En una calle cercana de comercios de antigüedades, antes de ir a cenar al célebre restaurante Tao Tao, busco un regalo para el cumpleaños de un amigo. Entro en una tea shop y pido un té bueno. Me enseñan té prensado, como una ensaimada de un palmo de diámetro envuelta en papel blanco viejo. Té de Yunnan. Pido precio. 1000€. Procuro que la puñalada interior no asome por fuera más que en forma de ceja arqueada, tipo Roger Moore, con ironía. Les pedí un té bueno, y un té bueno me han mostrado. Evidentemente, salí de la tienda con un té sensiblemente inferior, también de Yunnan. “El que yo tomo”, me aconsejó la dependienta. Ahora que lo pienso, quizás me pasé de barato (aunque el precio no me lo pareció).
Por la noche fui a Lucy’s, un local de Shamian donde comes y bebes rodeado de expatriados y nativos pudientes. Dos señoras chinas acompañadas por un señor, bien vestidas, con el pelo crepado y rondando los 40, se sientan en la mesa de al lado. Con gesto de nuevas ricas llaman al camarero, pidiendo una botella de vino tinto. Tras un par de sorbos saldados con mueca de desagrado en la comisura de los labios, una de ellas vuelve a llamar al sirviente, trayéndole este raudo un par de bolsitas de azúcar que acaban trágicamente en el vaso lleno. Sacrilegio, exclamaría un francés. Grave afrenta en el reino talibán de Baco. Poca clase. Seguramente. Para mí, no obstante, es una señal. Yo, como millones de occidentales en su lugar, me hubiese conformado: he probado una delicatessen que no me gusta, pago y la dejo. Los chinos no. Han pagado y no les gusta el sabor, así que deben revertir la situación hasta verle provecho.
Es el arte del remiendo para salir del paso. Es el arte ancestral chino, primer punto de un manual para sobrevivir que está llevando en volandas a este país y a buena parte del continente asiático, ese que pasa del buen gusto y de las formas, de lo que tiene clase y de lo que no la tiene, para centrarse en un pragmatismo demoledor. Europa, mientras tanto, se rasca en su mullida atalaya sin saber reaccionar. Ve cómo los demás andan enchufados rumbo al futuro y ella, vieja engreída, se niega a ponerse las pilas porque son chinas. Ni siquiera puede solucionarlo a su manera de siempre, que es montar una guerra para seguir sin trabajar expoliando las colonias. Demasiado tarde, debería haberlo intentado hace veinte años. Ahora, pese a la cacareada falta de libertad de expresión, a la polución de su aire y a su sentido del humor distinto, ellos suman muchísimas más virtudes. Un país comunista jugando con baraja capitalista y venciendo. Es la colmena infinita, el paso conjunto de más de mil millones de seres hacia adelante. Atronador. Por ello, me encuentro extrañamente contento cuando consigo dar uno junto a ellos, al unísono. Y, cuando a base de muchísimo esfuerzo, logro sacarles una sonrisa. 