No tengo nada contra los avances tecnológicos ni las nuevas –y más baratas– vías de acceso a la música. Pero detecto que están afectando a la manera de percibir la obra de un artista. Cuando reinaba el LP de vinilo todos sabíamos –también los autores– que las canciones más proclives a la retentiva eran la primera y la última de cada cara. Después llegó el CD y la consiguiente pérdida de cuota de todo lo que no fuera la primera o última composición. Ahora, la compra de las canciones individuales y por separado las democratiza entre sí, pero de algún modo impide al autor ordenarlas siguiendo un criterio mínimamente conceptual. ¿Se está perdiendo la sensación de enfocar un álbum como obra artística, estamos retrocediendo sesenta años, a los tiempos de éste como una recopilación de canciones sueltas? Por un lado, las tendencias del mercado coaccionado por iTunes dicen que sí; por el otro, trabajos más bien cortos –sin apurar las posibilidades de minutaje del recipiente– indican que aún prevalece en la mente del músico la voluntad de construir discos coherentes al margen de la oferta de música a kilo.
Contribuyen a empeorar la situación muchas reediciones, con ese afán por justificarse con añadidos: pervierten el orden original pensado por el autor incluyendo temas externos en medio. Una reedición, por muy necesaria que sea, ha de mantener intacto el planteamiento original que hizo célebre a ese álbum, y las discográficas deberían acostumbrarse a publicar la obra íntegra en un CD –a lo sumo, remasterizado para mejorar la calidad de sonido– y en otro aparte los temas extra. Todo lo demás son parches. En “Calenture”, el disco que The Triffids publicaron en 1987, David McComb, líder y compositor de la banda australiana, dejó para el final “Save What You Can”, obteniendo un efecto devastador. En la reedición van cinco temas detrás y se diluye la magia. McComb falleció en 1999. ¿Hubiese aceptado el autor tal planteamiento de seguir vivo? ![]()











