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ELVIS PRESLEY, Adiós desde el inodoro

El prosaico final del Flash de Memphis, un detalle que muchos de sus seguidores prefieren pasar por alto, cuando no negarlo.

 

FREESTYLE (2018)

ELVIS PRESLEY Adiós desde el inodoro

El retrete no es un elemento extraño a la cultura pop. The Soft Boys le dedicaron la canción “Rock ‘N’ Roll Toilet”; Johnny Cash, “Flushed From The Bathroom Of Your Heart”, y The Bouncing Souls, “The Toilet Song”. Elvis Presley (1935-1977) fue más allá sin necesidad de consagrarle ninguna canción: de las mil maneras posibles de morir, escogió hacerlo cabalgando a lomos de un inodoro. Ignominioso o no tanto, un mutis todavía objeto de controversia. Jaime Gonzalo incide en tan curioso desenlace para recordar otros casos de muerte en el váter.

El pasado 16 de agosto se cumplía el cuadragésimo primer aniversario del óbito de Elvis Presley. Una efeméride universal, dada la trascendencia del personaje, que anualmente reactiva el mito del de Tupelo. Mito empañado no ya por las circunstancias de su muerte, sino a causa del escenario donde tuvo lugar; un detalle que muchos de sus seguidores prefieren pasar por alto, cuando no negarlo. Efectivamente The Pelvis partía hacia el más allá desde un excusado de Graceland, con sus reales nalgas asentadas sobre el trono menos glamuroso posible, la taza del inodoro. Cierto es que la sola imagen de alguien procurando alivio a sus tripas no resulta precisamente fotogénica. Incluso desprovista de sonidos y olores, parece que la liberación fecal reste dignidad no ya solo a la persona: la civilización humana al completo queda comprometida, pues a todos nos avergonzaría que se nos representara mentalmente en esa intestinal tesitura, yendo de vientre, del mismo modo que nadie –o casi nadie, ya que hay gente para todo– querría visualizar al prójimo librándose a tan escatológica tarea.

Constituye, el de la defecación, un acto íntimo, celosamente resguardado en la privacidad, realizado durante un exilio momentáneo de la sociedad; de ahí que la palabra “retrete” proceda del término francés “retirete”, o retiro pequeño. No lo compartiríamos ni con nuestros seres queridos. Solo coprófilos y practicantes del scat gustan de exponerlo a miradas intrusas. Pero del mismo modo que, a pesar de ese pudor, la excreción es una función biológica tan natural como puedan serlo la nutrición, la respiración o la reproducción, los hechos son los hechos; y estos ubican a Presley diciéndole adiós a la existencia mientras pugnaba con el estreñimiento en un váter... que, por mucho lujo asiático que lo revistiera, no dejaba de ser lo que era.

 
ELVIS PRESLEY, Adiós desde el inodoro

The Pelvis partía hacia el más allá desde un excusado de Graceland, con sus nalgas asentadas sobre la taza del inodoro.

 

Defensores de la compostura del difunto prefieren camuflar el hecho insistiendo en que, en realidad, si bien este perdió la conciencia sentado en un sanitario, su muerte aconteció en el suelo, sobre el que a continuación se derrumbó, y donde expiró entre charcos de vómitos. A propósito de ese matiz hay una wikipágina –Toilet-Related Injuries And Deaths– donde se desarrollan toda suerte de disquisiciones y polémicas, relativas no solo al prosaico final del Flash de Memphis, aunque con este se extiende particularmente, sino a una larga lista de personajes más o menos ilustres fenecidos en la misma coyuntura. Por delirante que resulte ese tópico, debemos entenderlo también como un involuntario intento de normalizar socioculturalmente un asunto estigmatizado por la historia y las buenas maneras.

En uno de sus ensayos, Montaigne evocaba el caso de los heresiarcas Arrio y el papa León, que “se apartaron de una discusión por culpa de un dolor de vientre para ir al retrete y ambos rindieron el alma de manera súbita en él”, teorizando con la posibilidad de que alguien quisiera “exagerar esa venganza divina por la circunstancia del lugar”. De acuerdo, puede resultar indecoroso dicho espacio, pero no debemos olvidar los buenos ratos que también desde antiguo nos proporciona, sea compaginando la deposición con la lectura o la meditación, sea disfrutando de la sensualidad anal, tal como celebraba Screamin’ Jay Hawkins en “Constipation Blues”, donde una severa astricción era finalmente derrotada para regocijo de su dolorida víctima. Y qué decir de Dalí, que podía pasarse horas encerrado en la toilette, contemplando y analizando meticulosamente sus heces, si estas flotaban o no, la consistencia y el color de cada excremento.

Morir en un excusado no debería estar peor visto que hacerlo en un lecho, en plena calle o triturado entre la chatarra de un vehículo accidentado. Puede sucederle a cualquiera, y ejemplos los hay a cientos, contándose entre otros reyes (y reinas) –Edmundo II (apuñalado en el esfínter por un vikingo que se escondía en su retrete), Jorge II de Inglaterra, Catalina la Grande, Godofredo IV–, sin olvidar a emperadores –Heliogábalo– y bufones –Lenny Bruce, como tantos otros heroinómanos muertos por sobredosis en lavabos públicos o privados–. No se trata tanto de dónde muere uno, sino de qué manera lo hace. Y si apuramos, ni eso. Digna o indignamente, morir es dejar de ser y de estar, ni más ni menos. En ese acto final de la comedia de la vida, nada podría ser menos importante que hacerlo flanqueado por el rollo de papel higiénico y un envase de desinfectante Pato WC.

Publicado en la web de Rockdelux el 3/9/2018
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