Desde que la primera novia nos pide que le dediquemos un poema y a regañadientes le cambiamos el título a uno para complacerla, los que tenemos la fortuna de escribir y que nos lean nos enfrentamos a la cuestión de hasta qué punto estamos hablando de nosotros mismos. Es decir, si las ideas volcadas sobre el papel son autobiográficas o pura invención literaria. Hace poco recibí una llamada de mi madre. Estaba preocupada por una reciente entrada en mi blog personal en la que me refería a un casi cuarentón (como yo) que vaga de ciudad en ciudad y de garito en garito acompañando a un grupo de rock, bebiéndose el agua de los floreros y relacionándose al fin con gente con la que tan solo había tenido hasta entonces seis grados de separación. También me llovieron comentarios sobre lo mal que debía estar y que tenía que cuidarme para no ser pasto de la depresión tras un texto de hace unos meses sobre el desamor. “No es por ti, es por mí y por mi nueva novia”, había escrito.
Hubo quien se lo tomó a pies juntillas y me llamó cínico y machista. Estoy seguro de que estas cosas le pasan a Nacho Vegas todo el tiempo, pero al menos él sí tiene talento. No ha sido el único calificativo que me han dedicado: libertario excéntrico, corazón de plomo, comunista prosistema, novelista frustrado, ingenuo moralista, enamorado, enamoradizo, pajero sin pareja, solitario, y, en fin, con más vidas que un gato, que si fuera real todo lo que cuento estaría muerto, sencillamente. Pero que no sea real no quiere decir que no esté diciendo la verdad. Cuántas veces nos habrán pillado en un momento de encefalograma plano, pensando en nada o en bien poco y nos han preguntado: “Cariño ¿en qué estás pensando ahora?”. Respuesta: “Uff, no sé, en que… en que te quiero”. Eso ha callado muchas bocas y salvado muchos matrimonios, pero también alimentado la fama de introspectivo y soñador de muchos. La realidad puede disfrazarse, amortiguarse, se retuerce por medio de fintas y cambios de tercio, pero la verdad siempre está ahí, como una corriente subterránea que no podemos vencer.