Las casetes, por el contrario, eran frágiles, manipulables, efervescentes. Podíamos grabar lo que quisiéramos y luego borrarlo, pero dejábamos un rastro en forma de ruidos, cortes, pausas, cambios de velocidad, el sonido de haber pulsado rec en la décima de segundo equivocada; psicofonías involuntarias para no creyentes. Pero, por eso mismo, han servido para documentar la mismísima vida. Durante años he grabado cintas pensadas para personas concretas en momentos concretos, y etiquetadas de esa guisa: verano del 91, infierno del 89, viaje a Londres, en medio del limbo, despedida, cumpleaños total, bienvenida de soltero, divorcio, culpa, arrepentimiento, redención... Regalaba algunas cuando me enamoraba, pero también cuando me desenamoraba, y perdía muchas de ellas en coches, mochilas, entresuelos y pensiones. Había temas alegres y temas tristes, títulos incluidos con toda la intención del mundo, pequeñas insinuaciones en forma de estribillos, guiños cómplices, el cooperador necesario de las primeras citas, de las últimas, de las intermedias. Muchos puntos finales, muchos puntos y coma, casi siempre puntos suspensivos.
Al volver a escuchar esas cintas en un arrebato vintage, uno se da cuenta de que es imposible recrear ciertas sensaciones, que ha olvidado el porqué, el cómo y el dónde de muchas cosas: ¿dónde estarán ahora aquella chica y aquella emoción? ¿Quién era yo en aquel entonces, quién me creía que era? ¿A quién pretendía engañar? A pesar de disfrutar la mayoría de cintas, de casi todas las mixtapes –de algún modo mis gustos no han pasado de moda, aunque solo sea para mí mismo–, no puedo recordar cómo me sentía a los 16, los 18 o los 21. Ni siquiera los 25 o los 35 simbolizan una cifra más creíble o soportable.
Antes de escribir todo esto, estaba decidido a demostrar que hoy que el formato es algo entre etéreo e inofensivo soy mucho más feliz; los rastros que dejamos están en las cookies del navegador; nuestros pasos más recientes pueden ser borrados, aceptados o bloqueados a capricho. Las cintas, los CDs y los vinilos son reliquias de una época en la que era imposible no dañar lo que amábamos. 