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MARIANO RAJOY, Emotional rescue (o las mentiras arriesgadas)

Ilustración: Sonia Pulido

 

EDIT (2012)

MARIANO RAJOY Emotional rescue (o las mentiras arriesgadas)

Ardides linguísticos, promesas incumplidas, mentiras arriesgadas, verdades camufladas. Rajoy es un experto en ese cuerpo a cuerpo dialéctico. Como jefe de gobierno, en pocos meses se doctoró en ese campo y traspasó orgullosamente casi todas las líneas rojas de la no-credibilidad política. Rectificar sobre la marcha, y contradecirse sin intentar perder la razón, pareció convertirse en su gran objetivo. Tuvimos una muestra de sus dosificadas dosis de soberbia el 10 de junio de 2012, cuando nos vendió un rescate que no lo era, según él.

Mariano Rajoy (Santiago de Compostela, 1955) es un presidente del gobierno que ni siquiera es capaz de cumplir el horario previsto para su gran comparecencia, la más importante de su vida hasta ese instante. Dijo precipitadamente que aparecería el 10 de junio a las 12 en punto, después de toda la tormenta que no fue capaz de afrontar el día anterior cuando se escondió, una vez más, ante sus responsabilidades y dejó el asunto en manos del ministro De Guindos.

De Rajoy se sabe que es un gandul. Un vago que, no obstante, es capaz de ir a Gdansk esa misma tarde para presenciar el primer partido de España en la Eurocopa porque, según él, dejaba “el asunto arreglado”. Y de afirmar, sin vergüenza alguna, que viajando hasta Polonia hacía el sacrificio de perderse la final de Nadal-Djokovic de Roland Garros que iba a jugarse mientras él volaba hacia su destino. 

Rajoy, aunque brillante orador, es el tío torpe y sin sangre que se buscó Aznar como sustituto. Aznar era consciente de que, con Rajoy en la cumbre, su popularidad, la que fuese, iba a perdurar más tiempo en la memoria colectiva. Pues bien, Rajoy apareció a las 12.10 para dejar caer que si lo que se tenía que hacer “se hubiese hecho antes”, en clara alusión a la ineptitud del otro iluminado que lo precedió, Zapatero, otro gallo cantaría ahora. Y, sobre todo, como ya se ha dicho sobradamente, para vender el (no) rescate como un triunfo y jugar al debate nominalista sobre qué coño era lo que estaba en juego. Como viene haciendo a lo largo de toda la legislatura, se desdijo de lo prometido con anterioridad en una estrategia de comunicación que fue un engaño y nos llenó a todos de perplejidad.

Lo festejó con soberbia cuando en aquel momento no se sabía todavía la manera en que se iba a concretar aquella ayuda. Solo los trazos gruesos de una línea de crédito aún por negociar, sin conocer cómo se iban a articular los tipos de interés, plazos y condiciones. Dando una imagen confusa sobre los detalles del rescate. Por eso, la situación siguió siendo incierta en los días posteriores, circunstancia a la que contribuyó esta perla para la posteridad: “Fui yo quien presionó”, dijo él; si no fuese por su patetismo, aspiraría a ser la cosa más divertida del mundo puesta en labios de un político en activo. Ridículos ardides lingüísticos impropios de un personaje público que parecen ajenos al hecho de que hoy la información fluya tan rápido y lo que se diga en un lugar del mundo pueda conocerse en la otra punta del globo al mismo tiempo (“You say tomato, I say bailout...”; escarnio internauta para la posteridad).

Y Rajoy remató su momento de gloria con una arrogante rueda de prensa que a las 12.30 finiquitó él mismo para evitar preguntas a las que, indefectiblemente, hubiese tenido que seguir respondiendo con el acostumbrado “Mire usted” que, cargado de superioridad moral, suele emplear como muletilla introductoria ante algo que no le gusta. Ha creado escuela: De Guindos hace lo propio con el condescendiente “Vamos a ver”. Pues estamos esperando a ver qué pasa, sí. 

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