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Cajas que encajan, Razones sentimentales

Los discos persiguen a quienes todavía valoran la música por razones sentimentales. Todos han significado una cosa u otra.

 

FREESTYLE (2013)

Cajas que encajan Razones sentimentales

¿Qué hacer con los recuerdos musicales que se acumulan y nos hipotecan? Hablamos del formato disco, esa cosa tan desprestigiada que persigue a quienes todavía valoran el objeto por razones sentimentales, crematísticas o documentales. Porque todos los vinilos o los CDs han significado algo, probablemente importante, en momentos de felicidad o de soledad, de crisis o de euforia. Jesús Llorente elucubra al respecto.

Tras vivir durante poco menos que casi toda mi vida de adulto en el mismo domicilio, en el transcurso del último año y medio, y por razones de salud, dinero y amor (pero nunca por las tres al mismo tiempo), me he mudado cuatro veces de casa. La penúltima fue en abril y al barrio madrileño de Chueca, a la calle Libertad (lo cual provocó risas y preguntas sobre si, por fin –¿cómo que “por fin”?–, iba a salir del armario). Lo hice por alguien (es decir, por mí, pero también por alguien más), y aunque si bien es verdad que una naranja y un exprimidor están hechos el uno para el otro, no por ello pueden convivir más de lo justo. El caso es que en cada una de estas cuatro mudanzas me he enfrentado al dilema de qué hacer con mi colección de discos (así, en general, incluyendo vinilos, CDs y hasta una especie de contenedor con casetes que pesa casi cuarenta kilos).

Tentado de hacer una selección mínima de supervivencia, al final me pasaba horas, días, separando discos repetidos, algunos que ya no me interesaban, copias promocionales o regalos que nunca disfruté. Acarreaba cajas al Cash Converters y, a pesar de la más que digna selección –de Bowie a Guns N’ Roses, de Los Flechazos a Diana Ross–, nunca me ofrecían más de cinco céntimos por unidad. Tampoco tuve mejor suerte en clásicos como Metralleta y otras mecas de la segunda mano madrileña. No eran vinilos. No valían nada. Ni al peso. Entonces pensaba que era una señal (¿quién sabe?: los despojos de uno son el tesoro de otros a quienes bien podría conocer en el futuro), y regresaban conmigo para volver a ser empaquetados.

 
Cajas que encajan, Razones sentimentales

Los despojos de uno pueden llegar a ser el tesoro de otros en momentos de felicidad o de soledad, de crisis o de euforia.

 

No sufro de síndrome de Diógenes ni soy de acumular cosas. Es más, a estas alturas de la vida anhelo desprenderme de mis pertenencias antes de que se vuelvan impertinencias. Pero con la música me siento maniatado. Me cuesta decir adiós a la mayoría de los discos que poseo, por un motivo u otro. A casi todo le otorgo un valor preciso, sentimental, crematístico, documental. Todos han significado una cosa u otra, aunque sea como pie de página o nota al margen en una relación de pareja, en un momento de felicidad o de soledad, de crisis o de euforia existencial. En esta mudanza concreta, mientras almacenaba temporalmente el grueso de mi (digamos) ajuar en casa de un amigo, a la Calle Libertad solo me llevé una magra miscelánea. Pero siempre me daba por querer escuchar otra cosa que no había traído conmigo. O una canción me recordaba a otra que estaba en Dios sabe qué centímetro cúbico de cartón. Quería sacar un vinilo o un CD de su envoltorio y “ponerlo”. Poner un disco. Suena tan viejo como hacerse amigo de Tom de Myspace o de los Heavies de la Gran Vía.

Me empeño en seguir pensando que mi colección es algo que puedo legar a mis descendientes o subastar (hay piezas de postín, de verdad que las hay), regalar en Navidades y cumpleaños. No es lo mismo que transferir un millón de archivos o envolver un pendrive con un lacito. O eso quiero creer. Hace poco, cuando le conté todo esto a mi primo, experto en sanar con las manos (literalmente: es fisioterapeuta y toca el bajo en el grupo de black y death metal Brutal Slaugher), apoyó una de ellas en mi hombro izquierdo y me dijo. “Ese problema ya no lo tengo yo. Lo que tú tienes en 37 cajas yo lo guardo en la nube. En efecto, para él un disco no es algo que compras para ti, sino algo con lo que, como mucho, te obsequian. Y mejor que sea especial, que esté firmado o lleve pepitas de oro. Todo lo demás es como si no existiera.

Quizá por eso los míos van a permanecer, por un tiempo, dentro de cajas y más cajas, en continua transición hacia quién sabe dónde, hasta ser abiertos quién sabe si por cuatro manos, o por estas dos que ahora teclean esto que acaban de leer.

Publicado en la web de Rockdelux el 30/9/2013
Etiquetas: 2010s, 2013, sociedad
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