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China Today, La colmena infinita

Centros comerciales en cada esquina. Es la colmena infinita, el paso conjunto de más de mil millones de seres hacia adelante.

 

FREESTYLE (2011)

China Today La colmena infinita

Con este artículo literario sobre los nuevos valores de la sociedad china, el gran viajero David S. Mordoh se propuso analizar, o no, las características que unen o diferencian a los pueblos de diversas partes del mundo. Apuntes sociales y visión personal. El trayecto empezó en Guangzhou.

Después de casi veinte años sin pisarla, mi tercera visita a Guangzhou en un año se inicia aterrizando casi a medianoche. Terminaron los Juegos Asiáticos y ahora les toca a los Paralímpicos, de allí que el incremento inusual a esta hora condene a centenares de pasajeros de tres vuelos a hacer cola en espera de que aparezca un taxi.

La impaciencia, uno de los principales vestigios chinos de las épocas de penuria de antaño, hace que afloren viejos hábitos –como colarse– que la educación de las nuevas generaciones trataba de erradicar. Estamos a más de cuarenta kilómetros del centro en plena madrugada, y no tengo ni idea de cuándo saldré del atolladero. Muchos andan ya saltando las vallas de la autopista, pues al otro lado, con maniobras imprudentes, se detienen conductores que han visto la oportunidad de un dinerillo extra. Recogen pasajeros, no sé cuánto cobran, pero estoy seguro de que hacen un inmenso favor. Sin embargo, la altura de la valla y el excesivo peso de mi mochila –unido a una puesta a punto física penosa de mando a distancia– me hacen desistir. Estoy en blanco, sentado sobre mis bártulos; se me han colado incluso los ancianos. Al cabo de media hora, de pronto suena un silbato y, como por arte de magia, centenares de taxis entran en el recinto. ¿Fueron plegarias budistas, siempre más puras –que las nuestras, más egoístas–, o simplemente las autoridades reclamaron taxis del downtown?

He decidido alojarme, preso de mis recuerdos y en contra de lo que aconsejaba mi mapa laboral, en esa isla-oasis céntrica, al borde del río, que es Shamian. Porque quiero estar en el viejo Cantón colonial todo el tiempo del que me dispensen mis obligaciones en el nuevo y multitudinario Guangzhou. Shamian está casi igual que la primera vez que la pisé en 1990. Mejor cuidada por los esfuerzos de la UNESCO, casi peatonal, y tan mal iluminada de noche como entonces, con la excepción del mastodóntico y legendario hotel White Swan (el de la cascada en el lobby). Yo me alojo en el hotel Guangdong Victory, cuya ala nueva solo guarda las apariencias con el sabor esplendoroso del pasado, sin poder abstraerse de los signos de los tiempos, como los saludos nocturnos –pese a la clientela compuesta por familias norteamericanas con niños– desde la peluquería –al lado de recepción– vendiendo sexo.

 
China Today, La colmena infinita

La obra pública es incesante, se trabaja día y noche. Agujeros como cráteres infestan la ciudad.

 

Lo que más impacta de Guangzhou, si has estado dos décadas ausente, son los cambios. Antes solo había bicicletas y avenidas grandísimas sin apenas tráfico de cuatro ruedas (salvo durante jornadas de desfile). Hoy las pocas bicis casi molestan, no avasallan las motos, y el parque móvil –empiezan a proliferar coches de gama media– incluso tiene problemas de congestión en ciertos puntos y horas pese a la infraestructura urbanística previsora (autopistas elevadas sorteando edificios, muchos carriles…). Pero si hay un medio de transporte eficaz, este es su joven metro. Al menos cuatro nuevas estaciones se han abierto desde que estuve la pasada primavera, y hay otra línea en proyecto. Agujeros como cráteres infestan la ciudad, dentro de los cuales trabajan grúas y obreros sin cesar día y noche (muchos visitantes en China se quejan del poco sueño que concilian por culpa de las obras), como si el país tuviese cierta prisa para avanzarse a su futuro. Al nuestro seguro que sí.

En el metro uno se percata de la eficiencia del sistema chino. En horas punta interviene la policía, pero en todo momento percibes que la marea humana mantendrá la compostura. Cola para bajar, cola para pasar la bolsa por el escáner, cola para sacar billete en las máquinas, cola para subir en el vagón como sardinas en la lata. Todo en un tiempo relativamente corto. Nos apretamos como podemos. Advierto bastante gente mayor, sobre todo con cochecito y niño (los abuelos cuidan a los nietos para que ambos cónyuges trabajen). Muchos miran alrededor con extrañeza, entre maravillados por los tiempos que están viviendo y enfurruñados por un progreso que en cierta medida rechazan. Alguno incluso me empuja cuando las apreturas hacen que los roce peligrosamente cerca del retoño, ante las miradas de otros pasajeros más jóvenes que se posan sobre mí. Sonrío y me devuelven una sonrisa cómplice. Creen que he comprendido. No sé.

Después de mil pasillos de ida, el trabajo agotador buscando producto en edificios de mayoristas convertidos en mercados interminables, y mil pasillos más de vuelta, camino desde el hotel al atardecer, mudado y aseado, recordando aquellas viejas calles arboladas repletas antaño de comercios chinos familiares en forma de colmaditos vendiendo de todo lo imprescindible. Gran alegría: algunos aún subsisten en segundo plano, ya casi invisibles tras la iluminación de comercios vecinos con diseño de este milenio. Voy a parar a la zona peatonal de Shang Jiulu. De aquí para allá, solo entre la multitud, bajo el cielo de neones. Grupos de jóvenes pasean también sin rumbo fijo; de hecho, das media vuelta y vuelves a cruzarte con ellos. Pocas cosas que hacer, poco margen a la diversión tal como la entendemos en Occidente, pocos bares, poquísimos pubs, todo lo más McDonald’s y KFC. A pesar de su indumentaria –minifaldas, tejanos hip hop– y su talante rebosando ilusión, les falta aún dinero y cultura de ocio.

 
China Today, La colmena infinita

La mayor feria comercial del mundo, en Guangzhou. Un país comunista jugando con baraja capitalista y venciendo.

 

En una calle cercana de comercios de antigüedades, antes de ir a cenar al célebre restaurante Tao Tao, busco un regalo para el cumpleaños de un amigo. Entro en una tea shop y pido un té bueno. Me enseñan té prensado, como una ensaimada de un palmo de diámetro envuelta en papel blanco viejo. Té de Yunnan. Pido precio. 1000€. Procuro que la puñalada interior no asome por fuera más que en forma de ceja arqueada, tipo Roger Moore, con ironía. Les pedí un té bueno, y un té bueno me han mostrado. Evidentemente, salí de la tienda con un té sensiblemente inferior, también de Yunnan. “El que yo tomo”, me aconsejó la dependienta. Ahora que lo pienso, quizá me pasé de barato (aunque el precio no me lo pareció).

Por la noche fui a Lucy’s, un local de Shamian donde comes y bebes rodeado de expatriados y nativos pudientes. Dos señoras chinas acompañadas por un señor, bien vestidas, con el pelo crepado y rondando los 40, se sientan en la mesa de al lado. Con gesto de nuevas ricas llaman al camarero, pidiendo una botella de vino tinto. Tras un par de sorbos saldados con mueca de desagrado en la comisura de los labios, una de ellas vuelve a llamar al sirviente, trayéndole este raudo un par de bolsitas de azúcar que acaban trágicamente en el vaso lleno. Sacrilegio, exclamaría un francés. Grave afrenta en el reino talibán de Baco. Poca clase. Seguramente. Para mí, no obstante, es una señal. Yo, como millones de occidentales en su lugar, me hubiese conformado: he probado una delicatessen que no me gusta, pago y la dejo. Los chinos no. Han pagado y no les gusta el sabor, así que deben revertir la situación hasta verle provecho.

Es el arte del remiendo para salir del paso. Es el arte ancestral chino, primer punto de un manual para sobrevivir que está llevando en volandas a este país y a buena parte del continente asiático, ese que pasa del buen gusto y de las formas, de lo que tiene clase y de lo que no la tiene, para centrarse en un pragmatismo demoledor. Europa, mientras tanto, se rasca en su mullida atalaya sin saber reaccionar. Ve cómo los demás andan enchufados rumbo al futuro y ella, vieja engreída, se niega a ponerse las pilas porque son chinas. Ni siquiera puede solucionarlo a su manera de siempre, que es montar una guerra para seguir sin trabajar expoliando las colonias. Demasiado tarde, debería haberlo intentado hace veinte años. Ahora, pese a la cacareada falta de libertad de expresión, a la polución de su aire y a su sentido del humor distinto, ellos suman muchísimas más virtudes. Un país comunista jugando con baraja capitalista y venciendo. Es la colmena infinita, el paso conjunto de más de mil millones de seres hacia adelante. Atronador. Por ello, me encuentro extrañamente contento cuando consigo dar uno junto a ellos, al unísono. Y, cuando a base de muchísimo esfuerzo, logro sacarles una sonrisa.

Publicado en la web de Rockdelux el 5/3/2011
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