Se lamenta Lynch en una reciente entrevista de que el cine está muerto como medio: “Quizás haga otra película algún día, pero ahora mismo no tengo ninguna idea”. Tan discutible opinión la excusa el rechazo a su majestuosamente inabarcable “Inland Empire”, donde traspasaba los ya difusos límites de “Carretera perdida” (1997) y “Mulholland Drive” (2001) para habitar plenamente el dominio de lo irracional. Pero la sequía fílmica no se contagia a otras áreas donde sigue muy activo; de hecho, parece potenciarlas. Protagoniza anuncios publicitarios, como aquel iracundo, jocoso para iPhone, condenando a quien se atreva a ver una película en tan ínfima pantalla. Supervisa el “Interview Project”, donde se aborda a gente de la calle en breves vídeos biográficos que conformarán un interesante tapiz sociológico, y sigue ejerciendo la fotografía, entusiasmado con su cámara digital Hasselblad (“¡Treinta y nueve millones de píxeles, tío!”). Promociona la meditación trascendental desde la David Lynch Foundation, girando por el mundo junto al cantautor Donovan. Su fundación benéfica acaba de lanzar “Download For Good. Music That Changes The World” (2011), colección de temas pensados para aliviar el estrés, con la participación de Tom Waits, Peter Gabriel, Jakob Dylan e Iggy Pop, entre otros.
Paradójicamente en quien hace proselitismo de la meditación, desbarata el fantasma de la corrección política al aparecer fumando en el anuncio de su disco. Es, además, un exagerado cafeinómano que comercializa su propia marca, Signature, de la que dice beber una veintena de tazas al día sin problema. Esta adicción a los estimulantes y una esposa más joven –la cuarta, Emily Stofle, 28 años– no desentrañan totalmente el misterio de su invencible jovialidad, su alegre temeridad cuando el reloj biológico va aminorando el ritmo. Tampoco aclaran la pasión por los sonidos contemporáneos, pues aunque sigue escuchando a John Lee Hooker, Elvis Presley, Everly Brothers y Buddy Holly –y luciendo su inimitable tupé capilar, ya reverencialmente grisáceo–, consume afanoso las grabaciones de Lykke Li, James Blake, Moby y The Kills. Él lo achaca a trabajar con Dean Hurley: “Es mi nexo con el mundo moderno. Nos refocilamos en el lodo, por así decirlo, y de pronto ocurre algo mágico”.