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Fanatismo trash, Cultura basura: ¡Qué asco!

 Ilustración: Juanjo Sáez

 

ME, MYSELF & I (2003)

Fanatismo trash Cultura basura: ¡Qué asco!

Diez (polémicas) consideraciones sobre el mundo fanático, que no fantástico, del trash en esta columna de opinión sobre (contra) la cultura basura. En una antigua exposición se mezclaban sin ningún criterio churras con merinas, la velocidad con el tocino, y a Luixy Toledo con Daniel Johnston, como si los dos fuesen lo mismo. Nos referimos a “Cultura Basura. Una espeleología del gusto”, muestra comisariada por Jordi Costa que pudo verse en 2003 en el CCCB de Barcelona y en el Centro Cultural Montehermoso de Vitoria-Gasteiz. Eran tiempos de ‘Crónicas Marcianas’ en Tele 5, de Tamara y la madre que la parió en todas partes... Ofende que se confunda la necedad de la cultura basura que se reivindicaba en aquella incongruente exposición con la pequeña grandeza musical del incomparable Daniel Johnston, enfermo pero no memo.

1. Hablemos en serio. ¿Le importa a alguien que John Waters y Johnny Depp –menudo par de fieras– compren cuadros de John Wayne Gacy, el payaso asesino (treinta y tres víctimas; condenado a veintiuna cadenas perpetuas y sentenciado doce veces a la pena capital)? ¿Debería caérsenos la baba ante la obra naíf, macabra y supercotizada de Henry Lee Lucas y Ottis Toole, el orgullo de los serial killers, la pareja inspiradora de la magnífica y demoledora “Henry, retrato de un asesino”, cinta naturalista de John McNaughton? ¿A quién demonios se le puede ocurrir relacionar la pintura entre rejas con el despropósito urbanístico de los años setenta en Zaragoza y Torremolinos? ¿Nos estamos volviendo locos? ¿Sabemos lo que queremos? ¿Tanto como para creer que el bodrio inaguantable de “Carne”, película argentina de Armando Bo de 1968, psicotrónica violación en el matadero incluida, vale unas risas idiotas desde la superioridad intelectual y la supuesta ironía de un festival de cine fantástico de terror?

2. ¿Por qué se menosprecia al gran, y enfermo, Daniel Johnston y se le junta con una pandilla de personajillos, nulos artísticamente, en un elogio importado de la música outsider (Irwin Chusid y su libro “Songs In The Key Of Z”) que, generalizando, es un insulto al sentido común? ¿Qué pintan Captain Beefheart y Syd Barrett, citados de pasada en el artículo justificativo del catálogo, entre una tipa que dijo haber grabado un disco en la Luna, una viuda rica y ridícula amante del bel canto, un capullo abocado a la necedad del camp filonazi y un despojo como Luixy Toledo obsesionado con Jacko Wacko? Estrafalarios, sí; visionarios, por supuesto que no. ¿Es esta la vanguardia casual que arroja nuevos desafíos conceptuales? Y qué sonada injusticia se comete con el gran Raphael, ejemplar único de melodrama y poder escénico que, a pesar de su patetismo ideológico y su amaneramiento megalómano, poco tiene que ver con esta feria de atracciones musicales que simpáticamente se ha sacado de la manga Jordi Costa...

 
Fanatismo trash, Cultura basura: ¡Qué asco!

Sí, la cultura basura puede ser la reivindicación de una nueva jerarquización del gusto. Eso afirma el ingenioso Jordi Costa.

 

3. ... para esta entretenida, agotadora (muy trabajada, sí) y finalmente preocupante exposición de “Cultura Basura” que, supongo, tanto debe haber reconfortado al colectivo de freakies mutantes, esos que han dilapidado demasiadas horas de su vida rindiendo pleitesía al aparato de televisión; la más universal y actual hoguera de las vanidades, la que indefectiblemente acaba atontando hasta alcanzar la sublimación de la necedad, sea esta ilustrada o no (‘Crónicas Marcianas’ a la cabeza). Después, pasa lo que pasa: devoción incluida, y quizá enfermiza, al fenómeno “Jackass” por parte de estos fans de lo trash; la exageración de la zafiedad elevada al altar de lo superguay en un (divertido a ratos, pero bastante imbécil, la verdad) conglomerado de bromas sádicas y escatológicas que remiten a un nihilismo descerebrado y sin mesura.

4. Sí, la cultura basura puede ser la reivindicación de una nueva jerarquización del gusto. Eso afirma el habitualmente ingenioso Jordi Costa (se recomiendan, con algunas matizaciones, sus ocurrentes ensayos “Mondo Bulldog” y, sobre todo, “¡Vida Mostrenca!”, este por desencantado) en uno de los textos del catálogo de la exposición, que para eso es el comisario de la misma (el comisario del buen mal gusto; con la policía hemos topado). Pero, perdón, la cultura “establecida”, que también lo he leído por ahí, no es un mero espejismo (son miles de años de historia que pueden leerse en dirección contraria: un poso inabarcable que permite darle la vuelta a la actual homogeneidad y apatía que pudiera percibirse en las corrientes culturales, mayormente revivalistas); incidir en el espejismo de la cultura oficial no es más que una excusa reivindicativa llevada al terreno basura para, con pobreza de argumentos, y bajando el listón, autojustificarse a la contra. La cultura (siempre infinita) es cul-tu-ra, simplemente. Y la cultura basura (normalmente pobre) suele ser ba-su-ra, simplemente. Perdonen las molestias, pero...

5. ... tampoco me creo la teoría, mil veces repetida por estos pensadores de la porquería, de que la cultura basura nace siempre de un error o de un accidente por parte del creador. No, muchas veces se crea ese concepto, ya sea en el cine, en el teatro, en el cómic o en la música, de una manera premeditada en un patético juego de referencias demasiado evidentes (un guiño nada sutil que, por lo tanto, no lo es en absoluto) contra esa uniformización del gusto mainstream; ¿dónde queda la supuesta ironía, entonces?

 
Fanatismo trash, Cultura basura: ¡Qué asco!

¿A quién demonios se le puede ocurrir relacionar la pintura entre rejas con el despropósito urbanístico de los años setenta?

 

6. Porque, claro, si existe el paladar educado en el buen gusto del mal gusto, ya se está jerarquizando de nuevo (¡y, aquí, en una exposición; menuda incongruencia!): bienvenidos al sectarismo del “elitismo en negativo”, una trampa dogmática-que-no-lo-parece para tipos que santifican la intrascendencia, incluida la telebasura, como hecho diferenciador, alejándose de la corrección política y cultural. Es el rechazo a toda regla, algo que no está nada mal como actitud vital, pero siempre que sirva para algo más que para aplaudir banalidades que, en el fondo, y ahí lo pobre del asunto, acaban supliendo carencias vitales y emocionales bastante relevantes, probablemente ya presentes, me aventuro a pronosticar a la ligera, en una infancia solitaria y temerosa que desembocó en este “inconformismo”: una realidad paralela donde escapar del tormento del partido de fútbol del recreo (suelen ser tipos muy poco deportivos estos basureros) y que ahora han avistado al fin el paraíso: el mundo, sedentario, en la pantalla del ordenador vía internet. ¿Una pizza y una cervecita? (Eructo).

7. Pero, saliéndonos del guión de esta página por la tangente, la vida, que es movimiento, acción, intercambio de flujos y emociones, debería ser siempre más importante que idolatrar, sectarizando, el arte contemplativo, sea este basura o no. Ya lo recordó Al Bert, un sabio lector de Rockdelux (carta del mes en Rockdelux 201): “El arte es aquello que nos hace ver que la vida es más importante que el arte”. Así pues, ¿por qué conformarse con las caricaturas casposas y las risitas estúpidas que se nos anuncian en este submundo de “bizarrerías” à la mode cuando existe la vida, la real, la que importa, ahí afuera?

8. Aviso para navegantes: “Mirar monstruos no nos convierte en legítimos degustadores de cultura basura. Solo lo seremos cuando en la mirada del monstruo reconozcamos a un hermano espiritual” (Jordi Costa). No tengo palabras, Jordi. Hacer chanza de la exhibición de enfermos con patologías extremas, sean psicópatas asesinos o seres deformes, y reivindicarlos graciosamente como bandera del movimiento basura puede leerse como algo espeluznante. “Freaks” de Tod Browning es una obra de arte consensuada por todas las partes (y aceptada, evidentemente, por ese gusto establecido que tanto repelús produce a los freaks), pero alabar la condición del nuevo monstruo que personaliza la nadería absoluta de Tamara (y la madre que la parió) es el absurdo de la insignificancia que no cesa, por mucho que se niegue en esta exposición por momentos tan caprichosa, donde la moralidad y la amoralidad se persiguen y se confunden. Para arte con monstruos, Joel-Peter Witkin, Diane Arbus o David Lynch; lo demás, gilipolleces.

 
Fanatismo trash, Cultura basura: ¡Qué asco!

Para arte con monstruos, Joel-Peter Witkin, Diane Arbus o David Lynch; lo demás (esto, por ejemplo), gilipolleces.

 

9. Y, obviamente, para que no quede ninguna duda en este estercolero-basurero, un cinéfago, los de la secta trash (¡¡viva el vómito!!), no es un cinéfilo. Lo aseguran ellos mismos, contentos y sanguinolentos, ante cualquier celebración de las vísceras que haya a tiro; un cinéfago es un tipo con demasiadas tragaderas y muchas ganas de armar bronca, digo yo. No Pedro Calleja, claro, el gurú de un movimiento que, atención, en el catálogo dice no ser esclavo de los mismos prejuicios que cortocircuitan las mentes de los cinéfilos (los del antiguo arte y ensayo, para entendernos). ¿Reír o llorar de pena? Es cómico que se eche mano de lecturas irónicas en peliculillas de culto donde solo hay hippies enloquecidos por el ácido, bandas de motoristas con sonido cafetera, mujeres encarceladas ligeras de ropa, científicos locos intrigando contra el mundo, invasores extraterrestres... Y triste que se pierda el tiempo, se gaste, tomando la comunión con esas tonterías (una experiencia religiosa, según ellos): una mitología barata que nace como una guerra de guerrillas contra el patrón de la cultura oficial en una muestra de sensibilidad casposa y aberrante que, según el excluyente Costa, “o se tiene o no se tiene”. Yo paso.

10. Y es que todos podemos escribir la Historia a nuestra manera, claro, y más en una realidad tan underground y fragmentaria, donde pocos dogmas establecidos existían hasta que llegó Costa a dejar las cosas claras. Así no sorprende que se celebre, con alegría boba, cualquier bagatela: el caso Ed Wood, cuya fascinante, trágica y grotesca vida homenajea Tim Burton en su espléndido filme (por cierto, brillante artículo de Rodrigo Fresán al respecto en el, sí, recomendable catálogo; no se pierdan tampoco las diatribas de Álex Z y los chicos de ‘Mondo Brutto’). Por favor, ya está bien de idolatrar las películas de Wood, que son malísimas, como todo el mundo sabe; pero lo son en un estadio superior al calamitoso, con un letal bonus de aburrimiento definitivamente imposible de soportar y que acaba sepultando el chiste que provoca el delirio de una catástrofe cinematográfica difícil de creer. Pésimo cine (sin coartadas). Que se diga ya, por Dios.

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