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Contraindicación en el rock, El color de mi pastilla

“Hace treinta y cinco años vi por primera vez la película ‘Annie Hall’ y percibí que eso de la vida iba a acabar mal”.

 

FREESTYLE (2013)

Contraindicación en el rock El color de mi pastilla

Entre los pioneros de las primeras generaciones del rock, se construyó una adolescencia orientada hacia la música como arma política, joven, socialmente militante y progresista. Pero los tiempos fueron cambiando. De arma letal para cambiar el mundo a música de terapia para afrontar con dignidad momentos de reflexión y aceptación, con menos diversión e insumisión. Es la teoría que nos propone David S. Mordoh en esta columna de opinión.

Dándole vueltas a la polémica de una campaña de reciclaje en Cataluña y a la negativa rotunda de mi mente por esforzarse en comprenderla, llevo un rato planteándome mi situación actual –la mía y la de mi entorno, crisis aparte– en el momento y en la sociedad que me toca vivir. Me rondan dos ideas. La primera: desde que hace treinta y cinco años vi por primera vez la película “Annie Hall” (Woody Allen, 1977) y percibí que eso de la vida iba a acabar mal. La segunda se enfanga en una frase de The Who: “Hope I die before I get old”. Romántica en su día, pero hoy, para un amante de la vida, rematadamente estúpida.

El caso es que sobre esta dichosa frase muchos construimos nuestra adolescencia, abrazamos el rock, y creamos –juntando unas cuantas más de otros himnos de la época– nuestro pequeño universo filosófico privado, con un denominador común: el rock se había inventado como herramienta trasgresora contra todo lo que heredábamos y no nos gustaba. En primer lugar, el enfoque de la vida que intentaban inculcarnos nuestros padres, en confrontación flagrante diaria con nuestras ansias –las de cualquier polluelo– de comenzar a volar libremente (inciso: debido a la crisis y a tener que seguir residiendo en el domicilio paterno a los 30 años, están prodigándose alteraciones de comportamientos que mezclan agradecimiento con ganas de estrangular a los progenitores).

La segunda aportación del rock apuntaba directamente a lo social. Tras una primera mitad de siglo marcada por dos guerras mundiales, y viendo que, a pesar de estas, el comportamiento adulto no había cambiado un ápice, la nueva generación buscaba aspiraciones distintas primando lo social. El rock como arma política, joven, socialmente militante y progresista. “No hay nada más triste que ser joven y de derechas”, me dijo mi hijo hace un tiempo. Todos nos volvemos más o menos de derechas con la edad, dependiendo de la cantidad de posesiones que conseguimos amasar y –ya lo dice la palabra– conservar. “Si no tienes nada, no tienes nada que perder”, cantaba Bob Dylan en “Like A Rolling Stone”.

 
Contraindicación en el rock, El color de mi pastilla

“Hope I die before I get old” (The Who). “Romántica frase en su día, pero hoy, para un amante de la vida, rematadamente estúpida”.

 

Y aquí es donde en el fondo quería yo llegar. A la frase de The Who retumbando en mi cabeza mientras escucho los nuevos álbumes de personajes tan emblemáticos de aquel rock como Dylan, Leonard Cohen –otro inciso: Cohen va un poco por libre porque ya en 1977 especulaba con su declive como macho alfa en “Death Of A Ladies’ Man”–, Paul Simon y Bill Fay. A un rock que perdió sus atributos extramusicales durante el nuevo siglo –seguramente antes, desde la muerte de Kurt Cobain– y que ahora renace con otros nuevos. Comparándolo un poco con el mundo textil, si Bershka y Stradivarius se dedican a vestir a adolescentes año tras año, Mango –que al principio también lo hizo– optó en su momento por fidelizar a su clientela satisfaciendo sus necesidades a medida que cumplían años, con un tipo de ropa más adulta. Y el rock –o al menos el rock con aspiraciones de propagar un mensaje más allá de la música– de algún modo también ha evolucionado según la necesidad de  músicos como Dylan, Cohen y fans respectivos.

De modo que aquella música como arma letal para cambiar el mundo se ha ido convirtiendo en esa música de terapia para afrontar con dignidad el tramo basura de la vida. Menos diversión e insumisión; más reflexión y aceptación. Las agujas del “Rock Around The Clock” de Bill Haley ya han dado todas las vueltas que su engranaje aguantó. Nada mejor que “Old Ideas” (2012) de Cohen para que sepamos que viajamos con la misma naviera. Quizá nuestro barco no es el mismo, sino el siguiente, pero el destino sí. Tengo un amigo geriatra muy interesado en el rock como entretenimiento para la tercera edad. Y seguramente surgirán nuevos disfraces placebo. Hace medio siglo Jefferson Airplane y Grateful Dead tomaban pastillas lisérgicas de colorines. Hoy, los componentes que aún viven, toman también pastillas, pero de otra clase. Eso sí, la industria farmacéutica empieza a hacerlas de colores fuertes para que recuerden viejos tiempos. Todo sea por retrasar el Alzheimer.

Publicado en la web de Rockdelux el 8/2/2013
Etiquetas: 2010s, 2013, sociedad
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