de estadounidenses no tienen ningún tipo de seguro médico), o el que ha mejorado las condiciones de vida de una clase media que hoy cobra menos que hace treinta años (si descontamos la inflación), que por ser el primer presidente negro. Sus esfuerzos por alejarse de un discurso de negritud amargada y resentida ha llegado a extremos como no querer llamar por su nombre a Martin Luther King y tanto en la convención de agosto en Denver como la noche de la victoria electoral se refirió a él como “el predicador de Georgia que tenía un sueño”.

Ahora el sueño se ha hecho realidad, especialmente para los que son y quieren ver a Obama más negro de lo que en realidad es. Ahora tendremos que ver cómo es de reparador este sueño, cómo podrá aliviar los grandes males de su época (terrorismo y crisis económica) y cómo llevará a cabo el cambio prometido (que para ser efectivo necesita remover estructuras de manera radical) con la moderación que ha manifestado (o con la que hábilmente ha ganado las elecciones).

Todos soñamos, porque lo de estos últimos años con el tándem Bush-Cheney ha sido una pesadilla de la que tardaremos mucho en recuperarnos. Es como después de esas noches de terror: aunque hayamos despertado, el sueño nos persigue. Todos hemos necesitado creer en ese sueño esperanzador que nos va a aliviar de la carga de seguir siendo enemigos de los Estados Unidos. En Francia ya sueñan y le cantan a Sarkozy el “Oui, nous pouvons”, recordándole que uno de los países más multicolores de Europa tiene solo un representante negro en la Asamblea.

Espero que también sueñen –y para siempre– los que nos quieren despertar abruptamente, los que quieren la victoria de Obama para agudizar las contradicciones e iniciar “la gran revolución blanca”, esos residuos de las capuchas del KKK, que me saludan con un “Viva Franco” cuando les digo que vengo de Barcelona. Y espero que caigan en un sueño para no despertar jamás los que sueñan con un atentado que acabe con la vida de Obama. Y que del mismo modo que se ha convertido en realidad el eslogan “Yes, we can”, lo hagan los otros: el “change”, la audacia de la esperanza.

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