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Contra la movida, Cazurros y superlistos

Ilustración: Pepo Pérez

 

EDIT (2017)

Contra la movida Cazurros y superlistos

Leer el libro “La movida modernosa” (2016) de José Luis Moreno-Ruiz (del histórico espacio de Radio 3 ‘Rosa de Sanatorio’, 1987-1990) da tanta grima como pena. Y más ahora, que ha muerto Paloma Chamorro, la insigne creadora del mítico programa de televisión ‘La Edad de Oro’ (1983-1985). Santi Carrillo vuelve a aquellos “maravillosos años” ochenta para señalar a cazurros y superlistos.

Despotricar de la movida de los ochenta se ha convertido en el deporte nacional en los últimos tiempos, una suerte de resentimiento que no cesa, cual rayo que atraviesa el raciocinio de lo objetivo. Son opiniones de resabiados que no solo defenestran sin ambages cualquier atisbo de creación artística válida en aquellos años de efervescencia –buena y mala, pero indudablemente estimulante–, sino que se aferran a alternativas redentoras fascinantes como, atención, la música bakala. Y lo hacen, claro, con efecto retroactivo, porque nunca antes, pero sobre todo en su momento, dijeron ni mu a favor de la excitante –aunque por motivos no musicales– levantina ruta del bakalao. Pero el populismo y la demagogia campan a sus anchas en estos tiempos revueltos.

La crisis obliga a buscar culpables, claro. Por eso, la Cultura de la Transición y sus responsables y protagonistas se llevan desde hace tiempo el premio gordo de todos los males. Será por eso que aquella generación de artistas que se desplegó bajo el supuesto amparo del socialismo en los ochenta merece la hoguera, sin paliativos; lo ha dictaminado el nuevo comité federal de iluminados. “La domesticación de los artistas para el mejor servicio al poder político que ponía los cuartos”, según se lee en el último manifiesto contrario a “aquellos maravillosos años”, joyita que nos ha llegado recientemente de la mano del escritor José Luis Moreno-Ruiz, locutor del valleinclanesco y mitificado programa de Radio 3 ‘Rosa de Sanatorio’ (1987-1990), ventana literaria y musical con efluvios de madrugada libertina.

“La movida modernosa. Crónica de una imbecilidad política” (La Felguera, 2016) es un airado libro escrito a golpe de impulso clasista a la contra y publicado cuando los aires favorecen clamorosamente este discurso de derribo. El prospecto personalizado, estupendamente imbuido de un evidente complejo literario de Francisco Umbral (pero en malo), se lee como un desolador linchamiento de la década de los ochenta, con argumentos subjetivos que no son más que batallas rancias de actor secundario educado en la negación sistemática de todo lo que no entendió o no supo disfrutar. Más listo que nadie, el autor muestra con desfachatez su reaccionario punto de vista para cargar las tintas sin cesar contra las memeces –que hubo unas cuantas, claro; como en cualquier época habida y por haber– de un período en el que el pop brilló en España como solo lo había hecho antes en la década de los sesenta. Esto es una sangría permanente, desbarrando hasta el berrinche, contra todo lo que tuviese algo que ver con la Transición desde la atalaya del egocentrismo y la prepotencia, y saliéndose por peteneras para presumir de referencias culturales ajenas al contexto en cuestión con un tono de suficiencia megalómana hiriente (y penosos errores de apreciación colateral: Los Lobos no son un grupo “de bodas, bautizos y comuniones”, Bill Viola no es un “publicista de la Sony so pretexto de eso que llaman videoarte”, los Rolling Stones no debutaron en España en su concierto de Madrid de 1982, y así).

 
Contra la movida, Cazurros y superlistos

“La movida modernosa. Crónica de una imbecilidad política”: deplorable panfleto con ínfulas.

 

Se suma a esta tragedia el reiterativo efecto descalificante de sus recuerdos de calentorro ejerciendo de casposo ocurrente: mil barbaridades de humor grueso solo al alcance de asquerosos machistas y repugnantes homófobos. Vomitivos son sus chascarrillos (tres muestras: “Un concierto de campanas de Llorenç Barber, durante el cual no me dormí pues tenía de frente –sic–, sentada en el suelo, a una chica minifaldera que no paraba de hacerme fotos con sus cruces de piernas a lo Sharon Stone; no intenté siquiera una aproximación a la mentada, pues entre la pendejera se le veía el hilito del tampax –sic–, y por su aspecto daba la impresión de que en el dicho hilito podía haber ladillas haciendo puenting”; “Ellos, más contentos que un marica con lombrices, o que en un huerto de nabos”, y “Con chavalas a las que da verísima y hasta verdaderísima gloria verlas, no con esa cara de clítoris de lija que tienen la Binoche, la Maura y hasta la tal Bibiana Fernández o Bibi Andersen, yo qué sé, un tío operado”), que retratan la catadura moral de un tipo encantado de haberse conocido que, en el colmo de la ridiculez, le confesó un día a Javier Corcobado que se hizo con un guion para procurarse un falso apellido compuesto y no ser confundido, así, con el ventrílocuo televisivo. ¡Héroe!

Leer ahora este panfleto con ínfulas resulta deplorable, y más en unos días en que Paloma Chamorro, vilipendiada en su día y más allá –también en este libro, por supuesto: siempre fue una víctima de cazurros y superlistos–, nos ha dejado tras un olvido inmerecido e injusto. Ella fue la responsable de ‘La Edad de Oro’ (1983-1985), accidente histórico que merece un reconocimiento a prueba de gracias y bromas; nunca se llegó tan lejos en la televisión musical aquí, a pesar de todas las incongruencias implícitas que venían de fábrica por el atrevido formato del programa. Sí, era en pleno período de la movida. Ya ven qué horror.

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