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Estanterías, A vueltas con la nostalgia

Las cintas, los CDs y los vinilos son reliquias de una época en la que era imposible no dañar lo que amábamos.

 

FREESTYLE (2011)

Estanterías A vueltas con la nostalgia

Empeñado en virar de lo universal a lo particular y de lo particular a lo (supuestamente) universal, Jesús Llorente nos habla en esta columna de cómo la nostalgia ya no es lo que era, aunque –como bien cantaban Astrud– siga siendo un arma despiadada y contundente. Y tampoco ayuda darse cuenta de que, en veinte años, casi nadie podrá relacionar un lápiz normal y corriente con una cinta de casete.

Contagiado del atrevido optimismo de los primeros noventa, un estudio de 1991 afirmaba que la vida media de un compacto podría alcanzar los ciento treinta y cinco años. Es decir, que nuestra colección de CDs iba a sobrevivirnos. Por entonces, la idea de que las canciones eran comida rápida que engullimos y evacuamos ipso facto todavía era una fantasía futurista. No era posible tener un disco antes que el propio artista, por no hablar de su publicista o del crítico musical. Era inimaginable hacerse con una obra que no hubiese sido editada todavía (mercado negro aparte) o incluso grabada. La sensación era que aquellos cedés seguirían ocupando su hueco en las estanterías cuando nos hiciéramos primero mayores y luego ancianos, y que la persona que los heredase podría disfrutarlos u odiarlos sin ningún problema. Daba reparo pensar que necesitaríamos tener hijos y nietos que supieran apreciar toda esa música, ya que de lo contrario los discos iban a terminar en un ropavejero, vendidos al lote, por kilos, como esos libros que los coleccionistas adquieren de manos de viudas tristes que se dicen a sí mismas tanto leer, para acabar así: primero miope y ahora muerto. Parece ser que hay que educar a la progenie para que sepan quiénes son Bob Dylan, Lou Reed, Billie Holiday o Joy Division. Y que comprendan que sus obras no son algo que se pueda saldar porque sí.

 
Estanterías, A vueltas con la nostalgia

Al volver a escuchar esas cintas en un arrebato vintage, uno se da cuenta de que es imposible recrear ciertas sensaciones.

 

Las casetes, por el contrario, eran frágiles, manipulables, efervescentes. Podíamos grabar lo que quisiéramos y luego borrarlo, pero dejábamos un rastro en forma de ruidos, cortes, pausas, cambios de velocidad, el sonido de haber pulsado rec en la décima de segundo equivocada; psicofonías involuntarias para no creyentes. Pero, por eso mismo, han servido para documentar la mismísima vida. Durante años he grabado cintas pensadas para personas concretas en momentos concretos, y etiquetadas de esa guisa: verano del 91, infierno del 89, viaje a Londres, en medio del limbo, despedida, cumpleaños total, bienvenida de soltero, divorcio, culpa, arrepentimiento, redención... Regalaba algunas cuando me enamoraba, pero también cuando me desenamoraba, y perdía muchas de ellas en coches, mochilas, entresuelos y pensiones. Había temas alegres y temas tristes, títulos incluidos con toda la intención del mundo, pequeñas insinuaciones en forma de estribillos, guiños cómplices, el cooperador necesario de las primeras citas, de las últimas, de las intermedias. Muchos puntos finales, muchos puntos y coma, casi siempre puntos suspensivos.

Al volver a escuchar esas cintas en un arrebato vintage, uno se da cuenta de que es imposible recrear ciertas sensaciones, que ha olvidado el porqué, el cómo y el dónde de muchas cosas: ¿dónde estarán ahora aquella chica y aquella emoción? ¿Quién era yo en aquel entonces, quién me creía que era? ¿A quién pretendía engañar? A pesar de disfrutar la mayoría de cintas, de casi todas las mixtapes –de algún modo mis gustos no han pasado de moda, aunque solo sea para mí mismo–, no puedo recordar cómo me sentía a los 16, los 18 o los 21. Ni siquiera los 25 o los 35 simbolizan una cifra más creíble o soportable.

Antes de escribir todo esto, estaba decidido a demostrar que hoy que el formato es algo entre etéreo e inofensivo soy mucho más feliz; los rastros que dejamos están en las cookies del navegador; nuestros pasos más recientes pueden ser borrados, aceptados o bloqueados a capricho. Las cintas, los CDs y los vinilos son reliquias de una época en la que era imposible no dañar lo que amábamos.

Publicado en la web de Rockdelux el 23/12/2011
Etiquetas: 2010s, 2011, sociedad
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