Hasta hace poco, nadie hubiera imaginado que sus canciones requiriesen de nueve personas sobre el escenario; es más, muchos dudan de que su hechizo pueda sobrevivir en estas condiciones. “Ya no es lo mismo”, murmuran con el ceño fruncido. En efecto, no es lo mismo, y el inicio del concierto fue muy elocuente en este sentido: “Perth”, convertida en imponente declaración de intenciones de rotundidad casi rock. Por esas aguas discurrió el concierto, con un sonido nítido que permitía prestar atención a los detalles de un mapa sonoro trazado con esmero en el que incluso resultaban elegantes las puntuales muestras de virtuosismo. Era visible el gozo de Vernon al ejercer de director de orquesta, sonriendo orgulloso a su banda, entregado a un recital de emociones colectivas, al feedback con un público rendido de antemano.“¡Quiero casarme contigo!”, le gritó una espectadora. “Creo que todavía estamos en una fase muy temprana de nuestra relación”, contestó él, ingenioso.
La prueba de fuego llegó con las canciones de su primer disco, que Vernon encaró magistralmente sabiendo que ya no tiene sentido interpretarlas entre lágrimas de cocodrilo. Al contrario, “Skinny Love” y “The Wolves (Act I And II)” se convirtieron en celebraciones, en catarsis; como si, de alguna forma, ya no perteneciesen a Bon Iver, sino a sus fans. Un regalo que resume la belleza de su música y que, esperemos, sea solo la antesala de todo lo que está por venir.
Fue también David Saavedra quien escribió, tras la primera visita de Arcade Fire en 2005, que podían llegar a ser “la mejor banda de estadio del siglo XXI” (ver Rockdelux 231). En aquel momento me pareció un comentario algo exagerado, pero el tiempo ha demostrado que su intuición iba bien encaminada. Similares pensamientos cruzaron mi cabeza al abandonar la Grande Halle con las notas de “For Emma” todavía flotando en el aire. Sí, este será un buen invierno. 