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DAVID LYNCH, Elogio de la madurez rampante

Alguien lo definió como “un James Stewart llegado del espacio exterior”, y lo sigue pareciendo en la madurez.

 

FREESTYLE (2011)

DAVID LYNCH Elogio de la madurez rampante

El desafío que para un cineasta consagrado supuso afianzarse en una nueva disciplina, en este caso musical, con el disco “Crazy Clown Time”, renovó a un David Lynch que se niega a envejecer física o artísticamente, apuntó Ignacio Julià en esta columna. No todos los creadores llegan a la edad madura con esa alegría; muchos se dejan embargar por el nihilismo y el rencor: es la derrota de la vejez prematura.

Adquiero sin dudarlo, tras unas horas de streaming, el álbum de debut de David Lynch. Le avala una hermética y regocijante obra cinematográfica, la fascinante singularidad personal que lo ha hecho incomparable icono cultural; también anteriores incursiones musicales: su estrecha colaboración con Angelo Badalamenti, el álbum con el pianista polaco Marek Zebrowski –“Polish Night Music” (2008)– o el proyecto “Dark Night Of The Soul” (2010) junto a Danger Mouse y Mark Linkous. Poco riesgo entrañaba, pues, la compra de “Crazy Clown Time” (2011), cuyo título prometía la extrañeza paranoica y poético paroxismo que definen a este señor de suaves maneras y voz aflautada, inefable encarnación de la raíz psicótica del aparentemente anodino norteamericano medio. Alguien lo definió una vez como un James Stewart llegado del espacio exterior, y lo sigue pareciendo en la madurez. Un creador todavía hambriento, nada melancólico, pese a sus arrugas y la amable serenidad que desprende.

A su edad, David Keith Lynch (Missoula, Montana, 1946) podría estar disfrutando una relajada jubilación, pero ha preferido el salto al vacío de una aventura discográfica. No sé ni me importa qué pensarán críticos y público sobre estas tomas atmosféricas, tenebrosas pese a su candor, magnéticas e insidiosas como cualquier escena de sus películas. No voy a juzgar estas secuencias de somnoliento blues futurista –el cineasta pulsando una saturada guitarra y artificios electrónicos, su ingeniero de sonido Dean Hurley a la batería– que recuerdan a ratos los flirteos tecno de Neil Young, la inquietante inocencia de un músico siempre al margen como Jad Fair y, obviamente, el pesadillesco universo alucinado entre “Cabeza borradora” (1977) e “Inland Empire” (2006). Solo diré que concilian pasado y presente con desparpajo; confieso que me tienen cautivado. Finalizada la audición, vuelvo obsesivo al inicio –“Pinky’s Dream”, cantada por Karen O, imaginario hit en el salón rojo de “Twin Peaks”– y otra vez desfilan misteriosas “I Know”, “Noah’s Ark”, “Strange And Unproductive Thinking”, “These Are My Friends” y demás insondables trances. Tan compulsiva repetición no logra disipar lo que me atrajo de “Crazy Clown Time” antes siquiera de escucharlo: la capacidad de Lynch para sobreponerse a la edad y a las decepciones de una creatividad que pierde músculo, efectuando un inesperado giro para desvelarnos que no ha perdido un ápice de curiosidad ni atracción por el riesgo.

 
DAVID LYNCH, Elogio de la madurez rampante

“Crazy Clown Time”, inesperado giro que desvela que Lynch no ha perdido un ápice de curiosidad ni atracción por el riesgo.

 

Se lamenta Lynch en una reciente entrevista de que el cine está muerto como medio: Quizá haga otra película algún día, pero ahora mismo no tengo ninguna idea. Tan discutible opinión la excusa el rechazo a su majestuosamente inabarcable “Inland Empire”, donde traspasaba los ya difusos límites de “Carretera perdida” (1997) y “Mulholland Drive” (2001) para habitar plenamente el dominio de lo irracional. Pero la sequía fílmica no se contagia a otras áreas donde sigue muy activo; de hecho, parece potenciarlas. Protagoniza anuncios publicitarios, como aquel iracundo, jocoso para iPhone, condenando a quien se atreva a ver una película en tan ínfima pantalla. Supervisa el “Interview Project”, donde se aborda a gente de la calle en breves vídeos biográficos que conformarán un interesante tapiz sociológico, y sigue ejerciendo la fotografía, entusiasmado con su cámara digital Hasselblad (¡Treinta y nueve millones de píxeles, tío!). Promociona la meditación trascendental desde la David Lynch Foundation, girando por el mundo junto al cantautor Donovan. Su fundación benéfica acaba de lanzar “Download For Good. Music That Changes The World” (2011), colección de temas pensados para aliviar el estrés, con la participación de Tom Waits, Peter Gabriel, Jakob Dylan e Iggy Pop, entre otros.

Paradójicamente en quien hace proselitismo de la meditación, desbarata el fantasma de la corrección política al aparecer fumando en el anuncio de su disco. Es, además, un exagerado cafeinómano que comercializa su propia marca, Signature, de la que dice beber una veintena de tazas al día sin problema. Esta adicción a los estimulantes y una esposa más joven –la cuarta, Emily Stofle, 28 años– no desentrañan totalmente el misterio de su invencible jovialidad, su alegre temeridad cuando el reloj biológico va aminorando el ritmo. Tampoco aclaran la pasión por los sonidos contemporáneos, pues aunque sigue escuchando a John Lee Hooker, Elvis Presley, Everly Brothers y Buddy Holly –y luciendo su inimitable tupé capilar, ya reverencialmente grisáceo–, consume afanoso las grabaciones de Lykke Li, James Blake, Moby y The Kills. Él lo achaca a trabajar con Dean Hurley: Es mi nexo con el mundo moderno. Nos refocilamos en el lodo, por así decirlo, y de pronto ocurre algo mágico.

 
DAVID LYNCH, Elogio de la madurez rampante

Sigue luciendo su inimitable tupé capilar, ya reverencialmente grisáceo, pero ¿cuál es el misterio de su invencible jovialidad?

 

Se refiere a la magia del proceso creativo, sea pintura, cine o música, en el que se ve inmerso cuando cafeína y nicotina hacen su efecto: Todo se basa en el flujo de ideas. El secreto está en la palabra “flujo”, una cierta dinámica que, de agotarse, condena al creador al entumecimiento y la parálisis. La contagiosa vitalidad y ausencia de amargura de Lynch se nos antojan ejemplares en un ámbito donde, a una cierta edad, el artista se repliega en sí mismo contentándose con el autoplagio o la estéril rememoración de quien fue y ya no es, despreciando a los jóvenes creadores por deficientes, generacionalmente anulados por la estulticia generalizada.

Es la actitud desdeñosa y resentida que el catedrático Jordi Gracia desmonta, a modo de vacuna personal, en su panfleto “El intelectual melancólico” (Anagrama, 2011). Acusa Gracia a esos pensadores que se dejan embargar por la frustración en el límite de la edad productiva, el desengaño frente a las mutaciones sociales imprevistas, la herida abierta de una vanidad nunca estabilizada. Atrapados en la trampa del “cualquier tiempo pasado fue mejor”, ven materializarse un imaginario apocalipsis en cada nuevo avance cultural, especialmente si es de carácter tecnológico, sea beneficioso o nocivo, que eso poco les importa, puesto que siempre hay mentes impresionables que aplaudan su nihilismo de conveniencia. Son voces agoreras escudándose en otra verdad a medias: la de la involución natural de cualquier progreso y la inevitable degradación de las utopías, contra la que cualquier creador debe luchar, pues esa es su misión: negar las ofuscadas apariencias y buscar la chispa en su interior.

Lo cómodo cuando uno se apoltrona es rendirse ante un presente que siempre se muestra más amenazador, todavía inexplicable por inconcluso, que lo ya archivado entre la nostalgia y el desencanto. No incurre Lynch en este injusto y rencoroso reaccionarismo; lo evita con una mirada limpia sobre un mundo monstruoso, presta a dejarse cautivar interesada por todo lo que nos rodea. Pero conoce bien esa aflicción, no es tan bobo como parece: lo verifica “Good Day Today”, que define como una canción sobre estar enfermo de negatividad. Mala dolencia en estos tiempos difíciles. Recétate “Crazy Clown Time” si la padeces.

Publicado en la web de Rockdelux el 27/12/2011
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