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DANIEL JOHNSTON, Triste y confundido

¿Dónde termina el esquizofrénico, el maníaco depresivo, y empieza el artista generador de un mundo propio?

 

FREESTYLE (2012)

DANIEL JOHNSTON Triste y confundido

El cantautor admirado por Kurt Cobain y Matt Groening. Ignacio Julià reflexionó, en este artículo desmitificador, sobre el mito Daniel Johnston, un maníaco depresivo cuya inocencia y desamparo alimentaron a una generación que se quiso enajenada.

Ante obra tan intransferible, imbricada entre lo visual y lo musical, centrémonos en la persona. Difícil siempre, más en el caso de Daniel Johnston; sus creaciones no pueden desligarse de la enfermedad, corren paralelas a su enajenación. ¿Dónde termina el esquizofrénico, el maníaco depresivo, y empieza el artista generador de un mundo propio? Al fin y al cabo, el creador supuestamente sano sufre un desdoblamiento similar al acceder a su otro yo, ese que habita su obra.

Casualmente, fui el primer periodista europeo en entrevistarlo. Ocurrió en Austin, Texas, en el verano de 1992; una experiencia deprimente e hilarante a partes iguales. Entre aquel primer encuentro y el último, otra entrevista antes de un concierto barcelonés en 2005, había empeorado visiblemente su grotesca apariencia física. El joven extraviado pero feliz de aquella primera vez, que nos recibió tras haber fumado yerba a escondidas, seguía absorto trece años después en su propia confusión. El intercambio verbal sería igualmente infantil pese a toparme con un obeso canoso, erosionado por la excesiva vida del niño malcriado. Persistía, empero, en sus canciones la elevada capacidad de concentración, la intensidad de sentimientos y emociones que los especialistas adjudican a la bipolaridad. En nuestra primera charla texana, babeaba al hablar y perdía el hilo de la conversación; sus ojos, acuosos, nublados, chispeaban desde otra dimensión. Me contó el impacto de escuchar a los Beatles por vez primera… y habló del día en que Elvis se personó en el domicilio familiar para entregarles en persona su álbum navideño. Mamá quedó gratamente impresionada, explicaba. Y, al preguntarle por qué tenía en la pared, juntos, retratos de John Lennon y Liz Taylor, afirmó con total seriedad que sospechaba que habían sido sus verdaderos progenitores.

 
DANIEL JOHNSTON, Triste y confundido

El cómic de superhéroes, según los dibujos de Daniel Johnston, quien, al crearlos, se olvida de su congoja.

 

El joven Daniel quería ser dibujante de cómics, pero encontró en el piano familiar el antídoto al abismal desaliento de su condición. Jack Kirby era su dibujante favorito; su película, el “King Kong” original de 1933, decía. Me habló de cómo, al crear dibujos y tonadas, se desvanecía por unas horas la congoja de su diferencia. Son las cosas que veo y la forma en que pienso. Al descubrir viejos episodios de ‘Dimensión desconocida, me dije: ‘Ya estoy en casa’”. Más acongojante todavía: cuando olvidaba voluntariamente la medicación y veía una película antigua, sentía que los personajes de la pantalla lo observaban desde otra época. Oía voces que le hablaban desde esa dimensión en blanco y negro, y le atenazaban inquietantes ocurrencias: Estaba convencido de que, cien años después de muerto, iban a devolverme a la vida y yo sería el monstruo de Frankenstein.

No conocí, obviamente, al Daniel anterior a la debacle activada por su adolescente historia de amor no correspondido con Laurie, la que se casó con el hijo del dueño de la funeraria, eterna fuente de inspiración para ese mundo suyo entre infantil y caricaturesco, desesperado e idiota. Me refiero al muchacho de clase media que retrata el documental “The Devil And Daniel Johnston” (Jeff Feuerzeig, 2005), alguien hipercreativo desde la infancia, cuyo incipiente problema mental empeoraría un entorno familiar de fundamentalismo evangélico y más tarde el indiscriminado consumo de drogas. Conviene aquí evitar esa discutible noción de que el loco no es un enfermo: algunos de sus actos atentaron contra la integridad de otras personas. Lanzó al vacío a una pobre mujer pretendiendo exorcizarla, intentó estrangular al batería de Sonic Youth y derribó en pleno vuelo la avioneta que pilotaba su padre. Lo suyo no es excentricidad, sino patología.

El desorden mental ha propiciado un caos metabólico en imparable efecto psicosomático: la adicción al azúcar y la Coca-Cola fomentan un nada saludable sobrepeso, y el tabaquismo tampoco ayuda. La imagen del niño grande no resulta en este caso enternecedora, aunque ahí radica gran parte de su singularidad artística. Como todo niño, Daniel construyó una elaborada mitología con la que explicarse a sí mismo el mundo exterior, pero al no superar la barrera mental de la pubertad –y caer en la sublimación sentimental de una sexualidad denegada, en el empeño por mantener la inocencia frente a la corrupción del mundo real, siempre perseguido por las perennes melodías de los Beatles– se adentró en su misérrimo interior, un adulto viviendo en los delirantes mundos de un niño.

 
DANIEL JOHNSTON, Triste y confundido

En Barcelona, sala Apolo, el 6 de junio de 2005. O el desafío que supone plantarse delante de un personaje así. Foto: Òscar Giralt

 

En vivo resulta un triste espectáculo, el de la patosa actividad de alguien visiblemente ausente, caprichoso, dejado a su antojo. La sensación es de acto imprevisible, irrepetible, animando a cuestionar si las actuaciones serán lo mejor para quien, con un punto de lucidez, desdeña la compasión, pues se declara patético por elección. Creo que pisan una delgada línea quienes, sincera o maliciosamente, lo empujan a salir a la carretera; espero equivocarme y que estas ocasionales actuaciones funcionen como terapia más allá de lo crematístico. Pero al revisar aquella entrevista para televisión de 2005, donde Daniel nos interpretó unas canciones sentado en la cama de su hotel, el panorama resulta descorazonador. No recuerda los títulos que acaba de interpretar; llámalas como quieras, propone. No te mira a los ojos, los cierra al responder a las preguntas; primero con monosílabos, luego algo más hablador, lo justo. Bajo su descuidada melena pajiza y pobladas cejas, arqueadas hasta conferirle un aspecto maléfico, se adivinan ojos vidriosos mientras enumera forzado lo que le gusta de viajar: las chicas, la comida, las tiendas. Permanece encorvado, restos de saliva secándose en las comisuras de los labios. Niega que escriba únicamente sobre el amor, confirma que aniquiló hace ya tiempo al monstruo en su interior, pero no recuerda quién toca en su último álbum. Se queja de las giras, él prefiere hacer conciertos sueltos, y gastarme luego el dinero en compras. Uno comprende entonces que, como dijo en una ocasión, se sienta como el fantasma de su antiguo yo.

Este insalvable distanciamiento es parte del trastornado juego del demente, instintivamente abocado a reinar sobre la realidad objetiva y mantener así su regocijante o pesaroso desvarío. Hay también un empeño íntimo por salirse con la suya, por utilizar a los demás y construirse un personaje que aniquile a una de sus dos identidades en conflicto. Dice Jeff Tartakov, su antiguo representante y actual gerente de su obra gráfica, que, contra todo pronóstico, Daniel ha logrado tener una vida productiva y relativamente feliz, por lo menos para alguien con un desorden bipolar. Y tiene razón. Pero cabe preguntarse si la autocompasión y la falsa euforia no llamaron a un público en sintonía, si no fue sobrevalorado por su enajenación, que es la de todos amplificada, insufrible. En estos casos, el arte no sabe, no contesta.

Publicado en la web de Rockdelux el 14/3/2012
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