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CHARLES MANSON, Hijo de Nadie

 Ilustración: Paco Alcázar

 

EDIT (2018)

CHARLES MANSON Hijo de Nadie

Incombustible arquetipo del reverso tenebroso de los eufóricos años sesenta y de los efectos colaterales de la borrachera contracultural, pese al ostracismo penitenciario y el tiempo, Charles Manson (1934-2017) resistió incólume al olvido en el imaginario popular. Su muerte por causas naturales el pasado 19 de noviembre lo fue solo a efectos físicos, pues, enterrado en vida, lo que lo mantenía vivo era la carismatización de sus despojos, sugirió Jaime Gonzalo en esta columna de opinión.

Caníbal matrioska, durante los últimos cincuenta años la cultura popular ha disuelto la identidad de Charles Manson bajo sucesivas capas de mistificador barniz sumiéndola en la oquedad absoluta. Quién era realmente ese aciago individuo resta un secreto que se ha llevado consigo al sepulcro, legando un constructo a merced de cuantiosas licencias, a cual más apócrifa.

Una reciente, la serie “Aquarius” (NBC, 2015-2016) –véase también “Charles (Manson) In Charge”, el décimo episodio de “American Horror Story: Cult” (FX, 2017), o, más de refilón, la primera temporada de “Mindhunter” (Netflix, 2017)–, constituye un prodigioso ejemplo de la capacidad de la ficción para desarrollar propiedades alienantes y extrapolar un concepto a esa terra nullius que limita al este con la posverdad y al oeste con la anomia. Un Manson psicológicamente protésico, fotogénicamente basculante entre galán de telenovela mexicana y maniquí de Emidio Tucci, propina en esa producción el coup de grâce a la endeble veracidad recabada por la digestión mediática del mito y su prosaico empeño en reducirlo a materia sintética. Manson, el ser, deviene lo de menos en tan pueril abstracción de la maldad, propia de esa tradición folclórica del asustador de niños de la que emanan represivas manipulaciones conductistas como el hombre del saco. Inversamente proporcional al ninguneo de sus reflexiones más lúcidas, la amplificadora opulencia con que la semántica mansoniana segrega deformantes neologismos se inscribe en el mismo proceso de supresión que reduce a Manson a una máscara del horror consumible y coleccionable, como la de Jason Voorhees. Quién o qué oculta resulta irrelevante.

Abundantes largometrajes –incluido el nuevo Tarantino–, documentales, libros, monográficos televisivos, fondos de hemeroteca, cómics, camisetas y discos baten un récord por el que el anticristo hippie se corona como el más rentable de los criminales; generador de una marca, recaudador de unas ganancias procedentes de su fetichización y explotación. Lo que no está nada mal, tratándose de alguien a quien no pudo probársele asesinato alguno y al que esa industria del entretenimiento que tanto le debe rechazó en su momento. ¡Qué sarcasmo! Su salto a la fama lo propiciaba la frustración de sentirse engañado y menospreciado por el negocio discográfico. Reificado hasta la médula, hace ya mucho que Manson dejó de existir por sí mismo para hacerlo a través del merchandising y de las especulaciones que este alimenta, por lo general todas ellas peyorativas, salvo excepciones como la ya mencionada “Charles (Manson) In Charge”. Quizá entrañe dicha usurpación una metáfora de lo que, por elemental, más nos aterra: la maldad se presenta, que no se representa, normal y ordinaria. A casi medio siglo de los hechos, la Mansoniada no parece más que una anécdota, vistos los actuales índices de atrocidad cotidiana.

Preservado en pátina vintage, mitema beneficiario del prismático prorrateo devengado por la iconización contracultural y sus plusvalías, conspiranoias al margen, el estigma de Manson es el de ilustrar, como el festival de Altamont, en calidad de chivo expiatorio, la demonización de la utopía y sus ingenuos valores. La verdadera pesadilla no solo fue Manson, sino también las circunstancias –sociales, legales, culturales, políticas, económicas, químicas– que lo determinaron: tratado a puntapiés por un deshumanizador destino, a los 32 años –el 60% de los cuales los había pasado entre rejas purgando delitos menores, pero, desafortunadamente para él, competencia de la jurisdicción federal– volvía a respirar los aires de la libertad. Contra su voluntad. La prisión era su hogar y no quería abandonarlo. Trágico desenlace a la lucidez del enloquecido, el nuevo mundo al que le expulsaban era efectivamente tierra de la abundancia si uno dependía de sus instintos depredadores para subsistir.

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