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CHIQUITO DE LA CALZADA, Fuera de temporada

Lo que menos importa, el chiste. Aquí impera la forma sobre el contenido. El cómico como ejemplo del triunfo del estilo.

 

 

EDIT (1997)

CHIQUITO DE LA CALZADA Fuera de temporada

Por Joan Pons

El popular humorista Chiquito de la Calzada (1932-2017) murió la semana pasada. Fue un cómico indescifrable que alcanzó la gloria ya tardíamente, en la década de los noventa, con sus impagables apariciones en televisión –a partir del éxito en el programa ‘Genio y figura’ (Antena 3, 1994)–. Sus palabras inventadas han quedado como recurso gracioso en mil conversaciones que, simpáticamente, siguen honrando la inventiva descacharrante de un tipo que del absurdo lingüístico y gestual hizo un estilo único. Lo recordamos en este texto que escribió Joan Pons en el editorial del Rockdelux de octubre de 1997, hace ya más de veinte años.

La fiebre Chiquito de la Calzada hace ya un par de años que pasó. Incluso las recaídas que impusieron algunos de sus más afamados imitadores (Lucas Grijander, Nuñito de la Calzada…) empiezan a diluirse en la memoria. Pero las secuelas de toda esta infección son todavía visibles. La perspectiva del tiempo no engaña: hay toda una generación (como la hubo con Martes y Trece, por ejemplo) que está marcada por el humor, el vocabulario, las onomatopeyas y los gestos de Chiquito de la Calzada. El niño de cuatro años, el camarero del bar de la esquina, el ejecutivo con ganas de hacerse el simpático, la cajera del supermercado, los cuatro amigotes que se encuentran el sábado noche…, todos acuden al diccionario Chiquito para salpicar sus conversaciones. Y es que muy pocas veces la personalidad de un cómico había trascendido tanto.

Chiquito de la Calzada nunca dejó de ser un pobre hombre que entró en el éxito por la puerta de atrás. Después de toda una vida sin rondar la popularidad ni de lejos, este expalmero de Camarón se convirtió, casi sin quererlo, en la adicción televisiva de todo un país pendiente de sus camisas, sus frases sin sentido y sus saltitos (la pesadilla de todo realizador) por el plató. Nunca tuvo (ni tiene ni, me temo, tendrá) el visto bueno de los sectores más, ejem, cultos. Es chabacano, vulgar, recurrente y excesivamente popular. Una barrera demasiado alta para tanta mirada por encima del hombro. Y es que enfocando, aunque solo sea por capricho, a Chiquito desde la posición sesuda y rigurosa que siempre se le ha negado, aparece un cómico que es el ejemplo vivo (en versión muy sui géneris) del triunfo del estilo. Como pasa, en otro sentido, con Faemino y Cansado (otra pareja de humor generacional), lo que menos importa es el chiste. La forma se impone, dice el tópico, sobre el contenido.

El problema, como siempre, es la reiteración de este estilo. Chiquito estuvo a punto de pasarse de frenada. Cuando sus tics, sus gracias (chispazos de humor genuino) se convirtieron en trucos efectistas, paró. Ahora, chamuscado pero sin quemar, dosifica su presencia en películas infames (todos los contactos de humoristas con el cine son bastante lamentables) que para soportarse deberían condensar en un corto de cinco minutos los cuatro chistes del maestro. Aguantarlas enteras es una epopeya. Pero aun así le prefiero a él antes que a todos los Jim Carreys, Mr. Beans y Mike Myers del mundo. Chiquito es más grande.

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