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El affaire Matisyahu, Nuevos sabios de Sion

Matisyahu en Rototom: serpiente de verano que dejó en evidencia a los fundamentalistas “melones”. Foto: Tato Richieri

 

VISTO Y NO VISTO (2015)

El affaire Matisyahu Nuevos sabios de Sion

La prefabricada polémica exprimida a expensas del nefario affaire Matisyahu en el festival Rototom de Benicàssim de 2015 redundó en grosera majadería. Por necio y gratuito consiguió ese chantaje de la izquierda “melona” lo contrario de lo que se proponía: gracias a esa frustrada censura, todo el mundo supo del artista estadounidense de origen judío. Jaime Gonzalo puso luz en el asunto.

Resulta grimoso que haya conseguido armar tanta y tan retumbante balumba una minúscula entidad como BDS País Valencià, “grupo autogestionado de Boicot, Desinversiones y Sanciones a Israel”, según especifica su Facebook. Significativo, también, del enrarecido clima propiciado por esa enfermedad de nuestros tiempos llamada corrección o papanatismo político: en nombre de la libertad y la moral, cualquier hipócrita metomentodo sobrado de tiempo muerto parece tener patente de corso para intentar imponer su precario pensamiento con coacciones y amenazas, es decir a la fuerza, una fuerza al servicio del bien, con garante “democrático”. Dadas las proporciones del absurdo, el sentido común invita a empatizar con Matisyahu, pero no hay que apresurarse. Del mismo modo que a BDS le ha estallado en la cara su obsesiva causa, conviene puntualizar que suyo es el mérito de que el sionismo, aunque para el caso valdría cualquier otra expresión de intransigencia conservadora o progresista, haya probado por fin el amargo sabor de la totalitaria medicina del acoso.

Abundan en el pasado más o menos reciente referencias a las revanchistas actividades de la temible Jewish Defense League, especializada, entre otros menesteres, en destacar piquetes y boicotear conciertos de bandas sospechosas de enaltecer el nazismo, por ejemplo Blue Öyster Cult o Dictators, entre otras. Y no olvidemos a los irónicamente autoproclamados grupos antifascistas responsables, tras agredir físicamente al público que guardaba cola, de la cancelación (en una sala regentada por judíos y por la misma razón) de una actuación de Death In June, banda, la de Douglas Pearce, singularmente hostigada por los prohibicionistas. Si en un deplorable ejemplo de sometimiento, por mucho que luego se desdijera, la organización de Rototom exigía el pasado agosto a Matisyahu hacer pública su postura respecto a Palestina para garantizarle presencia en el cartel, en 2005, y presionado por la variación teutona del Parents Music Resource Center, el Bundesprüfstelle für jugendgefährdende Medien, departamento federal alemán responsable de prevenir la presencia en los media de material lesivo para la juventud, Pearce era forzado a explicar por escrito al gobierno alemán ciertos pasajes del disco de Death In June “Rose Clouds Of Holocaust” (1995)... que posteriormente acabaría siendo prohibido a menores en ese país.

En el polo opuesto del espectro político, Julie Burchill, Tony Parsons y otros periodistas musicales británicos afiliados al Socialist Worker Party despedazaron en los ochenta a toda banda que se apartara de la ortodoxia izquierdista, los Stranglers, sin ir más lejos, a los que de rebote Rough Trade negó la distribución de sus discos, como también pasó con Whitehouse. Sucedía algo parecido en España con Fernando Márquez, silenciado por la prensa socialista debido a sus contactos con Alianza Popular y Falange. En similar sintonía, Tim Yohannan vetaba en su influyente fanzine ‘Maximum Rocknroll’ el hardcore neoyorquino y formaciones como Agnostic Front, presuntos fachillas. De ahí que según Rick Rizzuto, responsable del website Conservative Punk, fueran muchas las bandas que preferían no dar a conocer sus (reaccionarias) preferencias políticas: “Soy muy cauteloso a la hora de revelar sus nombres, especialmente si me entrevistan para alguna publicación europea... podrían ser incluidos en listas negras y perder muchas actuaciones. Están en permanente riesgo de exclusión”.

Tropezamos en todos estos casos con un asunto tan espinoso como es el de establecer dónde empieza y acaba el límite de las libertades y sensibilidades individuales, el derecho que tengamos a entrometernos en asuntos ajenos y en la ideología que, consciente o inconscientemente, pueda manifestarse en ellos y en el uso o interpretación que los demás les apliquen. Lo que nos conduce a otro tópico tan mascado como el de la corrección política, que no es sino el de la libertad de expresión. Olvidan todos esos justicieros y guardianes que desde la maniquea izquierda pretenden preservar nuestra conciencia de máculas y poluciones que, como decía Chomsky, la libertad de expresión hay que aplicarla justamente a aquello con lo que discrepamos. De otro modo, la faramalla está servida y calentita.

En próximas ocasiones, harían bien los inquisidores integrantes de BDS en releer al lingüista y filósofo estadounidense. Quizá de ese modo refresquen el hecho científico de que, aunque no lo parezca, el público de festivales como Rototom es adulto, y como tal se encuentra en disposición de decidir por sí mismo si atendiendo a sus remilgos ideológicos le conviene o no presenciar determinada actuación. Allá cada cual con sus convicciones mientras, con o sin la bendición de Nietzsche, no pretenda refrendarlas a martillazos.

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