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CARLES SANTOS & CABOSANROQUE, La requeteconquista de lo inútil

En “Maquinofòbiapianolera”, junto a los tres CaboSanRoque, el gran Carles Santos al piano. Foto: Frederic Navarro Cifani

 

FREESTYLE (2012)

CARLES SANTOS & CABOSANROQUE La requeteconquista de lo inútil

Nando Cruz explicó lo que se vivió el 24 de febrero de 2012 en el Auditori de Barcelona, donde CaboSanRoque se unieron a Carles Santos en el experimento “Maquinofòbiapianolera”, un espectáculo que grabaron y que se acabó convirtiendo en el quinto álbum de CaboSanRoque: un libro-disco editado en 2013.

A estas alturas de la película, la idea de acudir a un concierto en el que los artistas manipularán una máquina anuncia el más absoluto sopor. Suena a tediosa rutina: el artista escudriñará la máquina, el espectador escudriñará la mirada del artista, intentando comprender qué demonios está haciendo con la máquina y, al final, artista y público volverán a casa sin haberse cruzado una sola mirada. El mito de la interacción, a tomar por saco.

Hoy, una máquina es un aparato programado para desempeñar ciertas funciones y sellado herméticamente para que nadie altere su interior. El día que se estropea, lo tiramos y compramos otro. Pocas personas se toman ya la molestia de comprender el funcionamiento de ese aparato que construyó antes otra persona. La máquina es un ente superior. Es un milagro cuando funciona hasta que un día, también inexplicablemente, deja de funcionar.

Por todo ello, CaboSanRoque son Werner Herzog arrastrando un barco por la selva amazónica. Llevan una década construyendo artilugios descomunales cuya única misión es generar sonidos de la era predigital. Es la conquista de lo inútil, sí, pero también es un fascinante desafío. Lutiers y lampistas, los catalanes imaginan y esculpen instrumentos dinosáuricos que pasean por este circo de pulgas que es el circuito de la música en directo, sabiendo que su complejidad y envergadura son su mayor atractivo y también su principal hándicap.

 
CARLES SANTOS & CABOSANROQUE, La requeteconquista de lo inútil

¡La máquina palpita sin cesar y de forma impredecible! ¡¡No paran de ocurrir cosas!! ¡¡¡Te faltan ojos!!! Foto: Frederic Navarro Cifani

 

En su último espectáculo, “Maquinofòbiapianolera”, su Frankenstein sonoro, su orquesta de amasijos, parece King Kong metido a presión en una cabina de teléfono. Intuyes que tarde o temprano explotará, pero no sabes cómo. Y te pasas el concierto mirando arriba y abajo: a los clarinetes de la derecha, al tambor que hay al lado del xilófono, al acordeón-pulmón del centro... ¡La máquina palpita sin cesar y de forma impredecible! ¡¡No paran de ocurrir cosas!! ¡¡¡Te faltan ojos para controlar tal desbarajuste!!! El espectador se ve acorralado dentro de un laboratorio donde las válvulas de múltiples ollas a presión giran enloquecidas sin que ninguno de los cuatro chalados científicos al mando muestre un especial interés o nerviosismo.

Junto a los tres CaboSanRoque (sí, esta vez ya solo son tres; la suya es la historia de la increíble orquesta menguante), está Carles Santos con su propia máquina de martillos y cuerdas: ese piano al que él tampoco trató jamás con respeto ni veneración. No hay más que verlo aquel día, en la Feria del Libro de Frankfurt, aporreando las teclas mientras el campeón del mundo de trial Adam Raga subía al piano con la moto. Aquí Santos está en su salsa. En este encuentro intergeneracional, las edades no importan. Les une su amistad con las máquinas. Y cuando el pianista pone las partituras contra las cuerdas (¿eso era Erik Satie?, ¿aquello fue una marcha militar?), al HAL 9000 de chatarrería de CaboSanRoque se le encienden las bombillas, se le disparan las sirenas y hasta se le despeina la azotea.

 

Los cuatro inician un diálogo de alaridos indescifrables. Es puro lenguaje preverbal. Es todo un juego. Un juego de niños.

 

Musicalmente podríamos relacionar “Maquinofòbiapianolera” con la alianza entre Alva Noto y Ryuichi Sakamoto. También aquí se establece una interacción entre el piano y las máquinas, pero en este caso el resultado es más mecánico y menos digital, más macro que micro. Digamos que sería un ensayo en preguerras del poético diálogo entre el alemán y el japonés. Aunque yo más bien compararía el feliz choque entre Carles Santos y CaboSanRoque con otro hipotético encuentro intergeneracional, el que uniría a Za! con Pascal Comelade. (Sí, yo también babeo solo con imaginarlo).

En varios momentos del espectáculo, los cuatro inician un diálogo de alaridos indescifrables. Es puro lenguaje preverbal, porque aquí no hay discurso que valga. Aquí te sientas e imaginas. Es todo un juego. Un juego de niños. De niños, tratando a las máquinas de tú a tú. Retorciendo el trazado del Scalextric para que los coches salgan disparados por la ventana. Arrancándole un brazo al Geyperman para que tenga que sujetar el fusil con la boca. Aquí se entienden los instrumentos como un punto de partida y no como un destino. Se restituye a la máquina su naturaleza mecánica y no se la adora ni se la teme como si fuese una divinidad... tecnológica.

Si el programador del auditorio multiusos de tu ciudad o el técnico del centro cultural más próximo se digna a contratar este espectáculo, no dejes de ir a verlo. Redescubrirás el inesperado placer de pasar cuarenta y cinco minutos boquiabierto, contemplando una máquina deslumbrantemente inútil. Una lata que late.

Publicado en la web de Rockdelux el 6/3/2012
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