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DAVID BOWIE, Starman

Ilustración: Sonia Pulido

 

EDIT (2016)

DAVID BOWIE Starman

David Bowie falleció el 10 de enero de 2016 tras una batalla contra el cáncer de dieciocho meses. Tenía 69 años, que había cumplido dos días antes, el 8 de enero, cuando se publicó su último álbum, el celebrado “”. La noticia de su muerte conmocionó, como pocas veces antes, al mundo de la música. Santi Carrillo se despidió de él con este edit, introducción al especial de 30 páginas del Rockdelux 347 (febrero 2016) en el que analizamos extensamente los factores del reinado de Bowie en el mundo del pop.

Oh, el instante en que nos enteramos de la muerte de David Bowie, ese momento de perplejidad suprema que permanecerá incrustado en el fondo de nuestra memoria para siempre. Un suspiro y... agolpados en microsecuencias y accionados por un resorte mágico desde lo más profundo de nuestro cerebro, se revelaron, radiantes, los innumerables recuerdos asociados a su música vividos con el entusiasmo, la pasión y el misterio que nos regalaron tantos discos memorables mostrándonos la esencia del mundo moderno a través del pop. Bowie nos ofreció muchas de las mejores perlas de nuestra banda sonora a través de canciones supremas que nos hicieron comprender, o por lo menos intuir, la seducción y la fascinación del arte celebrando lo mejor de la vida.

Brilló, rutilante, en la década de los setenta, período comprendido entre las dos sonadas apariciones vintage del astronauta Major Tom. De “Space Oddity” (1969) a “Scary Monsters” (1980), Bowie parecía flotar en el espacio exterior, por encima de todo y de todos. Como Dylan en los sesenta y Elvis en los cincuenta, y luego Prince en los ochenta, su reino no era de este mundo.

Fue, indiscutiblemente, uno de los artistas más relevantes de la segunda mitad del siglo XX, arco temporal ampliable hasta el más crudo presente gracias a la pirueta-performance de su luctuoso y programado último movimiento, oculto proceso finiquitado, y amplificado, con el sorprendente réquiem de –un poco jazz a lo Scott Walker–, publicado dos días antes de su deceso. Gran impacto.

Impacto al que se añadieron, con efecto retroactivo, las imágenes del hiriente vídeo existencial de “Lazarus”, una despedida velada en clave anticipada –crónica de una muerte (no) anunciada– que nos abofeteó cruelmente, entre la tristeza y la admiración, para recordarnos que Bowie, a pesar de sus años baldíos, seguía siendo Bowie. Jugada maestra que nos dejó anonadados. Nunca las necrológicas –el elogio de una vida– coincidieron tanto, también, en el elogio de una muerte.

Su accesibilidad pop nos había llegado de la mano de un alto grado de exigencia artística y de un aventurado poder visionario, don que le permitió avanzarse a corrientes y modas, jugar con ellas y utilizarlas, casi siempre ventajosamente, gracias a sus sobradas dosis de ingenio, a una desbordante personalidad y a un asombroso poder de intuición. A la vez que trabajaba con una amplísima gama de músicos y productores, lucía sus mejores galas –como un pavo real con un estudiado dominio sobre sus decisiones– y ejercía de símbolo de la liberación sexual e icono de la moda. ¿Quién dio más?

 
DAVID BOWIE, Starman

El Rockdelux de febrero de 2016 incluye un especial de 30 páginas dedicadas a Bowie. Esta columna de opinión es su introducción.

 

Su aproximación estética a la música dotó de un nuevo estándar de calidad al pop, añadiendo un componente de trascendencia conceptual que redimensionó la aparente ligereza de ese pop de consumo (140 millones de discos vendidos avalan sus aciertos). De hecho, el espectáculo y la extravagancia fueron sus habituales atuendos de camuflaje para disfrazar de audacia su ética y revestir de provocación el incorruptible legado de su obra.

Ya desde sus iniciáticos tiempos mod, tuvo siempre muy presente el aspecto visual en cualquiera de sus movimientos, y fue el indiscutible maestro de ceremonias en la entonces inexplorada comunión entre música e imágenes. La era glam rock, la etapa más identificativa de toda la trayectoria de Bowie y la que por extensión acabó definiéndolo, fue su campo de batalla particular para su transformismo vital y artístico. Cualquier estilo parecía posible en su inesperada siguiente etapa. Camaleónico, sí, pero con naturalidad.

Desde el Swinging London y sus coqueteos con la efervescencia hippy de los sesenta hasta su último gesto, esa sonada despedida con el vídeo de “Lazarus”, el Bowie creador –con imagen, sin ella o a través de ella– transitó un fascinante jardín de senderos musicales con un único común denominador: bifurcarse en el laberinto de las emociones perennes. No solo lo consiguió sobradamente, sino que con sus himnos mutantes, rebosantes de libertad y posibilidades infinitas, Bowie se convirtió, además, en la atractiva voz profunda del (casi) crooner clásico que unió a rockeros, poperos, modernos y posmodernos: gustos compartidos; hecho insólito.

Tras el éxito global de “Let’s Dance” (1983) y la consiguiente gira de “Serious Moonlight Tour”, Bowie coronó su etapa de dominación mundial e inició una deriva paulatina hacia lo que parecía el pragmatismo de lo irremediable. Más estrella que nunca, sí, pero ya sin los elementos perturbadores de su obra y acomodado a una cierta complacencia que, sin dejar de generar un matizado interés por las modas, ponía al descubierto la incomodidad de constatar que, por primera vez, Bowie iba a remolque de ellas.

Curiosamente, y tras su retirada en 2004 por problemas cardíacos, su figura, que empezaba a menguar como creador –tras sus aportaciones menores desde mediados de los ochenta–, volvió a resurgir con la fuerza de los mitos eternos y como referencia universal para grupos de muchas generaciones. Y su silencio, favorecido por la no sobreexposición decadente, posibilitó un paciente y elaborado “último final feliz” ya al margen de cualquier expectativa; el digno “The Next Day” (2013) y, finalmente, casi póstumamente, la última obra maestra de una singladura rebosante de ellas: el hors catégorie”. Estrella. Estrella para siempre.

David Bowie. David Bowie. David Bowie.

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