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El papel de la crítica, Se acabó el chollo

¿Es el fin de un gremio atrapado en métodos de conveniencia, confusamente situado entre el arte y el comercio?

 

FREESTYLE (2013)

El papel de la crítica Se acabó el chollo

A debate, el papel de la crítica. ¿Tiene sentido todavía cuando cualquier obra está al alcance de un solo clic? ¿Qué futuro le aguarda a esta profesión, cada día más desprestigiada? ¿Es culpable la democratización de la tecnología, que todo lo iguala, presumiblemente a la baja? Ignacio Julià, fundiendo pesimismo y realismo, intuye que el final está cerca. O, quizá, que ya ha llegado. Y, paradójicamente, sonríe. Lean.

El debate sobre la inoperancia del estamento crítico se aviva en foros de todo tipo, dado que cada vez es más evidente el abismo que separa a los prescriptores profesionales publicados en medios generalistas o especializados de su espontánea descendencia, surgida a la velocidad de los hongos –y con su misma abundancia otoñal– en la gran nube digital que ha invadido el espacio antaño ocupado por la capa de ozono. Recientemente he leído varias fundamentadas reflexiones al respecto, articuladas desde los ámbitos de la crítica literaria y musical.

Los últimos, los cibercomentaristas, acusan a los primeros de llegar tarde a casi todo, lastrados por la asumida rutina del analista que factura sus observaciones y análisis restando IRPF, encadenado a sus obligaciones empresariales y al improbable equilibrio –entre la industria cultural y los medios para los que trabaja– que, cada vez más, debe intentar mantener para seguir a flote. Siempre fuimos un gremio atrapado en métodos de conveniencia, confusamente situados entre el arte y el comercio. Sabedores de que denigrar era más fácil que apreciar, que una crítica fulminante obtendría siempre más eco que una positiva, ver nuestra firma negro sobre blanco azuzaba una ridícula vanidad. También esto último se está esfumando cuando las revistas musicales se han convertido ya en meros catálogos de compra o bonitos álbumes nostálgicos, al menguar la publicidad de la que dependen a causa de la misma crisis y del trasvase hacia lo virtual.

En principio, los internautas opinantes no le deben nada a nadie; salvo, quizá, a su necesidad de expresar sus propias impresiones en blogs y demás, impulsados por las fantásticas posibilidades del medio digital, que como bien sabemos ha convertido el papel impreso en industria que enfila la extinción. Solo el fetichismo y la nostalgia pueden ya blandirse para defender la aparatosa, lenta e imperfecta realidad de una publicación mensual, e incluso de un periódico diario, frente al instantáneo, ubicuo, interactivo dominio de la red de redes, hoy liberada de armatostes fijos por una legión de tabletas y móviles de todo tipo. Y con la agonía del papel, se desmorona el crítico tradicional y su papel de agorero.

 
El papel de la crítica, Se acabó el chollo

En principio, los internautas opinantes no le deben nada a nadie; salvo, quizá, a su necesidad de expresar sus propias impresiones.

 

¿Qué es un crítico sino un observador, falible por coyuntural, de una realidad cambiante? Revisando discografías largamente apreciadas, concluyo que la reseña de una obra, demasiado a menudo, llegó condicionada por el entorno y la época, cuando no por el dudoso ego del firmante. Lo corroboran un sinfín de mamotretos hoy considerados clásicos que en su día fueron abucheados, de Joyce a Stravinski. En su máxima expresión, una crítica extendía el alcance de la obra revisada, la finalizaba en cierto modo; sería el receptor quien la completase, no el creador que, en principio, la trajo de la nada a la materia. No es lo corriente; lo normal es que una reseña se amarillee con el paso del tiempo y pierda sentido, mientras que una creación artística relevante no solo no envejecerá, sino que irá mostrando nuevas facetas, inexplorados recovecos.

Arrojemos piedras sobre tejado propio, antes de volatilizarnos definitivamente como inútiles eruditos atropellados por los tiempos: el crítico profesional siempre fue un tanto farsante, alguien que con cuatro conocimientos entrelazados y algo de vistosa opinión parecía saber más de lo que sabía, abarcar más de lo que alcanzaba. Entre el entusiasta acrítico que todo lo ensalza y el impostado experto que parece de vuelta de todo, siempre busqué como lector la opinión razonada y emotiva, la personalidad que no se limitase a observar la realidad que tenía delante, sino que destilase el efecto que esta le producía, en todas sus tonalidades y consecuencias. La crítica, no lo olvidemos, podía ser tarea creativa además de informativa.

Pero vayamos unos pasos más allá. En esta época nuestra, en que la misma crisis económica acrecienta el consumo cultural, ya absurdamente gratuito a no ser que uno sea maniático trasnochado que aspira a leer libros en papel, escuchar música en formatos que no compriman frecuencias, ver cine en una gran pantalla sumido en la oscuridad… repito, en estos tiempos confusos y descorazonadores, pero al tiempo tremendamente estimulantes… ¿tiene acaso sentido la crítica, cualquier tipo de crítica?

 
El papel de la crítica, Se acabó el chollo

¿Solo el fetichismo y la nostalgia pueden ya blandirse para defender la aparatosa, lenta e imperfecta realidad de un periódico?

 

Quizá Andy Warhol erró en una de sus mayores profecías y, en vez de aquello de en el futuro todo el mundo será famoso durante quince minutos –lo clavó: la televisión es ya solo un desfile de seres sin interés, a menudo enzarzados en chuscas refriegas que nos devuelven a los más bárbaros orígenes del espectáculo–, debió haber predicho en el futuro cualquier hijo de vecino será crítico todo el tiempo. Es así porque la nueva realidad digital ha reventado los conductos por los que antes circulaba la cultura, ha salvado las distancias de localización y apreciación de la misma, rebajando al crítico al mero papel de ajado guía turístico de esta Babilonia donde ya todo es asequible, digerible o no, y prontamente desechable. Es decir, maravilloso un instante, materia fecal al siguiente.

Desde que todos aquellos con acceso a la nube digital disponen de absolutamente cualquier cosa que les apetezca accionando una tecla, no solo se desmoronan cánones estéticos y órdenes morales, sino que se despoja de su prestigio y utilidad a quienes ejercían de guardianes de los mismos. Eran, éramos, simples intermediarios, por mucho bagaje, perspicacia, contextualización y verbo que exhibiéramos, y como tales estamos obsoletos cuando ya no hay peajes que superar. Es más, ese bagaje que algunos esgrimen como última defensa de la figura superada del crítico es hoy lastre más que ventaja, pues condiciona la clarividencia ante la rauda vorágine de la actualidad.

A menudo explico que me siento como el director gerente de una fábrica de máquinas de escribir –Olivetti o Underwood, da lo mismo– cuando irrumpió en su despacho un afanoso empleado para comunicarle la invención de una pequeña caja con pantalla que llamaban ordenador personal. A ese gerente se lo tragó la Historia, que como hemos visto es sumamente voraz. Otra vivencia personal, más antigua, sería la de quedarme en blanco cada vez que se me pregunta: ¿Qué estás escuchando, qué novedades importan, qué me recomiendas?. Siempre me ha sido imposible responder a esas bien intencionadas demandas. Jamás se me ocurriría preguntarle a mi médico de cabecera qué medicación está tomando él cuando me receta la mía. Es algo personal, íntimo, tanto como la música que uno escucha, hoy al alcance de un clic si te guías por los “me gusta” o simplemente navegas a la deriva en caprichoso deleite.

 
El papel de la crítica, Se acabó el chollo

Las fantásticas posibilidades del medio digital ha convertido el papel impreso en industria que enfila la extinción.

 

Es un soma audiovisual, el que nos ¿regala? el ciberespacio, que produce una instantánea insatisfacción –más honesta, en todo caso, que esa dudosa satisfacción garantizada en la que se fundamenta el consumismo– de la que, por supuesto, se escapa con tan solo otro clic. Que esta nueva realidad está aquí –igualitaria, pues derriba sectarismos antaño incrustados en los medios establecidos para triturarlos en miles de pequeñas tribus que a su vez deberán desembocar en un individuo libre de escoger lo que le apetezca sin condicionamientos canónicos– parece indiscutible. Y ha de llevarnos a una nueva percepción ya en pleno desarrollo entre los más jóvenes, plural y desacomplejada, una nueva forma de moldear nuestro criterio, tallarlo a nuestra medida, sin atender injerencias externas. Aunque, déjenme apuntarlo, quizá también la noción misma de criterio esté sobrevalorada.

Lo he reflexionado largamente al salir de ver las últimas películas de Terrence Malick, en cuyo visionado el crítico impertinente que habita mis entrañas pugnaba por señalar carencias y obviedades, cuando mi organismo simplemente veía reflejado en pantalla el modo en que percibimos la realidad, que no atiende a razones, sino a destellos fragmentados, impulsos fisiológicos, sinsentidos inconscientes. Estas últimas obras de Malick rehúyen la narrativa tradicional, no tienen principio ni final, desbordan el marco mismo de la pantalla, como el futuro que al parecer nos espera. Educados en seleccionar y despreciar, tal vez hemos olvidado lo mucho que hay que admirar cada nuevo día.

Una sola convicción he logrado destilar en treinta y seis años de profesión: toda crítica negativa encierra una cierta verdad, toda alabanza infiere una obvia exageración.

Y se acabó; no hay más.

Publicado en la web de Rockdelux el 17/9/2013
Etiquetas: 2010s, 2013, periodismo, sociedad
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